Vestirse de recuerdos de gallo

Al salir al balcón esta mañana, entre el paso de los autos de la avenida, el tranvía que deja sentir su mole deslizándose como oruga gigante por los rieles, entre la entrada de los niños a la guardería musulmana de la casa de enfrente y el ir y venir de botes de pintura, cables, tubos y tornillos que suben los trabajadores de la empresa del primer piso, un gallo, con una onomatopeya aguda, emergió por sobre todo el barullo en su instante de gloria desde una veleta invisible.

Quizás fue un momento de silencio, de aquellos en que parece que el mundo está en paz, sin turbulencias, ahí colgó su “quiquiriquí” o su “cocoricó”, según la lengua lo dicte, aprovechando un respiro de la tierra para hacer dejar salir lo que su animalidad le solicitaba.

El sonido entró como todo los demás ruidos, deslizándose hasta el tímpano, fluido y vibrante.

Pero el gallo, ¿quién tiene un pinche gallo en un barrio donde no hay ni parques y casi nadie tiene jardín?

Sin embargo, el reflejo no fue inmediato, la consciencia del gallo y la extrañeza de su cogote gritando a los cuatro vientos, activó el recuerdo de lugares rurales, del aire húmedo de la costa o de la neblina en un pueblo montañoso de Oaxaca. Vinieron de tumbo también imágenes de leña saliendo por chimeneas hechas de latón, la sensación del frío adormecido de la mañana y del rocío velando la hierba y también el sabor virtual de algún coco matutino para la resaca tropical en un día cuya única perspectiva es abrir la primera cerveza y entrar de vez en cuando al mar.

En esos lugares, durante la misma mañana, el gallo habría sido natural, lógico, parte del marco tan normal como sus aromas y colores. Pero entre edificios y casas una al lado de otra como viajeros apretados de hora pico en el metro de la ciudad de México, ¿de dónde venía el gallo? o ¿por qué alguien tiene un gallo? ¿Como mascota? ¿O tal vez el grupo de trescientos Roms que están instalados en un lote baldío a escasos cien metros de mi ventana? ¿O por que no, simplemente, un despertador de teléfono portátil cuyo sonido de alta definición ha sido descargado desde una publicidad aparecida en un spam para hacer reír puerilmente a los amigos?

El gallo parecía natural, es decir, anunciaba la mañana de una manera que me pareció lo suficientemente verídica para descartar cualquier tontería informática.

La pregunta no tuvo respuesta porque ¿cómo se busca el origen de un sonido que se esconde detrás de su fuente, en el pajar de un barrio cuya densidad de población es de cinco mil personas por kilómetro cuadrado, distribuidas en minúsculas cajas que llaman apartamentos, casas, estudios o simplemente chambre de bonne?

El tranvía llenó de nuevo el espacio, volviendo a conjugarse con el frío, con las paredes de las casas, del lado que nadie debería ver, con las palomas grises, llenas de colillas de cigarro y muñones mutilados, con el blanco de la nieve que funde poco a poco, volvió a dibujar un cuadro sin gallos, una urbe donde los perros, los gatos, las palomas, las ratas y el aroma a smog, son normales.

Visto de esta manera ¿quién, en su sano juicio, preferiría vivir en las ciudades?

Cuando me aprestaba a volver a la predilección de percibir el mundo por imágenes, un segundo “cocoricó” – el gallo era francés- se opuso y ganó, incluso por encima del camión de basura que recoge únicamente el vidrio y que trataba de apagar su grito.

Me pregunté entonces ¿sufrirá ese gallo o es sólo mi proyección y una necesidad aprendida de humanizarlo todo?

Hubiese salido en busca del gallo o del dueño del gallo para hacerle la pregunta – más al gallo que al dueño, pero claro, siempre con su consentimiento-, pero llegué a la conclusión de que no sabría por dónde comenzar a buscar, dado que hacia el poniente, de donde creo que provenían los timbrazos rasposos del gallo, estaba el centro de la ciudad, ocho kilómetros en línea recta hasta la parte donde la densidad de población es aún mayor.

Sin embargo, no ha sido una frustración, aquel gallo anónimo abrió, cual grifo gigante, una serie de puertas de aromas, colores, sonidos, sentimientos, estados de ánimo, palabras concretas de algunas personas conocidas, tonos de voz, humedades del ambiente, comida, percepción del tiempo.

Hoy, me vestí de recuerdos de gallo.

 

Laisser un commentaire

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l'aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion /  Changer )

Photo Google+

Vous commentez à l'aide de votre compte Google+. Déconnexion /  Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l'aide de votre compte Twitter. Déconnexion /  Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l'aide de votre compte Facebook. Déconnexion /  Changer )

w

Connexion à %s