Sembrando bicicletas por si acaso

Bicycle races are coming your way
So forget all your duties oh yeah
Fat bottomed girls
They’ll be riding today
So look out for those beauties oh yeah
On your marks, get set, go!
Bicycle race bicycle race bicycle race
Bicycle bicycle bicycle
I want to ride my bicycle

Queen, Bicycle race, 1978

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Aquella tarde estival, el calor había subido quince grados con respecto al día y las semanas anteriores. Por esta razón, el número de personas en la calle había aumentado en plaza del Ocho de mayo de 1945, en los suburbios de la región parisina, como en cualquier punto donde la gente tome el metro para evitar el calor de sus diminutos apartamentos.

Vistos desde arriba, se mueven como puntos más o menos caóticos o más o menos ordenados. Evitan tocarse lo más posible. Si se tocan se malhumoran, si no se han hablado antes. Las razones que tienen entonces para actuar con una entalpía tan alta son distintas a las del invierno. Durante el verano, no caben en sus cuerpos y, durante el invierno, sus cuerpos no son suficientes para calentarlos.

Pasar de un estado al otro era gradual, antes de que el calentamiento global que provocaron con sus mejores inventos del siglo XX, contaba con una primavera regular. Por lo que cuentan cuando se hablan, parece que las estaciones están perdidas, como si las hubieran bajado del pedestal donde la evolución de la Tierra las puso y hubieran perdido la concepción de su propio cuerpo. Por eso ahora hay inviernos gordos de nieve, veranos flacos de agua, primaveras enanas y otoños escuálidos.

Son curiosos los individuos. Se dan cuenta puntualmente de las cosas absurdas, pero sus actos siguen siendo suicidas de forma colectiva. De pronto parece como si nadie comprendiera que viven en una esfera, en un sistema cerrado gracias al cual la vida existe. La mayoría sabe ya que no se debe encender el motor si el escape da hacia el interior y las ventanillas están cerradas. John Kennedy Toole sabe bien de eso y de la Conjura de los necios (A confederacy of dunces, 1962).

Pero no siempre se agreden tratando de circular, algunos van en busca de otros para preguntarles cosas: “Perdone, ¿dónde está la calle Franklin?”; “buenos días, disculpe, ¿el tranvía en dirección Bobigny?”; “ ¿tiene encendedor que me preste?” o “Hola, una pregunta, ¿cuánto pagaste por tu bicicleta?”.

Entre todos los elementos, algo se conjugó en el universo para que aquella pregunta diera lugar al dialogo siguiente:

  • Trescientos euros.

  • Es una buena bicicleta, dijo aquel para quien la presencia de aquella bicicleta abrió una serie de puertas que estaban cerradas ante las demás bicicletas; o quizá aquel individuo que olía a alcohol de antes de mediodía le decía lo mismo a todos los propietarios de bicicletas que le parecen buenas. Eso nunca lo sabremos, pero esto sí:

    Yo andaba mucho en bicicleta. Iba a todas partes en ella, de norte a sur y hasta los suburbios, pero sobre todo en París. Antes vivía en el barrio dieciocho. Un día me cansé de andar en bicicleta y decidí asegurarla a un poste con una buena cadena y regresar en metro. Antes de decidirme a ir a buscarla y pensando que ya no estaría, me compré otra. Una semana después pasé por el lugar y seguía ahí. La verdad es que no era una muy buena bicicleta y es quizá por eso que nadie se había tomado la molestia de robarla. Regresé en la otra bicicleta y fui por la otra. Después me arrepentí y la volví a dejar donde estaba. Un día me cansé de andar en la otra bicicleta y también la dejé en la calle. Al cabo de los años, tenía cinco bicicletas en varios puntos de la ciudad al mismo tiempo, además de una buena bicicleta como la tuya. Fue una buena época…

Antes de que el otro individuo pudiera expresar alguna palabra para paliar la nostalgia palpable que flotaba en el aire con aroma a cerveza acompañando su voz y su historia, le deseó buena suerte bicicletera y se fue.

Vistos desde arriba otra vez, eran un punto que se aleja y otro con una raya al lado, estático, tratando de comprender de dónde había surgido aquel encuentro, mientras los demás puntos a su alrededor se dispersan, saliendo de bajo la tierra, de los vagones, de las calles y callejones, de o hacia, de Asia, de África, de América y de Europa, dándole vueltas a la glorieta, hacia la ciudad o hacia la casa. Verano.

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