La fila de la oficina de migración o cagarse de frío para quedarse en un país

Lately, did you ever feel the pain,

in the morning rain,

as it soaks you to the bones ?

Oasis, Live forever, Definitly Maybe, 1994

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Era una mañana especialmente fría, pero no me di cuenta de ello hasta que ya estaba en aquella fila. No era la primera vez que me encontraba en ese mismo lugar. Aunque no podría decir que fuera la misma fila la que estaba haciendo, era otra, distinta de las demás. Las personas también. Así que estaba haciendo una nueva fila para hacer un trámite que tampoco era el mismo, pero que se parecía a otros ya vividos. El frío tampoco era el mismo y me pareció inadecuado. Hubiera querido reclamarle a alguien por aquel frío que no había tenido tiempo de prever. La lluvia tampoco había podido preverla, a pesar de la facilidad que ofrecen los satélites y el internet, porque salí de prisa.

Justo cuando iba llegando a la fila, pude percibir el paso agitado y nervioso de tres hombres que convergían hacia el mismo punto. La hilera que ya media treinta metros a las siete de la mañana,

La explanada al centro de un conjunto de edificios administrativos era digna de un arquitecto soviético que hubiera debido construir aquel kafkiano asentamiento.

El cielo no ayudaba a dar un poco de brillo a la estampa. Pero el cielo no es culpa de nadie, quizás apenas causa de algo, pero en todo caso, amoral.

Me convencí de que una o dos personas antes que yo, no pesarían sustancialmente la espera que había experimentado en un tiempo relativamente reciente. Así que no apresuré el paso hacia el final de la fila.

Al instante, la memoria me envió hacia el recuerdo de otras esperas en el mismo lugar, los números desfilando con la velocidad propia al crecimiento de las estalactitas. Al menos así apareció en el recuerdo y me hizo mantener el mismo paso. Los otros dos corrieron y me di cuenta de que yo también habría podido correr. Subió como un eructo entonces la certidumbre de una posibilidad no elegida por convicción, donde las otras piezas del ajedrez ponen en escena una vista externa, en la cual se podría haber participado.

El humor que llenó mi cuerpo fue entonces la de una migaja de libertad, apenas más larga que la percepción de una imagen introducida en un carrete de película para una proyección de cine.

Esa mañana había un frío inesperado, después de dos semanas de soles tibios como caricias. El resultado debió afectar a varias personas, entre ellas yo, porque las chamarras se abrazaban a sus dueños, haciendo uso de gorros y cuellos altos para palear el viento que, un mes antes, hubiera sido una variante del calor.

Y este, que no se haga, yo lo vi llegar después. Míralo, haciéndose el discreto, pero avanzando un pie por enfrente de mí, no muy cerca, pero lo suficiente como para asirse a una parte del suelo. ¿Qué hacer? ¿Fingir no haberlo visto, juzgando el problema poco importante?. Después de todo hace un momento me pareció que un par de personas no cambiarían mucho la espera. Parece hindú, sí, por el tipo de nariz y el color de piel. Tampoco hay nada de qué sorprenderse si venimos todos por alguna razón que gira en torno de la palabra “extranjero”, en oposición clara al que nacido aquí.

La espera iba a ser larga pues abrían las puertas a las nueve y dos horas que atan invisiblemente, siempre se anuncian largas.

Una fila es un grado de orden de la materia cuyos elementos se juntan por lazos invisibles que se anudan a las cabezas de los que, ahí, diluyen una parte de sus vidas. Me recuerda a las filas en México, donde la acción es más territorial, incluso, a veces, descarada.

Todavía era de noche cuando sacó el termo para beber un poco de café. En la tercer tapadera, que servía como taza, ya había amanecido y aparecieron las nubes, anunciando su llegada con unas gotas finas. Al cabo de una hora, la fila avanzó un metro, pero eso no era normal, puesto que la oficina no abriría sino una hora más tarde. Todos parecían estar de acuerdo en que eso era normal y dimos cuatro pasos más.

Esto es lo que me caga, ¿por qué insiste? Si, ahora que avanzamos, hubiera tomado su lugar tras de mí, esto no estaría pasando. Y lo que era un gesto de descuido, se vuelve, con la insistencia, su forma de decirme que piensa pasar antes que yo cuando la fila adelgace en el embudo de entrada. Me parece que soy un paranoico, pero no puedo evitar que esas cosas me irriten. Si al final me digo que no es importante, que puede pasar, no verbalmente, sino con las palabras de un gesto, volverá a repetirlo en otra parte. Quiero decir, que quizás en la India, porque definitivamente es hindú, el orden sea como en México, quizás sea normal que se salten algunos lugares, que se anule la espera de los otros.

Atrás de mí, había una señora pequeña con su hijo colgado al pecho, además de un señor y su esposa, de apariencia árabe, que charlaban con una serenidad envidiable. Cuando comenzó a llover, la pareja extrajo un paraguas y se guarecieron bajo él. La señora porta-bebé se quedó mirando el anti-gotas con cara de hambre de paraguas, y lo obtuvo. El señor, sin romper su aura de tranquilidad, le propuso que entrara al círculo de los secos. Por estrechez y coincidencia, comenzaron a hablar. Pareciera que el tener un bebé en brazos, beatifica a las personas. En todo caso sus voces se volvieron el sonido ambiente, además de otras parejas en la zona del medio.

La gente comenzaba a hablar. Tenía ganas de algo caliente, porque el café menguaría en un trago más y el frío, cuando está en la misma salsa con viento, parece instalarse debajo de la piel, como en ese día.

Diez minutos antes de la apertura, la fila se contrajo, atrayendo a aquellos que estaban fumando un cigarrillo o protegiéndose de la llovizna que no cedía. La mayoría, en un lugar paralelo a su pequeño terreno. Aunque no todos pidieron ayuda, algunos sí previeron cualquier confusión, pidiéndole a la persona de atrás o de enfrente: “¿le puedo encargar mi lugar, voy a…”. Eso era equivalente a darle una tajada de su verdad y derecho a un tercero para que, en caso de problema, atestigüe la legitimidad del lugar al que se ha llegado.

Aunque esta encomienda no siempre es llevada a cabo de buena manera. Una señora grande y robusta, vestida con una tela ligera y arcoirosa con un tocado de la misma tela, recorría con gesto de incomprensión la fila. Estaba buscando a la persona a quien había confiado su lugar. Un lugar móvil para su mala suerte. La fila había comenzado a avanzar y la misma señora negra decía en voz alta “¿dónde está, dónde está?”. Quizás esperaba que alguien alzara la mano. A la tercera vuelta, había cambiado la pregunta anterior, por una especie de reclamo: “Pero, ¿se esconde de mí o qué?”. Para cuando estaba llegando al inicio del embudo hecho con unas barreras metálicas, la señora estaba mostró el primer signo de resignación, una primera aceptación de que, aquel que poseía lo que ella le había encargado, quizás se había ido o había entrado ya. Su búsqueda concluyó en una regresión infantil, yendo a ver a la señora que distribuía los billetes, atreviéndose a pedir ayuda para resolver su falta de suerte, y que la dejasen pasar. Obviamente, esto no sucedió y la burócrata de cabello largo y rizado, con un gesto que oscilaba entre el desgano, el enojo, la comprensión y la incomprensión de las demandas de los Enfilados, le dijo: “Ya está grande señora, no es mi culpa si se fue a Mcdonald’s a comprar una hamburguesa”. Lo peor del asunto es que era cierto, había perdido su lugar por ir a la franquicia, y la bolsa que humeaba ligeramente, era la prueba fehaciente de la vanidad de su problema.

Enfurruñada, se fue diciendo: “Que venga mañana o me forme otra vez, faltaba más. Además ni es tan importante, yo tengo la nacionalidad, faltaba más.” Y desapareció en los escalones que desembocaban en la plaza central de los edificios pseudo-soviéticos.

Ya se está empezando a apretar la gente, la reja amenaza con dejar a algunos fuera, sobre todo los que están fumando. Ahí va ya una primera impertinente. Jejé. Ya se están empezando a enojar. No me imaginé que fuera ese señor el que comenzara la negativa. Jé, ya le está diciendo que todos se levantaron temprano y que lo mismo habría tenido qué hacer. Seguro que, si otra persona intenta colarse, los demás esperarán que él sea el primero en espetar la negativa en voz alta. Después, claro, la borregada y los brazos levantados, típico. ¿Y el hindú? ¡Pinche cabrón!, ya está tres personas adelante. ¡Qué cabrón! Con todo y que encargó su lugar tres veces, logró colarse. Ya ni la jode, ¿por qué tira su papel al suelo? Siempre me ha sido desagradable ver cómo una persona que conoce la suciedad, la basura en la calle y los perros, no es capaz de disfrutar la limpieza, aunque no sea al estilo japonés ni alemán. Es una cuestión de aprender a vivir mejor.

La señora de cabello rizado tenía una belleza que se descomponía por momentos, al no comprender el acento de algún contribuyente extranjero o ante la insistencia de algunos atendidos, los cuales, por ratos, fruncían su ceño. Pero parecía hacer un esfuerzo, quizás como una filosofía ante el trato con la Gente. Sin embargo, el alma es un depósito, y en las dos mujeres que contenían a la fila, que se desmembraba en ellas ellas, había acabado, en media hora, con su paciencia.

Comenzaron los primeros gritos. Me tocó a mí en ese eco de violencia y traté de ser amable. Una sonrisa siempre puede ayudar y la saludé cordialmente, buscándole los ojos. Le expliqué mi situación y me respondió que volviera el martes. No insistí, sólo la mire a los ojos y parece haber sido suficiente porque me pidió que espera a que la fila terminara. Asentí en silencio y fui a donde me pidió, detrás de una pequeña valla metálica que no cerraba nada. De frente a mí estaba la fila llegando hacia las mujeres. Un señor pedía un permiso de viaje. La mujer más pequeña y rabiosa, le respondió que no había, que había “ruptura de stock”. Se lo explicó con cierta violencia y al señor africano le pareció que eso no podía ser una razón y respondió, a su vez, “pues compren más”.

La zona neutral donde me encontraba comenzó así a juntar a un puñado de personas cuya situación sería estudiada cuando la fila se hubiera consumido.

Creo que estoy mejor aquí, pero el pinche frío ya me está atravesando la ropa y cuando comienzo a temblar, ya se jodió el asunto. Que no se pase tampoco, cómo se le ocurre agarrar a esa china por la mochila y jalarla así, para que se saliera, tampoco insistió tanto la china. Tan tranquilos que son, a ver, que se lo haga a un negro o a un árabe. Pendeja, no es. Estoy mejor aquí.

Junto con el grupo cuyos casos serían tratados al final, comenzaron a llegar aquellos que dudaban si la aquella fila era la correcta y pedían “sólo una información”. Una tercer mujer llegó entonces como refuerzo. Esta última era la mezcla perfecta entre la cascarrabias y la medio conciliadora.

Y después más y más sólo-informaciones que bebieron toda la paciencia que habían acumulado durante la noche, aún siendo tres.

“Señora, traiga un traductor”, “papeles, saque los papeles. ¿Comprende la palabra “papel”? Ya están hasta la madre. Pero tampoco creo que no supieran de qué se trataba el trabajo. Son elecciones, en el fondo son elecciones y que, a veces, parecen haber sido seleccionadas como el menor de los males. Las cadenas son largas para retrazar el hilo de la vida y preguntarse en qué momento se ha llegado al trabajo que se tiene. No siento ni pena ni empatía por esas mujeres. No me interesaría hablar con ellas. No se puede tener cabeza para todas las personas. ¡Oh, no! ya he comenzado a temblar y todavía quedan como treinta personas. Repita señora, repita, porque la tailandesa parece que no entendió y me interesa lo que le va a decir. ¡Mierda! Le dijo que no se va a poder y yo vengo por lo mismo. No tai, no te pongas dramática porque si no nos jodemos todos. Estas mujeres están a punto de quebrarse. Eso, ya, resignación, que para venir a migración, hay que resignarse a perder el tiempo, no ir a trabajar y esperar en una sala llena de ansiedad. Si logro que me dejen entrar, aunque voy a esperar otras dos o tres horas, hay calefacción y se puede leer. Ya, señora, apúrese que los pies están mojados. Dele un boleto, ya, despache y acabe con su estrés. Bien, bien.

La fila desapareció y con ella las pequeñas propiedades y la guardia de que se armó en la fila y que había impedido que algún colado hiciera de las suyas.

Las mujeres suspiraron y estuvieron de acuerdo en que la gente era imposible. Después suspiraron, aliviadas, como si acabaran de terminar el enfrentamiento con un toro o un insecto gigante que hubiera querido morderlas. Vino el tiempo de atendernos. Para mi fortuna, la mujer veía con mayor respiro la vida y sabía que, después de mí, ya no había nadie. Me preguntó si era yo el que tenía una convocación expirada. Le respondí que sí y ella me tendió un boleto con un número de turno. La puerta había sido franqueada y pude pasar a la zona de calor. Adentro, trescientos asientos en una sala con veinte mostradores con persianas levadizas, se ofrecía como escenario sin guión.

Algunas de las personas que había visto en la fila, estaban ahí; otra más estaban afuera, fumando un cigarro. La pareja de esposos estaba tomando café y comiendo galletas, y seguían hablando con la mujer del bebé. Ella también bebía café y comía galletas. Uno que otro grito o reclamo explotó en la fila que continuaba para los casos “especiales”, una zona separada por mamparas y que carecía de asientos. El lunes de esa misma semana había tenido que hacer esa fila y sabía que era agobiante, lograba sacar lo peor de las personas, hasta sus humores corporales.

Pero en esta zona ya se puede estar sentado y tomar cualquier lugar. Sigue siendo espera, pero ya no fila. Sólo una parte de su esencia. En todo caso es mejor que estar fuera, aunque no mejor que estar en otra parte. ¿Cómo pueden las personas pasar cuatro o cinco horas mirando la el falso muro blanco y el desfilar de los números anteriores a ellos, que se materializan con el despegue del implicado en turno. El rostro de aquellos para quienes ha llegado el turno, es el de un lazo que se rompiera al fin, una burbuja que los extrae del estado de espera y les permite acceder a un derecho racionado. La moneda de cambio es la presencia y todos deben pagar su cuenta. El valor de esta moneda depende de la hora en que llegaron: más temprano: una espera menor. Y viceversa. A diferencia del metro o los parques de París, en esta oficina llena de extranjeros que vienen a Francia, sobretodo, a trabajar, hay pocos lectores. Sólo la chica que lee un manga y el señor del periódico leen. Los demás miran y se miran. Pocos platican, hay, al menos, cuatrocientas cabezas sumergidas en sus pensamientos o buscando distracciones que adormezcan su atadura.

Es en estos momentos cuando me pregunto si vale la pena ser extranjero. Además, nunca se deja de serlo. Se cambian bases claras, las aprendidas en la infancia, por una metamorfosis hacia lo transparente. Es un negocio. Desde la transparencia se debe luchar con algunos clichés, pero puede dar derechos públicos, como lo son los servicios, el transporte y, para casos como el de América Latina, una relación con la ley distinta. Para bien y para mal. Para bien porque las leyes con más claras. Para mal porque uno pasa al lado de donde viene un mal social (de acuerdo a como se plantea la política): la migración. Disfruto sintiéndome más seguro en las calles, saber que un policía no me extorsionará, que no me asaltarán, pistola en mano, y que, a menos que haga algo fuera de la ley, puedo estar tranquilo. Pero tampoco es agradable una inspección gratuita en la calle durante la caza de ilegales con policías vestidos de civil. Es un negocio, se cambian unas cosas por otras. El estatus social también se pierde, pero se ganan bibliotecas, museos, horarios puntuales: orden. Disminuye la entropía, se gana un acomodo moral entre los individuos: respeto, de ese respeto que sólo se aprende a través de la familia y las instituciones. Evidentemente la frustración es mayor, nuevas reglas, nuevos códigos morales, otra relación con el silencio y el espacio personal.

Tolen, se quedó mirando a un hombre negro que parecía estar convencido de que, mirando a los empleados a los ojos, buscándoles el rostro, apretarían con mayor rapidez el botón de cambio de turno. Pero su brujería no surtió efecto y se dio media vuelta para escoger un lugar en las hileras de sillas.

Poco antes de que llegara el número de Tolen y medio libro fuera bebido, el crujir de su vecino de asiento, acomodándose, hizo rechinar toda la hilera de sillas. Un bebé soltó un chillido digno de cualquier cría de mamífero y pareciera que el sonido hubiera hecho explotar un pequeño altercado en la zona de los sin-asiento. Tolen se convenció de que estaba mejor ahí y sintió un poco de pena por ellos. Para su fortuna, su turno fue anunciado en el contador electrónico a base leds chinos, color rojo. Sobre todo porque alguien acababa de echarse un pedo de comida picante y la onda expansiva hizo torcer más de una boca. Se sacudió la nariz, se levantó y fue a recoger su Carta de Estancia, sin saber que tendría que volver el martes próximo.

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Para las personas que hablen o estudien el francés, he aquí un pequeño documental para la televisión pública que da cuenta del trato que se le da a los migrantes en éste departamento que es donde hay más inmigrantes de toda Francia.

Pour les francophones qui auraient lu cette chronique, voici un petit documentaire qui réunit quelques témoignages ainsi que des images de la prefecture de Bobigny qui a inspiré cet histoire qui vqut pour des milliers non racontés et plus tragiques.

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