La bicineta paranoica

Slinkachu, 2010

ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / ya va a llegar / siempre fue así / es lo que hay / ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / es por acá / es por acá / es por acá / es por acá / ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / ir y volver e ir y volver e ir / it´s a long wild ride.

Martín buscaglia, Ir y volver e ir, 2004

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Por Oliverio Rozado

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Me coloco los audífonos, me pongo las gafas, me trepo a la rila y…

¡Chale! Ya se me picó la cámara. Ni hablar — me digo. Entonces voy con Mi mai para que la ponche:

—¿No se tarda verdad? es que ando con prisa—. Al cabo de un rato y un cigarro y medio, tengo la llanta como nueva, le pongo play otra vez y emprendo el viaje cotidiano.

Doy vuelta en Allende pegadito a la banqueta pensando en que ojalá el carro que viene a mi izquierda me haya visto.

—Imbécil— le digo, por poco y pierdo el equilibrio. Me paro sobre los pedales y aprovecho el libre tramo que tengo por delante, acelero mientras le hago coro a King Crimson y en un santiamén llego al primer semáforo; no funciona, todos quieren pasar y nadie ve mi bicicleta: “La Calavera en Llamas”. Me cruzo la calle obligando a que me vean; me les aviento como quien dice. Un melódico claxon armoniza una mentada, sólo muevo la cabeza. A pesar de que voy en sentido de los autos no tengo espacio para maniobrar: se me pegan y se me cierran bloqueando el pequeño espacio que ocupo, forzándome a frenar. Las combis y los micros son los más idiotas, se paran donde se les antoja para subir y bajar pasaje, deberían multarlos, más por su ruidero y el exagerado monóxido de carbono que restriegan en la cara.

—¡Cabrón pon tu direccional!— casi me estampo. Al fin llego a Juárez: todos en doble fila ¿por dónde pretenden que voy a pasar? —¡órale y esa nena!— tuerzo el cuello como muñeco de ventrílocuo.

Sigo manejando y un güey viene en sentido contrario, ¿Qué no saben que las bicis también tienen que respetar el sentido de los carros? Romper las reglas también lo he hecho, no puedo negar que a veces me da huevita dar tanta vuelta. Pero el calor, el tráfico y toda esa bola de paranoicos me esquizofrenizan. Me evitan la empatía. En este momento todos son idiotas menos yo.

—Mm’ta, tenía que ser vieja—, digo con espontáneo, pero justificado, gruñido misógino— qué no ve que los niños salen de la escuela, no se vaya echar a uno.

Por fin tomo la carretera y le meto pata; disfruto del viento que pega en mi rostro, esquivo carros, gente y demás obstáculos que genera el tianguis de los lunes. Huele a todo.

Ya no estamos en un pueblo bicicletero aunque algunos piensen lo contrario. Irónico. Ojalá existiera una cultura para los vehículos de dos ruedas: una ciclopista. Los automóviles ya no caben y el uso de la bicicleta podría solucionar muchos problemas de tránsito. Sólo es cuestión de darnos un metro o metro y medio (no pedimos mucho), claro que deberá ser exclusivo y en las calles más transitadas como lo hizo San Marcelo Ebrard en ciertas zonas del Distrito Federal.

Mis piernas y la pluma no dan para más. Dejo que la inercia haga su trabajo, mirando las ruedas y con música de fondo. Por un segundo cierro los ojos. Trato de evadir un bache y en ese mismo instante la señora, que acababa de estacionar su coche, abre su portezuela.

¡Pum! No me vio; no espejeó pues. Tenía que ser vieja.

Con mi trasero en la acera veo girar alrededor de mi cabeza cuarenta señoras gordas bailando como hipopótamos de Fantasía sobre bicicletas moradas, riendo a carcajadas y cantando con tesitura mezo-soprano mientras señalan mi bicla destrozada.

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Y el vínculo al proyecto musical del autor, con los cuates:

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