Hacer una sola cosa

Llevaba varias semanas pensando en la frase de Olivier: “Pues haz menos cosas”. Me la soltó una de esas veces en que nos fuimos a tomar una cerveza en cualquier banco público, después del trabajo. Comenzaba a hacer frío, pero la gente seguía sentándose en los bancos públicos como si fuera el verano.

Al inicio de nuestra amistad, olvidaba aún que las barreras migratorias me impedían tener un solo trabajo. Por eso le respondí que tenía que tomar en cuenta que tener cinco trabajos a la vez no era una cuestión de elección, y mucho menos un deporte. Pero aún así, tenía razón. Una buena parte de la desorganización mental que me llevaba a terminar por no hacer nada, provenía del hecho de querer hacer más cosas de las que se pueden meter en un día. Trabajar, estudiar, hacer deporte, escribir, ir al circo, cocinar, aprender otra lengua, malabarear, para no hacer el cuento largo, generaban un caos interno y una negación de la fatiga. Me negaba aceptar que la realidad fuera dejar toda la energía en el trabajo. Pero así era. Durante las últimas semanas lo acepté un poco más, pero no sin amargura.

He tenido que aprender a descansar. Ayer logré por primera vez en mucho tiempo hacer una sola cosa. Me levanté a las ocho, hice las cuentas y me volví a dormir por el resto del día y de la noche.

No sé a ustedes, pero a mí eso no me pasaba desde hace años, la paz de tener una sola cosa que hacer y llevarla a cabo tranquilo y solo, sin horarios ni jefes, siguiendo el tiempo interno, sin superposiciones. Mi generación es la primera que debe experimentar la fragmentación de mercado del trabajo y el nacimiento de la polivalencia. Difícil escuchar su propio tiempo entre tanta carrera, todo está hecho para que no tengamos tiempo de pensar y estemos siempre detrás de la chuleta, con una hipoteca o un préstamo a cuestas e hijos a cargo que pagarán nuestro retiro. Y es entonces cuando me pregunto ¿eso es la vida?

Hace siete años que estudio y tengo entre tres y cinco trabajos a la vez. El día que tenga uno solo, creo que lo disfrutaré. Mientras tanto, habrá que buscar cómo hacer menos cosas laborales y más literarias. Lo cuál quiere decir que seguimos igual que Arlt hace un siglo, la literatura es un lujo que hay que pagar caro si no se nace rico. Por eso los textos son cortos, son escritos entre dos trabajos, al final de la jornada, poesía de metro, crónicas subrepticias, historias subterraneas para lectores polivalentes, que se niegan a ser sólo clientes, para leer entre dos trabajos, en una pausa, durante la comida o antes de quedarse dormido.

Y sobre todo hay que acordarse de respirar, inhalar, exhalar como dice Mc Melodee.

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