Llegar a tiempo, al menos una vez

Lo juro, cada vez intenté llegar temprano. Puse el despertador antes de dormir. Me acosté temprano, o al menos no muy tarde. Suprimí las etapas innecesarias durante la mañana, relegué el desayuno al metro. Pagué mi transporte mensual un día antes. Pero nada, llevaba trabajando ahí desde noviembre y ya estábamos en enero y no había logrado llegar a tiempo ni una sola vez. Si se toma en cuenta que sólo iba una vez por semana, y el lunes, se puede comprender que era muy evidente a pesar de que la semana de trabajo diluye muchas cosas. Digamos que los agarraba siempre frescos.

En lo concreto, alguno de los vigilantes tenía que cuidar mi clase mientras yo llegaba, teniendo que comenzar su semana con la penosa actividad de tener que mantener callados a quince adolescentes en un pasillo, para que no molesten a las clases que ya han comenzado. Es como tener que ir a trabajar crudo o después de una noche en vela.

Y eso lo sé porque, el mismo día, después de ser profesor durante la mañana, iba al otro lado de París para hacer su trabajo en otra secundaria. Además he ejercido su función desde hace cinco años en varios establecimientos. Ni qué decir de la pena y el poco tiempo que tiene uno de pdisculparse cuando la clase espera en el umbral de la puerta, desparramada a lo largo del pasillo. Ni tampoco cuando tienes que salir como un rayo para llegar a hacer lo mismo que él, pero en otra parte.

Culpas, por la falta de tiempo, por la polivalencia, pretextos y razones que se anulan y hay que navegar en las aguas del olvido.

Pretextos y aceptar las aguas que conllevan, después de todo, en un momento dado están sólo las situaciones concretas, sin razones, dentro del medio que sea. Al cabo de más de una docena de intentos, logré llegar a tiempo, en incluso un poco antes.

Los alumnos entraron uno a uno, dejaron sus mochilas en el suelo y comenzaron una serie de aplausos y ovaciones que seguro me hicieron enrojecer, pero también reír a carcajada abierta.

Les dije “se pasan, me podrían haber evitado la pena”, y entonces uno de ellos dijo lo que yo no habría sabido pronunciar en voz alta: ¡lo logró, profe!

Supongo que Lanceau, el chico que me cuida a los chamacos mientras llego, debe haber pensado lo mismo, así como la responsable de los asuntos disciplinarios que me había dicho dos semanas antes “Los lunes son difíciles para usted, ¿no?” .

A ese comentario respondí con la verdad, aunque no me gustara. Le dije que en efecto, los lunes eran difíciles porque, por circunstancias que no podía explicarle, tenía cinco trabajos, uno de los cuales me ocupaba los sábados, y los domingos quedaban para estudiar. Al mismo tiempo que mostraba mis miserias con disgusto y casi como un eructo, le anuncié que quizá se repetiría, pero que, en contra parte, sabía que nunca había faltado, dejándolos con quince púberes a cargo y sin actividades concretas por cuatro horas.

Me agradeció la precaución y el detalle de presentarme a hacer mi trabajo aunque fuera sin descansar. Los croissants ayudarían a mediar en el asunto. Ella me dejó en paz, pero no yo podía decir lo mismo con respecto a mí mismo hasta entonces.

“Se pasan”, repetí, y después me di cuenta que si eran capaces de burlarse de mí, era porque habíamos establecido la confianza suficiente como para que se sintieran cómodos haciéndolo, sin tener la impresión de rebasar todos los límites de la educación que los rodea y que los rodeará durante los años que les quedan en la instituciones educativas francesas. Además me daba una libertad extraña poder reír con u grupo de personas, de cualquier edad, sobre una pequeña miseria personal.

Los dejé que se cansaran de aplaudir, fue como una especie de baño de culpa con burlas sin malicia de quince jóvenes lo suficientemente despiertos como para comprender que aquel día era diferente y que podían regocijarse conmigo, tanto como me dicen que estoy mal peinado o melenudo, o que parezco enfermo o cansado, enojado o triste, sin decirles que no les concierne, y respondiendo lo que se puede responder.

Las razones nunca serán suficientes. Les tuve que contar que no tengo pretexto, dado que en mi familia todo el mundo es puntual, menos yo. Varios de ellos alzaron la voz para decir que a ellos les pasaba igual. A ellos, les dije lo que me decía a mí mismo en aquel momento: “hay que seguir intentándolo”. Los que sufrimos por los retrasos nos lamentamos, se contaron dos o tres anécdotas, nos dimos ánimos y la clase comenzó con un buen humor y un sol blanco tratando de atravesar el cielo parisino, y las ventanas.

 

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He aquí un video que ilustra bien lo que debe pasar en la cabeza de uno cuando trata de cambiar un mal hábito, por Erik Mootz, Evolution, 2012:

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y sobre las veces en que se llega a tiempo; este poema:

Azul kamikaze

 

 

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