Soy ilegal y ya estuvo, ciao

Francisco José de Goya (1746-1828), Modo de volar plancha No. 13 de Los Disparates, 1815-1824

Hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera por ellas la fobia del vulgo. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia.

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Samuel Beckett, Relatos, El final, 1945

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Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera;

y las fronteras se mueven, como las banderas

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Jorge Drexler, Frontera, 1999

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Cuando cruzamos la puerta de la Office Français de l’Immigration et de l’Intégration, dos rostros arquearon las cejas, interrogándonos. Eran el guardia y la secretaria. Pero más que ellos, fueron ciertos detalles del lugar lo que llamaba la atención. Los asientos eran demasiado turquesas, un poco pastel, y la escalera de caracol con su barandal rojo carmín y sus peldaños blancos y su silencio incómodo. Saludamos. El guardia verificó el contenido de mi bolsa mientras Saad hablaba con la secretaria y Sani esperaba sin decir nada. Saad es pakistaní, y Sani es hindú, pero hablan la misma lengua, el punyabí.

Nos recibieron diciéndonos que sin cita no se podía ver a nadie. Saad preguntó por una persona en particular. La secretaria rubia de unos cincuenta años respondió de entrada que estaba ocupado. Saad insistió. Ella llamó mientras repetía que estaba ocupado. Confirmó que estaba ocupado y colgó. Saad le dio otro nombre. Ella lo miró por un segundo y después marcó la extensión. La persona respondió, su asentimiento lo probaba. Nos pidió que esperáramos. Fue entonces cuando descubrimos los asientos demasiado turquesas. Estaban demasiado limpios. Ninguno de los tres tuvo el reflejo de sentarse. Sólo Saad y yo lo vimos, en realidad, pero Sani también lo sintió, al menos por el brillo. Todo lo demás era blanco o gris en aquel espacio.

Lo hicimos de cualquier manera, nos sentamos en silencio. El guardia miraba por la venta mientras jugaba con su corbata y con la identificación que llevaba alrededor del cuello. Afuera el sol estba en su cara más bella, bañando la primavera, como pocos avriles. A Hopper le hubiera gustado la manera en que el guardia contemplaba a los transeúntes. La secretaria encadenaba llamadas. El guardia, después de cinco minutos se sentó en su silla anaranjada. Había pocos objetos de colores, pero los que había parecían ocupar todo el espacio del pasillo que llevaba hacia la escalera donde, supuse, sí habría funcionarios y clientes. Por una vez, el guardia no era negro ni árabe. Era un hombre blanco y robusto que parecía más bien hecho para trabajar con su cuerpo que para estar parado todo el día revisando bolsos y mochilas.

Esperamos en silencio. Se escuchaban algunas voces que bajaban por la escalera de caracol. Unos pasos que pensé que acabarían bajando, pero que siguieron de largo.

No sabía a quién esperábamos, así que cualquier persona hubiera dado igual. Otros pasos se acercaron a la escalera, pero nadie bajó. Una empleada entró, quejándose de algo a lo que los otros no respondieron, se quitó el abrigo mientras subía por la escalera de caracol. Subía con pena, pero fue una escena bella, no sé por qué, tenía el gesto de las vírgenes, entre dolor, lejanía y una mirada materna.

Otra persona atravesó la puerta. Tenía una cita. Dos más salieron. Afuera los turistas paseaban, cerca de la plaza de la Bastilla. Todos hubiéramos preferido estar afuera, pero estábamos ahí. Una cuarta persona entró por la puerta principal y saludó de inmediato a Saad. Era un hombre de porte medio y de una cuadratura digna de la lucha libre y una panza cervecera, con un tono de voz sobrio, pero con detalles en su forma de hablar para romper la tensión del momento, después de todo, Sani estaba ahí para declararse inmigrante ilegal en Francia.

No bajó por la escalera como lo esperaba, pero sí subimos los cuatro y desaparecimos, engullidos por el caracol. Arriba, todo estaba tan tranquilo como abajo, aunque había más voces. Otra recepcionista en un escritorio de tres cuartos de círculo hablaba con un joven. El hombre que nos recibió nos pidió amablemente que nos sentáramos y que lo esperáramos. Al dar media vuelta pude ver su panza redonda, moldeada por la camiseta setentera de tela elástica, tapizada de pequeños rombos cobrizos, en un fondo beige. Me pareció que tenía algo de funky.

Regresó con un pañuelo de papel y entramos a una oficina que tenía una inscripción: “Retour et insertion”.

– Hasta que se decidió el muchacho, Saad

– Pero aquí estamos.

Me pareció verlos guiñarse el ojo. Entendí que lo conocían.

En la pequeña oficina, el escritorio estaba en la posición más incómoda, como si hubieran querido utilizar la mayor cantidad de espacio con él, colocándolo en forma diagonal. Sani se sentó frente al agente del Ministerio del Interior. Le explicó en inglés y en francés lo que ya sabía, que era un procedimiento para regresarlo a su país, que se declaraba como ilegal, y que beneficiaría del boleto de avión y de quinientos euros. Firmando, claro, la promesa de no volver. El agente le preguntó poca información. Sani me dijo que era porque debían tener la información de la policía cuando ya estábamos en un parque tomando una cerveza, de los tiempos en que era vendedor ambulante de souvenirs en cualquier punto turístico de París. Le tomó las huellas digitales y una foto. Al final le pidió un autógrafo y le dijo, “listo, vaya a pedir a su embajada que lo dejen pasar de vuelta”.

El agente no sabía que Sani era casi ciego. Es por eso que cuando le pidió que pusiera las manos sobre el escáner y que el se equivocó de lugar, él hizo un gesto que pareció de indignación, con la vida quizás, o por la evidencia de la desgracia ajena. Pero apenas hizo una mueca y prometió pensar qué se podía hacer al respecto, “al menos una revisión médica”.

Sani no dijo nada, hacía cuatro años que se había vuelto ciego y que había comenzado a vivir en la calle. Ese tipo de promesas ya no eran nada, “sin ira ni tristeza; si pasa, bien, si no, también. Si quiere llevarme al médico, vamos, si no, también, de cualquier manera ya estoy ciego”, como me lo explicaría después.

Saad y el agente estaban de acuerdo en que siempre era más difícil cuando no se tiene ningún documento de identidad, que la embajada pone trabas, que tienen que lanzar una investigación con la policía de allá para saber si no ha hecho nada, luego confirmar su identidad con el registro civil, responder a la embajada y después, ya podrían ver lo del boleto.

– Pero siempre logramos sacar algo, ¿No es así, Saad?

– Sí, sí, respondió él con el tono de quien ha sufrido mucho, y sabe que hay que tomarlo con calma y torciendo la quijada como buen ex adicto a alguna droga dura.

Comprendí que debían conocerse bien y me dio la impresión que para hacerle bien al mundo, para deshacer un par de nudos. Los dos sonrieron. Sani no decía nada más que lo que le preguntaban. La mayoría de las cosas le fue explicada en inglés. Incluso cuando habló francés con nosotros y con él. Quizá el hablar inglés le hacía sentir que se explicaba mejor.

Le pidieron que eligiera un lugar para regresar. Sani ya había explicado que su familia había muerto y que no tenía a nadie a quién ver en Kurushetra en la región del Punyab, al norte de la India. Así que pidió que lo regresaran a una ciudad en la que nunca había estado, pero que le parecía mejor que la suya por razones que todos comprendían, menos yo. Sani por tomar la decisión y ellos porque asintieron, de acuerdo con su elección. No pregunté nada.

El agente terminó todas la formalidades y se excuso antes de salir diciendo “en esta oficina no tengo impresora”.

Saad se mantuvo lo más al margen que pudo. Sólo intervino en dos o tres traducciones, como la explicación de su nivel de ceguera: “dice que ve las formas pero que no puede ver los detalles, por ejemplo los de un rostro”.

– ¡Ya está! A partir de ahora tiene dos meses para hacer su trámite y puede presentar este papel si lo para la policía.

Sani recibió el documento y acercó su rostro al papel:

– ¿Esta es mi foto?

– Sí.

Se acerco más pero no podía ver los detalles, como Saad nos había explicado. Le tendió una copia a ambos. Sani lo dobló en cuatro y asintió en silencio, dejando escapar un gemido, algo así: mjmm.

El agente nos dijo que por su parte era todo y que nos acompañaría a la salida. Bajamos por la escalera de caracol nuevamente. Al lado de la recepción, nos despidió amablemente.

Mientras nos despedíamos, la recepcionista parecía enfadada con una chica asiática mientras alguien esperaba del otro lado de la línea telefónica. El guardia no decía nada, o se decía quizás, con alivio, que ese no era su problema:

– You have to come in one our, le explicó con un fuerte acento francés.

-But

– Do you speak french?

– No

– Do you sepak english?

– Yes;

– So what’s the problem? I told you “come in one hour”,

-But…

-But what?!

No escuché el desenlace de la conversación porque salimos los tres, pero la chica parecía tan acorralada como el mal efecto de aquel trabajo sobre esa mujer que pudo ser bella, pero se había vuelto agria, gastando su belleza en derramar bilis.

Era sólo un papel salido de una impresora cualquiera, pero para Sani era el primer documento que acreditaba quién es en este país, y en el mundo, en unos cuatro años.

– Ahora la embajada, Saad.

– Sí, sí… me tranquilizó, con esa voz que tienen todos los que se escapan de la Cour des miracles, los náufragos, los presidiarios y los soldados.

Desde el inicio me había dado los boletos que pagaba la asociación para ese tipo de trayectos. Se despidió antes de llegar a la Bastilla. Nos deseamos buena suerte y seguimos caminando. Sani y yo fuimos por una cerveza. Un supermercado cerca del boulevard Richard Lenoir nos abasteció y nos sentamos en una banca sobre la parte cubierta del Canal Saint Martin.

Me habló de sus posibilidades. Las mismas que aquí, me decía, pero tengo que dejar de dormir en la calle.

De ese tema pasó a decirme que tenía un primo-hermano que vivía en París, que era rico y que no le había querido ayudar.

– Se casó con una francesa, tuvieron hijos. Siempre ha tenido trabajo, es ingeniero, trabaja en la construcción. Cuando me quedé ciego fui a su casa, pero mando al infierno, literalmente, al infierno. La vida lo va a tratar mal.

Nos acabamos la cerveza y entramos al metro Richard Lenoir, me acordé de Charlie Hebdo, que estaba ahí al lado, y me dije que eran problemas distintos, pero de la misma causa. Nos depedimos en Gare de l’Est. Me pidió que guardara el documento y que le diera una copia con una protección plástica, la próxima vez que nos viéramos en la Courneuve.

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