Hotel Aladino: Shiva contra Rey migrante

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Cuando llegué al hotel, entré. Me sentía un tanto inseguro e incómodo porque hacía un año que no debía buscar trabajo y porque creía que ya no tendría que hacerlo más. Además era uno de esos empleos en los que sabes que tendrás que mentir, pero esperaba que no fuera tanto. No porque no sepa hacerlo, sino porque ese día el llevar un traje ya era la cantidad suficiente de mentira a la cual estaba acostumbrado. Pero ahí estaba. Llegué y la fachada era igual a la que vi por street view, despintada, acorde con las dos estrellas que en el anuncio de la bolsa de trabajo se describían y que no habían sido descritas con estrellas, sino con asteriscos. Era por lo tanto un hotel de dos asteriscos llamado “Aladino”.

Llegué temprano, lo cual no me pasa muy seguido. Pensé que quedaría bien y entré. También fue porque cerca de ahí no había ninguna banca. No había nadie en la recepción, pero sí tres personas en la pieza que era a la vez recepción, sala y zona de restauración. El color del interior era el mismo en diversos puntos de la decoración, de un verde como el del logotipo de la RATP. Todo parecía viejo, pero no del tipo burgués a la antigua, sino un intento malogrado de eso. Las tres personas voltearon a verme. Sólo una de ellas llevaba traje, era un chico en sobrio traje negro con camisa blanca. La corbata era también para un funeral. Eso aconsejan los sitios de internet para tener éxito en una entrevista de trabajo. No osar colores, ser sobrio.

Yo iba con el mismo traje con el que salí de la preparatoria diez años antes, los zapatos eran igual de viejos, y la camisa, me la regalaron para mi graduación de la universidad, con el mismo traje, claro. Quién iba a pensar que acabaría en París, para ayudarme en la búsqueda de empleo. A medias, hay que reconocerlo, porque el corte era bastante anacrónico. Se veía a leguas que venía de otro tiempo. Los otros dos hombres iban vestidos con pantalones de mezclilla. Uno de ellos llevaba una playera, era el más joven. El otro llevaba una camisa de manga corta con rayas mostaza y un chaleco verde con azul. Era el más viejo y le pidió al chico de traje que se sentara en una de las sillas que estaba frente a una pequeña mesa, a tres metros de mí. El chico dejó de verme y el señor que parecía ser el Monsieur Samir ante quién debía presentarme.

  • Buenos días, tengo cita para una entrevista de trabajo con Monsieur Samir, soy Monsieur García.

  • Ha llegado un poco temprano, ahora estoy ocupado con otra entrevista, vuelva en veinte minutos, por favor.

Tuve que estudiar mi currículum antes de ir a la entrevista. Tengo una decena de modelos según el tipo de trabajo, uno para los hoteles y servicios, otro para el medio del a educación, otro para los puestos de asistente social. También están los de “empleo estudiante” que se puede enviar a cualquier cosa que pague el salario mínimo y que sólo te piden que sepas leer y escribir y estar inscrito a una institución educativa. Las necesidades varían y la desesperación puede ser anticipada con este último tipo. El de ingeniero es un modelo que he usado poco, pero también está listo. Lo demás es pulir los detalles, ajustar las palabras para que parezca que uno sabe de lo que habla, de las experiencias que he tenido. Siempre he vivido las entrevistas de empleo como una experiencia de mentir y sacar provecho del hecho. A fin de cuentas, la mentira de afuera es más cancerígena y no tiene nada de divertido. Ver a las personas creer en los personajes por los que reciben un sueldo. Eso es divertido. Ahora me parece más claro. Aquel día iba en verdad esperando que encontrar un trabajo. No había tiempo para teatritos.

Salí del hotel y miré en ambas direcciones. Era un barrio habitacional cerca del centro de París, a unas cuadras de la Sorbona, el Panteón, las arenas de Lutecio, etc. Un lugar visiblemente burgués. Y como dije, no había ninguna banca para sostener mi espera. Decidí alejarme a fumar un cigarrillo. Me recargué en una macetera, al abrigo del sol de verano que no combinaba en nada con el traje que a su vez no combinaba con la moda de su tiempo. Cuando acabé de liarlo me di cuenta que no tenía fuego y que pasaban pocos peatones por ahí y ninguno iba fumando. Pensé en insistir, pero recordé que también había leído en un sitio de recursos humanos, que no era bien visto llegar oliendo a tabaco a una entrevista. ¿Por qué? Decidí averiguarlo. Acabé consiguiendo fuego después de darle la vuelta a la manzana sin haber encontrado a nadie. Fue un señor sentado en una terraza quien me lo proporcionó. Quedaban aún quince minutos. Caminé un poco más y llegué al otro lado de la calle, donde se cruzaba con el boulevard Arago y encontré una banca. No llevaba un libro y me sentía un poco ansioso. Hacía calor y todos pasaban en ropa ligera. En vez del libro llevaba un portafolio. Nunca me había detenido en aquel posible arreglo de la moral. Llevar un traje y una mochila, tampoco combina. La cambié por un portafolios de tela que me había regalado una edecán en un evento musical patrocinado por un banco. Fumé el cigarrillo al mismo ritmo que el tiempo de decantaba en ese otro arreglo temporal que eran los veinte minutos. Volteé hacia el boulevard y vi al chico de traje sobrio. Llamaba por teléfono. Pensé que quizá le estaría contando a alguien cómo le había ido en la entrevista, y que si le había ido bien, podía olvidarme del trabajo. Sentí un odio animal por él. Luego se fue y el estrés de necesitar una fuente de dinero regresó a primer plano, como desde hacía varias semanas. Esa es la virtud de los problemas materiales: no hay lugar para banalidades.

Entré nuevamente al hotel. El chico de playera azul ya no estaba. Sólo el hombre mayor. Estaba mal rasurado. Era árabe y hablaba un francés con un acento más fuerte que el mío. Me invitó a sentarme, más amablemente de lo que esperaba. A decir verdad, tampoco esperaba ver a un hombre como él. No es en lo primero que pensaba cuando imaginé aquel hotel de dos estrellas en un barrio burgués. A todos nos traicionan los clichés.

  • Póngase cómodo.

  • Gracias.

  • Bueno, pues ésta es la recepción del hotel. Usted nos ha enviado su candidatura para ser recepcionista.

  • Así es.

  • ¿Ha leído el anuncio?

  • Así es, lo he visto, por eso he enviado mi candidatura.

  • ¿Y vio en qué consiste el empleo?

  • Si recuerdo bien, decía recepcionista de noche, veinte horas por semana. Servir desayuno y algo de limpieza.

  • En efecto, eso es.

Mira mi currículum detrás de unas gafas viejas y gruesas.

  • Veo que es estudiante.

  • Sí, estudio aquí al lado, así me quedaría cerca de la universidad.

  • ¿Cuál universidad?

  • La Sorbona, está aquí al lado.

  • ¿Ah, sí?

  • Sí a diez minutos a pie. Por eso es perfecto para mí.

  • A ver, dice que habla inglés, francés y español.

  • Y comprendo el italiano.

  • Ese no es muy útil, casi todos nuestros clientes son franceses. Pero el inglés y el español sí pueden ser útiles.

  • Pues, como dice el anuncio, es para ser recepcionista del hotel. Somos un hotel pequeño, sólo tenemos veintisiete habitaciones.

  • He visto que también habría que servir el desayuno por la mañana, supongo que se refiere a poner el café, los croissants y el jugo.

Eso me lo dijo Misósofos, ya que desde hace un mes hace ese trabajo nocturno.

  • No, en realidad es a la carta, pero la verdad sólo son dos o tres por día. La mayoría de la gente que viene es porque tiene algo que hacer en París, negocios, reuniones, congresos, simposios. Gente de mucha clase que lo que busca es tranquilidad. Eso lo que más privilegiamos aquí, eso y, claro, la atención al cliente. En este trabajo hay que ser dinámico. ¿Es usted dinámico?

  • Sí, lo soy.

La respuesta era difícil de acertar estando sentado y sudando la gota gorda porque ni siquiera tenían aire acondicionado.

  • Pues qué bueno porque hay que ser dinámico. ¿Ha trabajado antes en un hotel?

  • Sí.

  • ¿En cuál?

  • En el Club Med.

  • ¿Ese no es un gran hotel?

  • Así es.

  • Perfecto, entonces. ¿En cuanto tiempo hace un cuarto?

  • ¿Perdón?

  • Que en cuanto tiempo hace un cuarto, ¿Diez, quince minutos? Porque le digo que hay que ser dinámico.

  • Nunca he limpiado cuartos. No sé, ¿en cuánto tiempo hay que hacerlo?

  • Pero dijo que trabajó en un hotel.

  • Sí, pero no limpiaba cuartos, era recepcionista.

  • ¿Y se ocupaba cuestiones administrativas?

  • No, había personas especialmente para esa tarea.

  • Porque aquí habrá que hacer algo de eso, acomodar las reservaciones, ver el correo, preparar las llegadas, y claro, las cosas comunes de la recepción. Se hace un poco de todo porque es un hotel pequeño, un hotel familiar, como ponemos en el sitio de internet y…

  • Monsieur, Samir.

  • Sí, dígame.

Un hombre vestido de electricista, con una cinta adhesiva blanca, con manchas de pintura por todos lados y descalzo, irrumpió en la entrevista, saliendo de una puerta intermedia entre el pasillo y la cocina que hasta entonces no había notado.

  • Esta es la cinta de la que le hablaba.

  • ¿Ah, esa?

  • Sí.

  • De acuerdo. Gracias.

  • Bueno, lo dejo seguir.

  • ¿En qué estábamos?

  • (Silencio).

  • Bueno, pero lo de las camas es lo de menos, y lo de la administración también, no se preocupe, mi hijo le va a hacer una formación. La palabra clave es la polivalencia, esa es la clave, hay que ser polivalente en este trabajo. Como le digo, somos un hotel pequeño, no como ese en el que trabajó, y no hay suficientes desayunos como para contratar a un chef, ni suficientes cuartos como para contratar mucamas. Nos ocupamos de todo. ¿Alguna pregunta?

Algo comenzaba a gestarse, sentía una gran fuerza.

  • ¿Y el salario?

  • El que está marcado en la oferta, nueve euros por hora, eso es un poco más que el salario mínimo.

Que es de ocho con ochenta y un centavos, era el complemento de la frase, el calor venía de adentro.

  • ¿Hay una prima por trabajar de noche?

  • No, no la hay, es lo que se paga en este medio.

  • ¿Cuáles son los horarios?

  • Mire, no le voy a mentir, estamos arreglándonos con todo el equipo porque no siempre son los mismos días, es por eso que ponemos que debe ser gente disponible. ¿Usted está disponible?

  • Sí, pero preferiría trabajar los días que estaban marcados en la oferta.

  • Usted sabe, en este medio hay que hacer reemplazos, eso modifica algunas veces los turnos, pero no se preocupe por eso. Una vez que completemos el equipo, vamos a hacer lo mejor posible para que los horarios varíen menos. Dígame, ¿cuál fue su último empleo? Aquí marca que fue agente de información para la compañía de trenes.

  • Así es.

  • (Mentira y silencio).

  • ¿Y qué hacía ahí?

  • Daba información a la gente en las estaciones durante el periodo de vacaciones en inglés, francés y español.

  • Eso está bien. ¿Por qué no siguió en ese empleo?

  • Ya no me gustaba y no se acomodaba con mis horarios.

  • ¿Tiene algún certificado de ese trabajo?

Era verdad que había trabajado para esa empresa, pero de eso hacía ya un año y medio.

  • No sé, una ficha de pago.

  • Sí, eso sí.

  • ¿Y sus papeles?

  • Tengo mi cédula de identidad y permiso de trabajo.

  • ¿De estudiante?

  • Sí.

  • ¿Puedo verla?

  • Déjeme sacarla.

Sólo sale en esas ocasiones de casa, de otra manera, podría perder veinticuatro horas en filas sin resolver nada, para obtener una copia. Sin exageración.

  • Vence en tres meses.

  • Voy a renovarla.

  • ¿Va a seguir estudiando?

Un nuevo calor, una nueva piel, me sentía enérgico.

  • Sí.

  • Aquí pone que es ingeniero.

  • Cierto.

  • ¿Y por qué no busca trabajo en ese medio?

  • No me interesa.

  • ¿Y por qué?

  • Porque sigo estudiando.

  • Ya veo. ¿Entonces no le interesa trabajar como ingeniero?

  • No, ahora estudio literatura, como le digo, no he acabado de estudiar.

  • Ya veo. ¿Tiene otro trabajo?

  • No.

Respuesta real: tengo otros tres.

  • Qué bueno porque los estudiantes sólo tienen derecho a trabajar veinte horas ¿No es así?

  • No, podemos trabajar hasta veinticinco.

Mentira, él tenía razón.

  • Eso, veinticinco. Somos un hotel serio. Aquí, acatamos a la ley. Eso es lo que le puedo ofrecer. Sin contar los reemplazos, claro que sería de vez en cuando solamente. ¿Tiene su pasaporte?

  • ¿Pasaporte? No, nunca me lo habían pedido en una entrevista.

  • La ley es más rígida ahora, nos piden muchas cosas a nosotros también.

  • Pues lo siento, pero no lo traigo.

  • ¿Y la credencial del seguro social?

  • Traigo el certificado de inscripción.

  • ¿Me lo permite?

  • Eso basta ¿no?

  • Tendré que preguntar… ¿tiene alguna pregunta?

  • ¿Cuándo sabré si me dan el trabajo?

  • Primero necesito tener su candidatura completa, ¿Puede enviarme los documentos de los que hablamos, escaneados por correo? Así podré analizar su perfil y darle una respuesta.

El calor se volvían llamas, lenguas de fuego, una greca se formaba alrededor de mi oreja y una máscara brillante cubrió mi rostro. Mis músculos se hincharon y se llenaron de poder. Unos pantalones brillantes del mismo color que los otros surgió de mis poros como diamantina líquida. Había nacido Rey migrante, el mejor de los luchadores, recepcionista sonriente, atento con las damiselas, capaz de limpiar cuartos en un minuto, dejándolo reluciente, digno de cualquier príncipe, valeroso caballero técnico capaz de enfrentar cualquier mancha ruda.

  • Yo le envío eso, no se preocupe.

  • Sí, por favor, así le podré dar una respuesta pronta.

  • Que tenga buen día.

Rey migrante salió con todo su poder para servir a quien se dejara. Afortunadamente no cruzó a ningún enemigo anti comodidad.

En el asiento del metro, una presencia en su espalda hizo que se erizara su traje, piel y máscara. La greca lo puso alerta. Volteó y ahí estaba. Un ser tan poderoso y polivalente como él, venido de tierras orientales. Su insignia, una mujer que con muchos brazos y sendas manos, de silueta rosa, sosteniendo en cada una de ellas un accesorio de limpieza. Sólo otro héroe de tierras lejanas podía ser tan versátil como él. Su nombre: Shiva, esa empresa y su ejército polivalente de mujeres esbeltas, bellas y sonrientes que hacen el aseo, y donde los hombres son los peores enemigos, sobre todo un tipo como Rey migrante que quiere una parte del trabajo que los hombres les dieron desde que viven en comunidad, y eso no les gusta, también detestan a la feministas.

“Shiva”, repite Rey migrante como si saboreara la sangre que se derramaría entre su nueva archienemiga y él, la que le vuela la chamba al que tiene poca chamba.

Rey migrante no se da cuenta de que los dominós seguirán cayendo siempre, pero no es su culpa, porque nadie le pide que piense, sólo que sea polivalente y debe serlo con sólo dos brazos.

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