Por amable

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La jaula robada, Hallé, 1753

Dejar París había sido especialmente difícil aquel verano. Las ciudades pueden ser un vortex que te traga cuando estás de espaldas, si le pierdes el paso. Los años anteriores desde mi llegada también París sólo me había permitido salir por intervalos cortos durante la época estival. Tener tres cuatro o cinco trabajos, más los estudios universitarios, sin cuya validación me corrían de este país, implicaba trabajar todo el año. En 2015 me había propuesto darme unas verdaderas vacaciones. La cuestión del dinero era menos clara, pero la idea estaba ya ahí. Por algo se tienía que comenzar.

La mejor solución era subarrendar mi cuarto. Pensé que sería fácil, pero me tomó casi un mes entre las visitas infructuosas y las personas que mis compañeros de casa no avalaban. Yo sólo me quería ir. Sin embargo, sin el dinero de la renta no podría pagar el cuarto que me esperaba en Montpellier, gracias a Octavio, mi amigo mexicano. Además ya me había comprometido con él. Fue más exasperante que difícil, pero al final logré encontrar inquilinos para todo el verano, para mí y para Maeva, mi colega belga, antes de que mi ansiedad me tragara, justo antes. Ahí empezaron las actividades en el medio inmobiliario.

Entre mis cálculos alegres estaba gastar lo mismo en comida, que es lo único que llevaba en la cartera, así como un par de cheques de los primeros locatarios. Cabe decir que sin la ayuda de mis camaradas de casa con quienes vivo desde hace años, no hubiera podido tener vacaciones. Eso de dejarle tu cuarto con todas tus cosas a completos desconocidos, que tienen acceso a toda la casa, a nadie le gusta que yo sepa. Me echaron la mano y agarré el primer tren que pude pagar hacia el sur.

El día que llegué a Montpellier, Octavio no estaba en el departamento al cual tenía que llegar. Conocí al chico que vivía en el lugar y que se quedaría un par de semanas antes de que el departamento se nos quedara. Sólo fue cuestión de tiempo. El departamento era espacioso y se encontraba a dos pasos de la plaza de La Comédie. Todo comenzaba a ir mejor que hasta inicios de ese verano que se anunciaba corto de dinero, pero cerca del mar y en una casa con balcón y un tiempo estival incesante.

Lo que no comprendí, y eso sí es una octaviada mayúscula, es cómo acabamos ocupándonos de tres alojamientos. Octavio tenía aquella capacidad de hacer que las personas confiaran en él, aunque a veces se le salían de control, pero para eso estábamos los otros dos. Digo tres apartamentos, porque Octavio tenía un estudio al lado de la iglesia Saint Roch, lo cual equivale a estar en uno de los mejores puntos en una ciudad que se la pasa de fiesta, entre los del lugar y los turistas, cuando no son los estudiantes que son un tercio de la población, durante el año escolar. Y el tercero, fue Lucas, quien tenía a cargo el departamento de un amigo ecuatoriano.

Teníamos que hacer algo con ellos, comenzando por el hecho que de que los tres eramos unos miserias, siempre motivados, pero a pelo con las finanzas. Las razones de los tres para encontrarnos en la misma situación difería. Octavio y yo tenemos un hoyo en el cerebro, en la parte que se ocupa de gestionar el dinero. Lucas acababa de huir del barco donde nació y estaba aprendiendo el francés, trabajando como podía.

Entre los tres nos organizamos para alquilar los espacios con los que contábamos, desplazándonos de uno a otro si era necesario, para liberar aquel que los viajeros encontraban y elegían por Airbnb. Cada cual tenía una pequeña reserva que nos permitía comer dignamente, salir, pero siempre a lugares públicos. La situación era frágil, pero todos sabíamos caminar por la cuerda floja.

Una de esas noches habíamos desplazado la fiesta del apartamento principal y nos fuimos al otro porque alguien tenía que dormir. Aquella noche no había clientes así que pasábamos de una morada a otra haciendo pausas aquí y allá, en placitas, después fuimos a comer al otro apartamento. Nada nos pertenecía, sólo lo cuidábamos como los mayordomos alegres por las vacaciones de su pequeño tirano que es capaz de ocuparse de sí mismo. En este caso no había tiranos sino amigos que habían regresado a sus casas y países y que ayudaban a los cuates. Lo que sí es que teníamos que trabajar un poco limpiando después de la visita de cada cliente. Nada de qué cortarse las venas.

Nina se había quedado en una de las habitaciones a media fiesta. Yo seguí a los otros mayordomos un rato más y después, satisfecho, salí por un Montpellier lleno de vida, listo para acompañarla ahí donde se había quedado, con la ventana abierta dando hacia el balcón. Estaba feliz. Tenía tan poco dinero y tan pocas perspectivas para el mes siguiente, que no me quedaba más que sentirme feliz como un suicida, cuando la vida no tiene nada que ver con las posesiones, sino sólo regresar a acostarte con la chica que te ama con o sin dinero, habiéndote despedido apenas de los amigos.

Ligereza, sentía la ligereza por primera vez desde hacía tiempo. Estaba en eso cuando tres hombres se acercaron a mí, cerca de la estación Observatoire, en una avenida llena de luz.

– Hola, perdona, ¿tienes un cigarrillo?, me preguntó el más grande y fornido de los tres.

– Claro, con gusto, pero es de liar, ¿no importa?

Al preguntarles lo anterior me di cuenta de que eran extranjeros. Había escuchado un acento fuerte, pero la extrañeza en los rostros de los tres ante mi pregunta lo confirmó. Un francés promedio, por razones que sigo sin comprender diez años después de mi llegada, considera que un cigarrillo industrial, es decir, de los de cajetilla, es un cigarro aceptable. Pero cuando se les propone tabaco de liar ante su solicitud de nicotina, lo rechazan. Aquellos tres hombres cuyo acento apuntaba hacia Europa del Este que ya estaban al lado mío intercambiando preguntas y respuestas, me miraron como diciendo “claro que queremos, ¿eres tonto o qué te pasa? Si hasta te lo he pedido en francés”.

Les tendí el tabaco y mientras se liaban los cigarrillos respectivos, aprovecharon para preguntarme a dónde podían ir a bailar aquel miércoles a las doce de la noche, a sabiendas de que venían del Panamá, que es la primera opción de todos los fiesteros locales cuando les cierran los bares, pero que aquella noche no se podía contar con su mala música ni sus cocteles caros.

Le indiqué otro lugar, con lujo de detalles, como decía antes, me sentía dadivoso, abierto al mundo y ellos eran los primeros seres humanos que se acercaron y cuyas solicitudes podía corresponder sin problemas. Nos reímos un poco, aunque no recuerdo de qué. Una atmósfera ligera de creó durante la conversación, hasta que les pregunté:

– ¿Son rusos?

En vez de responder, fruncieron el ceño y sólo después de mirarse entre ellos, el más alto respondió:

– No, somos ucranianos.

Yo lo decía por decir algo, pero en pleno conflicto militar entre los dos países, no les hizo mucha gracia. Luego de un silencio, el mismo ucraniano me volvió a preguntar la dirección del lugar, el otro hizo una broma y la bruma de aquel micro desencuentro pasó de largo.

Mientras el tercero acababa de liarse su cigarrillo, sentí un jaloncito en la bolsa que llegaba como bandolero, a través del pecho. En su interior sólo estaban el tabaco, una cerveza y mi cuaderno de notas. No me volteé completamente, pero pude ver que el más enclenque de los tres había sacado mi cuaderno. El tabaco estaba en mis manos.

Con un movimiento natural y creyendo que no me había dado cuenta, lo puso bajo su brazo y hasta participó a la conversación mientras se pasaban el encendedor que también les había prestado. La situación era delicada. Eran tres, dos de los cuales pesaban al menos veinte kilos más que yo y el tercero, no me hubiera extrañado que estuviera armado. Mi cartera estaba en el bolsillo, pero el cuaderno de notas era más valioso para mí, incluso estando jodido. Por supuesto que yo no iba armado, o sólo llevaba una cerveza. Pensé por un segundo en quitarme la bolsa, agarrarla por el asa y aprovechar el peso de lata para partirle la cara. Pero no, decidí que tenía que ser tan sutil como él, no me quedaba de otra si quería llegar entero a ver a Nina.

Comenzaron a despedirse, uno por uno. El último fue el ladrón. Les desee una buena una velada y al final me acerqué a él para tenderle la mano, pero en vez de estrecharla, agarré el cuaderno suavemente y le dije, mirándolo a los ojos “lo siento, pero esto es mío”.

Abrió los ojos como un gato asustado. No respondió y siguió de largo, acelerando el paso hasta rebasar a sus amigos, sin voltear ni una vez, supongo que para ser ladrón hay que saber olvidar rápido, por si hacen preguntas, y saber fingir demencia, para evitar la vergüenza de saberse un paria.

Uno de ellos tardó unos segundos en comprender lo que había pasado. Primero le gritó algo a su amigo en su lengua y después me dijo “Je suis désolé”.

Ya no respondí, ¿para qué? Incluso si se hubiera llevado mi cartera, no habría encontrado un duro. Lo que poseía estaba en la cocina, en forma de comida para pasar el verano. El cuaderno estaba en mi poder y la ventana del balcón seguía abierta. Por amable, me dije. Hay que ser amable, pero estar alerta, la levedad hace que uno a veces baje la guardia o pierda el norte. Por eso busco más la tranquilidad, ahora que camino solo nuevamente.

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