El hotel no está lleno, ¡perfecto!

nighthawks

Nighthawks, Edward Hopper, 1942

Más de uno ha llegado a una ciudad a una hora tardía, después de un largo viaje por cualquier vía, y sin hotel. Más de uno habrá sentido el alivio de saber que no habrá que volver a atravezar el umbral y que se podrá destripar la valija y tomar una ducha. De vacaciones o por el trabajo, siempre es un gusto encontrar una cama.

La diferencia entre todas esas personas y el señor Fourmond, es que él era de la empresa, y debería alegrarse de lo contrario, pero ciertas circunstancias lo hacen celebrar con una ligera sonrisa retenida, al tiempo que pide su llave de aquel hotel parisino tres estrellas, cerca de la Opera Garnier y del boulevard de las Galeries Laffayette. Los japoneses adoran ir a gastar sumas astronómicas por el barrio y alojarse con nosotros, como El señor Fourmond.

Además de ser empleado directivo es también amigo de la directora general, con quien concluyó un acuerdo que lo autoriza a alojarse gratuitamente cuando el hotel no está lleno, y a pagar ciento cincuenta y nuevo euros cuando lo está, cualquiera que sea la categoría de habitación disponible al momento de su reserva.

Mi colega del turno vespertino, Nicole, tiene una cierta aversión por él. Es justo esa sonrisa lo que la perturba. Lleva trabajando en el hotel más de un año y no lo ha visto pagar ni una sola vez. Y lo detesta más por su propia culpa. Esa actitud de hombre de negocios que llega sin corbata después de una dura jornada y que quiere sentirse en casa y a quien todos los recepcionistas conocen. Por eso cuenta partes de su vida a la menor carnada de conversación depués de que la llave está en su posesión lo que le desagrada, además de su manera de comer, hamburguesas sobre todo, según su registro mental.

Pero se le ocurrió contar también que tiene un departamento en París donde vive con su familia, no muy lejos del hotel, pero lo suficiente como para no estar ellos varios días al mes.

Conmigo no se aguantó las ganas de sonreír abiertamente, sin revelar la razón de fondo, pidió una plancha, una botella de agua, le tendí eso y la llave. Entonces me contó la problemática de su jornada, las implicaciones de sus decisiones que lo llevaban además a levantarse temprano para continuar con lo mismo. Le desée las buenas noches y no pude evitar pensar que era un cabrón por contarle aquello a alguien que no va a dormir durante la noche, como la mayoría de las personas. Pero después de dio lástima, al verlo huir de su familia justificándolo con el trabajo, y aquel duro trabajo con la familia con la que no quiere estar. Disfruto más mi trabajo cuando viene a contarme sus problemas, yo no pregunto nada y él quiere sentirse en casa, porque en la otra, le rompen las pelotas y los problemas de la oficina no esperan. Cosas de Sísifos y de mostradores.

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