No tenemos los mismos problemas: el casino parisino

Minolta DSC

El Bosco, El jardín de las delicias (detalle), 1503.

Desde que lo vi franquear la puerta, supe que sería un cliente complicado. Lo supe por la forma escandalosa de entrar al hotel, con seis personas más, dos mujeres con velo, vestidas de negro de la cabeza a los pies, y cuatro jóvenes cuyas edades oscilaban entre los diez y los veinte años, todos armando un escándalo entre maletas y un conflicto que no era posible comprender a primera vista. Una de las mujeres debía ser su esposa y la segunda, visiblemente más joven que la primera, su hija, al igual que los chicos.

Cuando cruzó el umbral, se estaba dirigiendo a uno de sus hijos con un tono severo, como si lo estuviera regañando. Una vez que todos estuvieron en el interior, se dirigió hacia mí y, antes de saludar, dijo:

  • ¡En este país no se está seguro! Acabo de llegar en tren y ya me robaron una maleta. Acabo de llegar y ya no me gusta este país, no me siento seguro.
  • Los robos suelen suceder, señor, me da pena por su caso. ¿Tiene una reservación?
  • Sí.
  • A nombre de…

La primera pregunta que me vino a la cabeza fue « ¿De dónde viene este tipo? Porque, viniendo de México, este país me parece bastante seguro. Entre quejas en inglés y regaños o reproches en árabe, logré que me diera su pasaporte y su tarjeta bancaria para realizar el registro de entrada. Era pakistaní, residente de Arabia Saudita. Comprendí que estaba cabreado por la maleta y que no era TODA la seguridad pública francesa la que le parecía deficiente. Aún más cuando el Estado de Urgencia había provocado, desde finales del dos mil quince, un desembarco masivo de las reservas de todos los cuerpos policiacos, así como militares con Famas en mano.

Hay que decir que los colegas que me precedieron durante el día no me echaron la mano y los pusieron en tres pisos diferentes. En la medida de lo posible, y sobre todo cuando alguien se da cuenta de una solicitud especial de parte de un cliente, se trata de dejar a las familias lo más cerca posible, por cuestiones prácticas y de comodidad, o de comodidad a través de las resolución de la parte práctica. Para mi fortuna, el cliente no pidió expresamente que se le dieran cuartos contiguos o cercanos. Aceptó mi respuesta pero se quejó de cualquier manera, por puro gusto y porque estaba enfadado.

De las siete personas que estaban frente al mostrador, ninguna abrió la boca durante todo el registro. Parecían tenerle miedo. Cuando les entregué las llaves, aproveché para informarles que el elevador no servía, que se había atascado durante la tarde y que lo repararían al día siguiente. Antes de acabar mis frases, supe que sólo había una posibilidad ante tal situación: cargar yo mismo las maletas al primer, al segundo y al cuarto piso.

Para mi fortuna, dos de los chicos de la familia eran adolescentes y parecían pasar por esa etapa  en la cual tratamos de demostrarle a nuestro padre que ya hemos crecido, que tenemos fuerzas nuevas en nuestros brazos y piernas y que podemos utilizarlos para salvar las situaciones más diversas, por ejemplo: subir las pesadas maletas por los estrechos escalones de un hotel parisino. Sólo tuve que llevar aquella del padre, que no me iba a perdonar aquella acumulación de falta de suerte de su día que acababa en conmigo al otro la de un mostrador, la última barrera antes de la cama. Subí la maleta y se quedó medianamente aliviado, mas no contento.

Esos son el tipo de detalles que comunicamos durante la media hora de cambio de turno, sin escribirlo en la libreta de incidentes y reparaciones. Más aún cuando se trata de clientes que se van a quedar más de una semana. Le dije a Nicole que sin duda vendría a quejarse durante la jornada, le desee buena suerte y me fui a dormir, porque ya eran las ocho de la mañana.

Tres días después, cuando volví al trabajo, los vi pasar en bandada para salir a comer al Mcdonald’s de la esquina; después regresar, volver a salir, volver a entrar. Nada extraordinario más allá del número de idas y venidas con respecto a los demás clientes del hotel. Lo que sí pude constatar es que aquel gesto de desagrado se había disipado del rostro del padre.

Todos se fueron a dormir menos la pareja de esposos que se quedaron en el salón de falso estilo Luis XVI. La señora iba vestido con la misma chilaba y el mismo hiyab color negro o con uno igual que el día en que los vi llegar. Cada cual estaba profundamente concentrado en su teléfono portátil. Intercambiaban un par de frases, sin mirarse. La mujer acabó por ir a dormir y esta vez pudo subir en elevador.

Poco después, el padre vino al mostrador:

  • ¿Sabe si hay un casino cerca de aquí?;
  • No tengo la más mínima idea, pero tengo una computadora, voy a buscar.

Su ceño se frunció cuando escuchó mi respuesta. Parecía sorprendido por el hecho de que no supiera dónde están los casinos. Hice caso omiso y encontré un sitio: Casinos de Francia. Era el mismo que él había encontrado con su teléfono y es ahí hacia donde quería ir. Tuve el cuidado de verificar el vínculo que desembocó en un sitio estilo años noventa en blanco y negro, con una arroba en tercera dimensión girando  como un planeta, supongo que es el equivalente virtual de la esféra multifacética de la época disco. No se trataba de un casino sino de un sindicatato. Entramos a la vista a nivel de peatón que proporciona Google, y la fachada de la avenida Vignon, en el distrito nueve no se parecía en nada a un casino, o tanto como un avión a un grano de arena.

Continué la búsqueda cibernética para encontrar que había un solo casino en toda la aglomeración de Île-de-France, estaba al lado del hipódromo de una de las zonas más burguesas de toda la aglomeración, desde finales del siglo diecinueve. Basta acordarse de los impresionistas.

  • ¿Está lejos de aquí?
  • En línea recta son quince kilómetros.
  • ¿Y en taxi? Me preguntó como un niño o un adicto al que le han dicho donde puede encontrar una dosis
  • Entre cuarenta y cincienta minutos.

No preguntó por el costo de tal viaje a las dos menos cuarto de la mañana.

  • ¿Y a qué hora cierra?
  • Déjeme consultar… Entre semana, y hoy es martes… A las cuatro.

Parecía contrariado. Ya no quedaba nada del señor enfurruñado al que le robaron una maleta, sino más bien el adulto de viaje que duda entre irse de fiesta toda la noche, a cualquier precio, ya que, después de todo, está ahí para divertirse aunque tenga que organizar a seis personas durante el día, y que espera que alguien le diga, « Ve, es fácil y tienes dinero, ve ». El diablo, en conclusión. Me encanta cuando me toca a mí.

Le calculé un itinerario. Le dije que en cinco minutos un taxi podía pasar a recogerlo. Había visto el fajo de billetes cuando pagó las tres habitaciones durante una semana con un par de ellos.

  • ¿A qué hora, me dijo?
  • A las cuatro.

Miró hacia el techo que de Luis XVI sólo tenía la mugre amarillenta que no desencajaba con las luces tamizadas en tonos amarillos, pero sin mirar de verdad, meditando las consecuencias de sus actos o calculando el tiempo sin nadie a cargo para ver si encajaba con los horarios del casino y los de las actividades programadas para el día siguiente con toda la familia. Sólo él lo sabrá. Después de una breve elucubración, continuó, pidiendo detalles más precisos, tiempo del trayecto, ida y vuelta, tiempo total de estancia, tomando en cuenta, supongo, el tiempo de entrar, cambiar dinero virtual por fichas, reconocer el lugar, encontrar una mesa y comenzar a apostar.

  • Estaría ahí una hora y media máximo.
  • Una hora y media…

Parecía aún en la cuerda floja y yo me cansé de jugar con toda la chamba que me quedaba por delante hasta llegar a la preparación de desayuno, que también me tocaba a mí, y le dije:

  • Si yo fuera usted, no iría.
  • Sí… Sí… Quizás tenga razón… Además, los casinos son peligrosos, siempre hay problemas, y problemas serios, con pistolas y sangre y… Son lugares peligrosos. ¡Qué bueno que no hay casinos dentro de París, es mejor así… Otras ciudades deberían hacer lo mismo, porque los casinos, ¿ha estado usted en un casino?
  • Nunca.
  • Mejor, no se pierde de nada, solo hay putas, drogas y machos con guarda espaldas, y perdedores… Ni vaya. Sabe, la última vez que estuve en uno, perdí cien mil euros. No, no, no, espere, no fueron cien mil euros, fueron libras esterlinas, sí, ahora lo recuerdo. Una catástrofe, cien mil libras esterlinas ¿se da cuenta?
  • Sí, eso suena a mucho dinero.
  • Mejor que sea así, que no haya casinos en París, porque son lugares de lo peor. Cien mil libras… Cien mil libras.

Me arrepentí de haber apaciguado su sed de despilfarro.

  • Pero si de verdad tiene ganas, el taxi llega en cinco minutos. A lo mejor tiene más suerte esta vez

Pude ver su bigote digno del Golfo Pérsico moverse alternadamentede derecha a izquierda. No iba vestido como en su región, ni kéfir ni chilaba, sino con un polo Ralph Laurent con el logotipo ridículo del deporte que le da el nombre a la prenda, rosa y morado en su caso, y que muy pocas personas han practicado.

  • ¿Cree que valga la pena? ¿Sinceramente?
  • Le repito que nunca he estado en un casino.
  • Ya me lo había dicho, pero, ¿si estuviera en mi lugar?

Cualquiera puede imaginar que pasaron muchas frases por mi mente, pero no podía ser completamente sincero, sólo me quedaba seguir jugando, para dejarle sentir lo que pensaba realmente, no saber, sino sentir.

  • Va a ser un poco apresurado.
  • Si sigue dudando va a ser cada vez más apresurado.

Hubo un silencio, el viento entró por la puerta y se aceleró en el embudo de la recepción para dilatarse en la sala pseudo-Luis XVI, para los que no se fijan en los detalles de las denominaciones y sólo encuentran en aquel espacio con techo de vitral, un lugar agradable de estilo viejo, de lo que creen que es París. Pero no mordió el anzuelo y se fue diciéndome y diciéndose:

  • Me parece muy bien que no haya casinos es París. Una ciudad tranquila. Muchas gracias por su ayuda. Que descanse.
  • Usted también, respondí con una pequeña nostalgia, después de haberme quedado con mi traje inútil de diablo que ha perdido su juguete digno de ser maltratado y castigado al estilo El Bosco, y con una buena parte de la noche de trabajo por delante y tan rabioso.

Tantos muriéndose de hambre y tener que cruzar tontos millonarios aburridos con sus malas elecciones, por morales religiosas anacrónicas, más una pizca de ideal capitalista que los aleja de la realidad del mundo, con los bolsillos repletos, a punto de estallar y que juegan a perder su dinero para pasar el tiempo, y sin poderles dar una paliza sin quedarse sin trabajo. No se puede tener todo, como dicen.

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