Todo por un dedo o Parado-de-manos y otras calles

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Un hilo metálico apretaba mi dedo pulgar del pie. Era lo suficientemente  delgado como para cortarlo. Blandía su diámetro discreto en mi carne, comenzaba a doler, supongo que porque podía presagiar el poder de  una minúscula cuchilla cilíndrica.

Mi amigo tiraba del borde que favorecía el cierre del nudo y la entrada del metal en mi piel. Se trataba de un juego infantil, un encuentro de dos pequeños machos que se debaten, cual leones neófitos que quieren probar quién es el cachorro más fuerte y acaban por calentarse y morderse de verdad.

Gritaba: « ¡No, ya, suelta el cable! ». Eso pedí, puse un  acento un tanto aterrado en la voz, acompañado de un gesto duro: el ceño fruncido. Alcé la voz porque, era claro, si seguía tirando del cable, mi amigo acabaría por cortarme el pulgar. Y la cuestión es que yo sabía que él era mi amigo, pero sabía también que si seguía jalando así, con esa fuerza que sentía cada vez más dentro de mi carne, a pesar de ser mi amigo me amputaría el dedo.

¿Qué hacer? ¿Negociar o atacar? Es decir, ¿defenderme o atacar? Porque, después de todo, era un amigo ; pero también sentía como si una boca lisa se aferrara a mi dedo, fría, con fuerza, poco a poco, mientras negociaba una vez más:  » ¡Ya, no mames, suelta el cable o te rompo la nariz ! ».

Sujetaba su nariz con fuerza, por si acaso . Con disgusto y miedo. Disgusto, porque era mi amigo y eso no debía estar pasando; y miedo, porque si terminaba por hacer rodar mi dedo por el suelo, no sabría qué hacer.

Un nuevo tirón llegó hasta el hueso y no tuve opción. La sangre brotaba de mi dedo y comenzaba a hacer un pequeño charco alimentado por las gotas del pie suspendido antigravitaroriamente, que era como estaba, con la pierna levantada en ángulo agudo, tratando de disminuir la tensión.

No tuve opción y sumí la mano hacia su cara. Su nariz entró en su rostro como la cabeza de una tortuga, crujiendo como cuando se rompe el cartílago del esternón de un pollo. En su lugar, quedó un ombligo lleno de la pelusa ambiental de mi cuarto, en el centro del triángulo de los ojos y la boca, como es habitual en esos casos.

Mi amigo se llevó las manos al rostro pero no expresó dolor alguno, sólo me maldecía porque ahora tendríamos que ir con un extirpador-de-narices, y porque “sería difícil encontrar uno a esa hora”.

Yo retraje mi mano porque sentía asco por haber tenido que hacer crujir su nariz con ella, por el hecho de que me hubiera obligado a hacerlo, habiendo podido dejar el juego en paz desde el principio.

Sentí una gran desilusión y un sudor frío. Creí que había logrado detener aquella mala broma a tiempo; creí que sólo tendríamos que ir con el extirpador, pero primero tendríamos que ir con el pega-dedos.

Recogí mi dedo del suelo y soplé para dispersar mi dosis de pelusa de piso y, con cuidado, como si no quisiera derramar un líquido precioso en un charco de lodo, lo llevé al lavabo para enjuagarlo. Después lo cubrí con un pañuelo desechable y lo eché en el bolsillo que consideré más seguro.

Para cuando terminé, mi amigo esperaba en la puerta como si no tuviera dudas de que íbamos a salir juntos. Yo no lo sabía hasta que estuve en la puerta, dudé, pensé en ignorarlo de por vida, pero, al llegar a la puerta, salimos juntos.

Era de noche, no hacía frío. Me sorprendió que estuviera oscuro porque no había escuchado a la noche bajar. Llegamos a la avenida Parado-de-manos y nos detuvimos en la esquina para clausurar los cierres de los bolsillos – todos los pantalones tenían porque hay varias calles como aquella- y nos paramos de manos para poder coger el flujo de los maniandantes noctámbulos.

A pesar de haber cerrado los bolsillos con precaución, me penetró la incertidumbre de  haber cerrado debidamente el bolsillo en donde se encontraba mi dedo. Me detuve y me puse de pie para verificar que estuviera ahí, en ese momento no tenía tiempo de pensar en que está pohibido y que podían multarme por ponerme de pie. Sentí la forma cilíndrica sobre la tela de pana de mi pantalón gris. Mi amigo se detuvo sin ponerse de pie y gritó: « Se va a hacer más tarde´y sólo tienes tres horas para que pueda pegarse adecuadamente ».

Pero es tu culpa”, le respondí enfadado. Me ignoró, dio media vuelta y siguió maniandando. Me paré de manos aunque hubiera deseado maldecirlo. El tiempo corría y, dando la primera brazada, me di cuenta que sí sabía en que calle había un pega-dedos. No estaba lejos, a dos o tres cuadras. ¿por qué lo sabía? Pues porque ya había necesitado sus servicios, eso era seguro, aunque no lo podía recordar con precisión. Esto es culpa de la pastillas contra traumatismos que, aunque son opcionales, las madres prefieren administrar a los hijos luego de alguna intervención médica. La razón, de acuerdo con la medicina moderna: prevenir recuerdos postraumáticos, a nivel psíquico, que podrían repercutir en la formación de un malestar en etapas posteriores, mera profilaxis del siglo XXI, la época de oro de las aseguradoras.

Por eso, quizás, no recordaba su rostro, ni su nombre. Pero recordaba que  alguna vez hablé con uno y me narró las razones del ejercicio de su oficio, durante la época de los secuestros en la clase media, seguido de una guerra de guerrillas. « Y bueno, casos domésticos como el suyo, en tiempos de paz, apenas de qué vivir, porque la gente ya no se amputa como antes ». ¿O era porque había ido a ese lugar y lo del pega-dedos lo leí? Da igual, existe.

Recuerdo que me pareció convincente cuando lo contó, o cuando lo leí, pero, maniandando, la historia me pareció absurda y deseé que hubiera otro pega-dedos. Sin embargo, sabía que había dejado el teléfono portátil sobre la mesa, y con él el acceso a internet y a la sección amarilla virtual, así que no había más opciones y seguimos nuestra propia maninercia.

Estaba jodido y enfadado. Mi amigo avanzaba con mano decidida. Yo lo seguía porque supuse que aquel nerviosismo en su brazada era su manera de decirme que se arrepentía profundamente por haberme amputado el dedo y que quería saldar la deuda. Pero entonces dijo: « pasamos primero con el extirpador, va a tomar menos tiempo, sólo tiene que inflarla a través del oído, cuestión de segundos ».

“¡A la chingada!”, grité, “yo doy vuelta en ésta esquina”. « No puedes ir por esa esa cuadra, es la calle de las Brasas, y tú nunca has podido caminar sobre el fuego, tienes pies de nena », argumentó.

Su razonamiento era válido y hacía parecer a mi desplante un acto pueril, lo cual en realidad sí era. Seguí maniandando en silencio; de cualquier manera, entre el pega-dedos y el extirpador, sólo había una cuadra de diferencia.

Pude distraerme un poco viendo los calzones de la chicas que llevaban falda y se movían como nosotros. La costumbre de caminar con las manos por esa calle databa de siglos, pero me seguía pareciendo excitante el poder ver sus nalgas cubiertas con apenas una tela ínfima y diversa; desde el algodón hasta la seda, el encaje y el saetín. Ni qué decir de las tangas. La moda nunca ha sido un impedimento, la iglesia católica excluyó a nuestro país de su fe, sólo por estas calles. Desde entonces somos la sociedad más atea del mundo.

La calle Parado-de-manos atraviesa la ciudad de Este a Oeste; nosotros íbamos hacia el poniente.

Un aroma a café me recordó un parque donde solía sentarme para ver a las chicas pasar, cuando comenzaba a interesarme por el sexo femenino. Había un café justo en la esquina del parque, en el ángulo con la avenida. Mujeres:café. Con ese aroma desperté a la sexualidad.

Mi amigo desgarró el recuerdo con su voz cuando dijo: « Vamos a cortar por Un Pie. Es más rápido que esta mierda de calle llena de manountes que se distraen con las vitrinas llenas de luces y colores, y que no se fijan por donde maniandan ».

No tuve objeción más allá de mi falta de destreza para mantenerme estático en el parado de manos, para esperar a que el monito del paso manonal nos abriese su canilla, tornándose verde. A pesar de deber bailar para no caer, logré mantener el equilibrio y llegamos a Parado-de-manos, esquina con Un-Pie. Nos erguimos y comenzamos a saltar en un pie para poder avanzar sin perder tiempo.

Conocía a mi amigo desde hacía muchos años y sabía que siempre saltaba con la pierna derecha porque la izquierda se la había jodido intentando tocar la cítara con los pies. Había enredado el pie entre las cuerdas y, con el otro, lanzó un último rasgueo involuntario que provocó que las cuerdas se apretaran alrededor de su pierna, causando una grangrena parcial y una ruptura de tibia que no soldó correctamente. Nunca volvió a tocar la cítara, ni siquiera con las manos.

Yo prefería alternar las piernas para repartir la fatiga. En el fondo, aquella calle siempre me había parecido graciosa, como un juego, no como la sobriedad de los maniandantes que se desplazan torpemente y sin mirarse. En efecto, con los saltos llegamos rápidamente a Rueda de Lado, que era paralela a Parado de Manos y que nos llevaría a Marometa.

Sugerí evitar Rueda de Lado porque mi dedo se encontraba en el bolsillo y, sin duda, lo aplastaría al tener que rodar acostado. No hubo objeciones y seguimos cojeando hasta Marometa. Mi amigo saltaba sin decir nada, no lo dijo, pero sabía que no le gustaba su estado actual, igual que detestaba el acné. Degradaba su autoestima y anulaba su posibilidad de ligar. Yo sabía que eso era lo que más le molestaba, no poder hablar con las chicas, y es su actividad favorita. Sobre todo porque aquella noche tenía un concierto y detestaba usar máscaras de lucha libre, como se acostumbraba en casos como el suyom porque de su talla sólo hay del Santo y él de gusta Blue Demon

En Marometa nos acuclillamos y aproveché para verificar el estado de mi pie, el cual, por haber estado pensando en no perder el dedo, casi había olvidado. No es que la sangre se olvide, ni la carne palpitando como un corazón que supliese al dedo que yacía en mi bolsillo, pero, hasta entonces, había estado mentalmente ocupado en maldecir interiormente a mi amigo por su pendejada que nos hacía salir por la noche, en lugar de cocinar un manjar para reyes inexistentes, que era el plan inicial, así como beber  unas cervezas hablando de libros y escuchando música.

Es difícil concentrarse cuando se está girando. Mi amigo marometeaba dos veces más rápido a pesar de su pierna renga. La acera estaba en perfectas condiciones: el recubrimiento de goma sobre la banqueta era una comodidad que las generaciones anteriores no conocieron. En sus tiempos, se pasaba por Marometa y se rodaba sobre el concreto, cosas normales en el confort moderno para que los esclavos crean en el sistema y olviden rebelarse.

Los perros son tan tontos que han aceptado girar en esa calle, como sus dueños. Cuando era niño los perros sólo caminaban al lado de sus dueños mientras estos giraban, rodaban, saltaban, maniandaban. Después, una ley obligó a los perros a hacer todo como los humanos, para considerarlos realmente fieles. Aquellos perros que para entonces eran demasiado viejos, murieron siendo considerados como inferiores, casi salvajes y muchos fueron sacrificados.

A mí, al principio, me pareció gracioso. Las escuelas caninas conocieron una época de oro. Luego me di cuenta de cuán absurdo era. Todo se trataba de recaudar impuestos porque el tener un perro del « antiguo régimen canino » conllevaba un costo anual. ¿La razón? Se consideraba que el animal que acompaña al humano debía estar a la altura de las habilidades físicas de la población, y así es aún, ducho sea de paso.

Los ancianos están exentos de las acrobacias, aunque las realizaron en su tiempo. Todos lo hacen. Para ellos fueron diseñadas las tablas de levitación que funcionan como las bicicletas públicas. Se escoge una tabla en una estación, se paga con tarjeta de crédito y se puede ir a cualquier parte en un lapso de una hora. Después de ese tiempo, son dos pículas suplementarias.

Sólo los ancianos tienen derecho a este servicio y es una especie de premio, porque todos deseamos volar, sentir la levitación, pero se debe esperar hasta la vejez.

Casi al final de la calle, apoyé con fuerza el pie derecho, que carecía para entonces de pulgar, y sentí la presencia de un dolor punzante, como si la sangre fuera una navaja y se abriera paso con su filo. Sentí dos gotas llegar a la superficie.

Hasta entonces, la idea de mi amigo de sellar la herida con silicón caliente había resultado efectiva, pero no era, en definitiva, una medida común en los hospitales. Me detuve a media pirueta para gritar con fuerza a causa del dolor, como si ladrara, y tuve necesidad de cerciorarme de que el dedo seguiera en mi bolsillo. Ahí estaba, así que grité: « Por el Periciclo no, no traje mi abono de monociclo ». Pero mi amigo me ignoró y seguimos acercándonos al Periciclo, que era perpendicular a Marometa. El Periciclo es la vía más grande de la ciudad. Pasan por su piel de asfalto cuatro millones de monociclistas por día y es la vía mejor vigilada en tiempo real de toda la ciudad. Se puede conocer su estado por internet, por la televisión, por el teléfono, por la radio, por el GPS-tiempo-real y hasta en las pantallas de los aparatos domésticos.

El giro constante que llevaba mi amigo disminuyó considerablemente una calle antes del Periciclo. Giramos a la derecha, aún con una marometa aunque ya no era obligatoria.

Lo había olvidado, el extirpador se encontraba sobre Gateo. Así que gateamos, avanzando a una velocidad considerablemente menor, con respecto a Marometa, pero así son las calles y los hombres de esta ciudad. Gateamos esquivando dos mierdas de perro que habían sido dejadas recientemente, de acuerdo a mi amigo, que me previno diciendo: “Mierda a las once, pégate a la pared ».

Una anciana levitaba a un metro del suelo, llevando a su perro por la correa. Los perros no pueden subir a las tablas de levitación, está prohibido, ni tampoco deben gatear puesto que ya caminan en cuatro extremidades.

El perro nos miró de reojo y, aunque no me gustan las teorías antropocéntricas, creo que se burló de nosotros. Mi amigo debió sentir lo mismo porque rugió y, con el gran ombligo al centro del rostro, espantó al perro, que dio un tirón, provocando por poco la caída de la anciana de su tabla de levitación.

Mi amigo sonrió en mi dirección, esperando quizás que celebrara su puerilidad. Cosa que no hice porque su rostro, rematado con una sonrisa, sólo podía provocar miedo. Creo que así debe ser el rostro de la muerte: el rostro de uno mismo que se chupa hacia el interior hasta que la cabeza desaparece, y, con ella, la voz: silencio.

Recuerdo que mi abuelo me contó alguna vez, antes de morir, que durante su infancia todavía había automóviles. Yo sólo los conozco por internet. Decía que un coche era un objeto de lujo, así como el transporte público que utilizaba petróleo. Tampoco conozco el petróleo, ni el plástico, ahora todo está hecho de polímeros a base de almidón y la gente hace ejercicio. No sé si esto es mejor o peor que antes, sólo es así.

En cierta manera es normal, además de que desaparecieran los autos, que el transporte público se haya vuelto innecesario en una ciudad como esta, donde la apertura de fronteras de la Unión Federal Autogestiva y Protoeconomizante, liberó las esclusas que regaron a la gente por el continente.

En mi ciudad, que no recibe inmigrantes, sino  que los exporta, la zona habitada se contrajo a la mitad en diez años. Las personas que se quedaron, y que vivían en las afueras, se mudaron a los once barrios de la ciudad. Los suburbios desaparecieron. La migración continuó y la ciudad se contrajo nuevamente, se enanizó, multiplicándose por 0.5.

Ese es su tamaño actual. Mi madre decía que una generación atrás, vivían en un departamento de sesenta metros cuadrados para cinco. Eso es muy poco espacio y no me gustaría haberlo vividom ni las cárceles, que tampoco hay ya, a pesar de que la haya miseria aún.

  • ¡El extirpador! – anunció mi amigo, extrayendome de sus pensamientos y fatiga, a causa de gatear.

  • Dale, pues, porque ya ha pasado una hora.

  • Ya, ya. Entremos.

  • Buenas noches, ni le cuento, necesito sus servicios.

  • Eso es evidente – respondió el extirpador con una voz rasposa, provocada por el cigarro y el café caliente,. Siéntese en la silla giratoria.

  • Mire qué lindo – dijo mi amigo al ver la silla de barbero de un siglo atrás-, ¿qué? ¿fue barbero o peluquero?

  • ¿Se me nota la nostalgia?

  • Dale, güey, que estoy haciendo un charco de sangre en el piso del señor extirpador y tu apreciando el mobiliario con tu cara de ombligo. Este cabrón me cortó el pulgar. ¿Tiene un trapeador?

  • ¿Son amigos o enemigos?

  • Amigos – respondió mi amigo.

  • ¿A qué hora fue el incidente? Recuerde que sólo tiene tres horas, me previno el extirpador, mientras colocaba una boquilla en la manguera proveniente del compresor de aire; no sin gran dificultad, pues sus dedos artríticos hacían la labor más complicada y lenta. Sin voltear el rostro y desde su posición encorvada a causa de la edad, continuó:

  • ¿Al menos has traído el dedo? Porque no sería el primer caso de olvido que escucho. Por la desesperación de acudir a verme rápidamente, olvidan traer el dedo.

  • No se preocupe, aquí lo traigo, bien envuelto en un pañuelo de papel.

  • ¿En un pañuelo? Eso está muy mal porque el papel reseca el tejido. ¿A qué escuela has asistido? Eso te lo deberían haber enseñado en la primaria, son primeros auxilios cualquiera. Sácalo, vamos a lavarlo y a ponerlo en una bolsa de plástico.

  • Ya lo lavé.

  • Sí, pero ahora está lleno de pelusa de papel, la cual penetra en el tejido y lo reseca de manera irreversible. ¡Presta pa’ca, chamaco!

Mano que abre el cierre, mano que extrae el dedo y lo tiende, envuelto como estaba, al extirpador, que había olvidado echar a andar el compresor, mi amigo feo como estaba y detestaba.

  • Serás tonto, chamaco. ¿Cómo se te ocurre?

Sonido de agua que brota del grifo y huye gravitatoriamente hacia las cañerías: de limpio y bebible a desecho maloliente en sólo una caída. El dedo brillaba cuando el extirpador lo hubo salvado.

Amigo: Siente cierto asco por el dedo, habiendo visto el hueso.

Yo: Estupefacción: eso que está allá, ¿es parte de mi cuerpo? ¿Yo soy eso? ¿varios pedazos que pueden separarse y volverse a unir, como si no fueran en realidad yo y los pudiera ver de fuera? Pero lo que soy yo ¿también lo puedo ver desde fuera, como ese dedo?

Reloj:

Afortunadamente, rompe la estática y le recuerda a Yo Quecuenta que tiene sólo una hora y media.

  • Regréseme mi dedo, muchas gracias por haberme prestado una bolsa de plástico, ahora, por favor, extirpe la nariz de mi amigo porque tengo que llegar con el pega-dedos.

  • Guárdalo bien, muchacho menso. Lo de tu amigo toma diez segundos, mira.

Cara que se infla, entre crujidos de cartílago y estiramientos de piel, emulando el sonido de un globo de plástico que está siendo torcido.

  • He ahí a tu amigo, de nuevo. Y tú vas a tener que usar una prótesis por unos días, porque el tabique, a pesar de ser un cartílago, necesita unos días para restablecerse adecuadamente, va incluida en la tarifa.

  • ¿Cuanto va a ser?

  • Quinientas pículas.

  • ¿Quinientas?

  • Es el precio estipulado por el gobierno para este tipo de servicios; cuesta lo mismo que una resina para una muela.

  • Bueno, ya, ¿acepta tarjeta?

  • Claro, pues ¿en qué año cree que estamos? Raro sería que exigiera efectivo y que para entrar en mi establecimiento les pidiera que portaran un chestoberol. Eso sí sería raro.

  • Aquí está la tarjeta.

  • Piensa en tu código, es una red mental segura.

  • Mmm, ¡listo!

  • Deja voy por el recibo al mostrador, y después le llegan porque el tiempo corre. Olvida el charco en el piso, muchacho, yo lo limpio.

  • Gracias (en coro), hasta luego.

  • Espero que no, por tu propio bien, porque una nariz no resiste más de dos infladas,; y no te olvides de usar la prótesis.

Mi amigo no respondió. Salimos y nos agachamos para retomar la marcha. Una cuadra nos separaba, una difícil de atravesar, pero ahí estaba el pega-dedos. En la esquina siguiente, perpendicularmente, atravesaba la calle Girouette, nombre que un ex presidente francófilo, hace más de un siglo, otorgó a la calle que, perfectamente, hubiera podido llamarse “veleta”. Se trata de una calle peatonal donde sólo se puede avanzar en el sentido del viento, el cual no siempre es constante y, cuando el viento no es favorable o inexistente, sólo se puede esperar. Por eso hay tantos cafés y bares en aquella zona.

  • Si la la dirección del viento no es favorable en la esquina, damos la vuelta para agarrarla en el otro sentido – propuso mi amigo, ahora sí, preocupado por el tiempo que me quedaba.

Todo salió bien, llegamos con el pega-dedos. Era un lugar suntuoso, muy distinto al consultorio sencillo que recordaba. Olía ligeramente a alcohol y a yodo, que eran las sustancias habituales en el procedimiento que ahí se practicaba. El lugar había cambiado y lucía un mostrador de madera, liso, limpio, barnizado, brillante. El piso pulido daba su mejor reflejo, y soltaba un perfume ambiental, una lavanda bastante sintética pero agradable. Los sillones de cuero encajaban a la perfección con la pulcritud del lugar. Las dimensiones eran las mismas que las que recordaba.

  • Buenas noches, bienvenidos, dijo una voz femenina, mucho maquillaje y gel, ni fea ni bonita, demasiado amable, en opinión de mi amigo, que me lo dijo con la mirada y nariz nueva. ¿Qué podemos hacer por usted?

  • ¿Es una estética o el local del pega-dedos?

  • Está usted en “Casa Dedo Fénix”.

  • ¿Y pegan dedos o venden pájaros?

  • Lo primero.

  • Pos dele, que ya lleva casi dos horas. ¿Usted los pega?

  • No, yo sólo soy la recepcionista, el señor Calixto los atenderá en cuanto termine una intervención.

  • ¿Y va a tardar mucho?

  • Diez minutos, máximo, ya lleva una hora en el consultorio de pegado. Si gustan, pueden tomar asiento, los invita la mujer sonriendo sin otra razón que una amabilidad incluida en su contrato.

  • No, así estoy bien, me sale un poco de sangre cuando me siento, de hecho, ya le dejé una manchita.

  • No se preocupe, estoy acostumbrada.

  • Oiga, antes, este lugar no era así, lo recuerdo vagamente, pero no era así y no hay muchos pega-dedos en el barrio.

  • Ha habido cambios desde el inicio del sexenio que está en curso. El señor Calixto me ha contado que su mejor época, antes de esta, fue la guerra sucia de los setenta. Amputaciones militares, usted sabe. Ahora, con la nueva guerra contra el narcotráfico, el mercado ha aumentado considerablemente otra vez, el doctor Calixto dice que así son algunos negocios, la Historia los olvida, y después los actualiza, aunque no sé bien qué quiere decir con eso.

  • Ya veo que a todos les toca su tajada menos a mí, se queja de mi amigo.

  • Yo qué le puedo decir, si soy recepcionista. Ah, mire, ahí está el doctor Calixto. Doctor, ¿ya ha terminado? Porque tiene un nuevo clien… paciente.

  • Un momento, por favor, ya casi termino, hágalo pasar a mi consultorio mientras acompaño a la señora Ruiz a la puerta.

  • Pase por aquí, por favor, su amigo tiene que esperar fuera.

Dentro y fuera del consultorio: espera de cinco minutos. Quedan cincuenta, antes de que pasen las tres horas.

  • Buenas noches, disculpe por la espera. Empecemos de inmediato, a qué hora se ha amputado la extremidad…

  • El dedo pulgar del pie izquierdo.

  • Anotado. ¿Entonces, la hora?

  • Hace dos horas.

  • ¿Lo trae con usted?

  • Sí.

  • ¿Me permite, para examinarlo?

Mano que hurga en la misma bolsa, extrae el plástico y lo tiende.

  • Mjum, mjum, sí. Parece que todo está bien, pero tenemos que intervenir de inmediato. Sólo hay una cuestión que no puedo saltarme, para que no haya malentendidos. La intervención es algo costosa.

  • No fue así la última vez que vine con usted. O eso creo.

  • ¿Ya ha venido conmigo?, pregunta con cierto nerviosismo en la voz por tener delante a alguien que conoce su negocio anterior, cuando era feo.

  • Así es y aunque, por alguna razón no recuerdo bien cómo estuvo todo, recuerdo que no fue tan caro. ¿O era dentista antes?

  • Es que eran épocas distintas. No es mi culpa, yo aprovecho la ley que nuestros diputados han aceptado, aumentado los honorarios de este tipo de servicios.

  • Pero la chica me dijo que era más frecuentado ahora. ¿No debería eso disminuir el costo del servicio?

  • Yo no sé de economía, sólo sé que esta es la nueva tarifa, está en el Telediario Oficial de la Federación, en su libro de caras. Está en internet, puede verificarlo, si gusta.

  • No, está bien, le creo. ¿Y cuánto cuesta que te peguen un dedo?

  • Nueve mil setecientas pículas.

  • ¿Qué? Eso es mucho dinero. ¿Cómo puede un servicio aumentar tanto?

  • Le repito que yo no hago las leyes.

  • No tengo tanto dinero, ¿qué se hace en esos casos? No puede dejar que mi dedo se pudra en esa bolsa, doctor. Además, no será debido, este aumento, a que los compatriotas se van a trabajar en negocios sucios, y son ellos quienes más requieren estos servicios. Y como ganan en billetes verdes…

  • La migración tampoco la inventé yo. Y hacerlo gratis… Si eso es lo que pretende pedirme… Este es mi trabajo, muchacho, y el fisco está al tanto de todo trabajo no remunerado que se haga, usted lo sabe, es un delito trabajar sin ser pagado.

  • ¿Entonces no tengo opción?

  • Sin dinero, me temo que sólo hay una.

  • ¿Cuál?, pregunto desesperado.

  • Existe un medicamento que debe ser administrado una vez al año, y que le permite tener la sensación de tener su dedo; se trata de una mini-amnesia y un estimulador de terminaciones nerviosas, al mismo tiempo, que le dará la certeza de que su dedo sigue ahí. Se puede decir que, en cierta manera, usted lo alucinará, tendrá incluso sensaciones de movimiento y apoyo. Cabe destacar que para casos como el suyo, de la pérdida de un solo dedo, la efectividad del medicamento está garantizada.

  • Pero no es lo mismo, tenerlo que no tenerlo.

  • Para su cerebro sí; si toma el medicamento, claro, y para usted también, si comprende lo que quiero decir…

  • ¡Pero no es lo mismo!

  • Usted decide.

  • ¿Cuánto cuestan las pastillas?

  • Quince pículas.

  • Démelas, jamás tendré tanto dinero sin matar a alguien, y póngame un paquete de microamnésicos portrauma, y antes de tomar la píldora del olvido, déjeme decirle que es usted un hijo de puta.

  • No esos son los políticos.

  • Y usted de paso.

El ambiente fue glacial los últimos segundos de la consulta.

  • Ahí le dejo el dedo, cómaselo o haga una reliquia, yo sí le hubiera pegado el dedo si nuestros lugares fueran inversos, dije y me tomé las dos primeras píldoras y salí con mi amigo de vuelta a casa.

    Hacía un viento fuerte y Girouette nos dejó en un santiamén en nuestra calle, al llegar, las pastillas habían hecho efecto y ya no sé que les acabo de contar, pero por alguna razón mi dedo pulgar del pie me parece distinto y tropiezo más que antes, pero mi amigo siempre me ayuda a levantarme, sin chistarm le agarrado hasta gusto

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