La casa al revés y un instrumento mudo

dsc0043

Érase una vez una casa que empezaba al revés. Sobre todo en Europa, donde las casas suelen tener graneros, y que han guardado hasta el nombre desde entonces. Donde yo nací, los tejados casi no existen y son sólo planos, y algunas personas ponen a sus perros en la azotea, para que les cuiden la casa desde lo alto. Se han hecho asociaciones contra esta última práctica, pero, igual que con la corrupción, todavía no lo logramos. Entonces se trata de una casa que comienza por lo que se guarda normalmente en el granero, para que los habitantes y las visitas no se tengan que enfrentar a su pasado y a su desorden todos los días al salir o entrar de la morada. Porque así era. El granero estaba justo al frente de la puerta. Apenas abría uno la cerradura y estaba ahí, todo lo que no se usa o que se ha dejado de lado, como diciendo : « No me olvides ». No sólo estaba en la entrada, sino también abajo, porque el granero está al cabo de las escaleras que llevan al primer piso, donde está el departamento que parece una casa visto de fuera y cuya primera planta son las oficinas y depósito del dueño.

En realidad nadie nos dijo que aquel sitio era un depósito, pero dado que al verdadero granero no tienen acceso más que las palomas y los gatos, nos pareció lo más lógico. Más de veinte personas habían vivido en esta casa en diez años y cada una había dejado un par de cosas. Las mudanzas son así. Se puede preparar todo con detalle, según su propia personalidad, pero raros son los casos en que se lleva uno todo, lo que se dice todo o que no se rompe en el camino entre los puntos a y b del trayecto.

Este año pasamos por primera vez de cuatro, cinco o seis habitantes a tres. Durante el proceso de sustracción del último habitante que partió, que era Maeva, sus cosas las almacenamos en el granero, o lo que hace las veces de granero, lo cual multiplicó por tres las maletas y cajas habitualmente concentradas en aquel lugar. Para recuperar cualquier objeto era necesario escalar por encima de las cosas, esperando que no hubiera nada frágil y que la maleta, bolsa o caja donde se creía estaba el objeto buscado, la contiviera realmente. El espacio es de unos quince metros cuadrados, con uno o dos metros cuadrados hacia arriba, repleto de cosas que suponíamos tenían un dueño determinado.

Una tarde, nos dimos cuenta que era exactamente como con las toallas de la sala de baño: había una docena y cuando al cabo de los años nos pusimos con detalle a ver de quién era cada una, sobraban dos tercios que nadie había descolgado en años, suponiendo que eran de alguno de los que ahí vivíamos. No íbamos a molestar a nadie por una toalla olvidada, así que acabamos por descolgarlas un domingo soleado, las lavamos y las almacenamos para las visitas. Faltan algunas cosas en esta casa, pero toallas no. Con el granero, nos hicimos la misma pregunta antes de que Maeva viniera a buscar sus cosas. Fui yo quién bajó sus maletas, cajas y bolsas para que el nuevo pudiera ocupar el cuarto, así que al menos un tercio de las cosas tenía dueño determinado. ¿Pero el resto? Aquella tarde no fue de clasificación y selección de lo útil o lo valioso, sino de descubrimiento. Cada cuál tenía cosas de las cuales había olvidado no sólo el contenido, sino también el contenedor. Lo cual prueba que al cabo del tiempo y con la rutina, los objetos que se vuelven parte del paisaje personal, uno los ve sin verlos, como los árboles de la calle donde se vive o el peinado del panadero de la esquina o del tendero.

Hacía varios años que hablábamos de optimizar aquel espacio con una sola idea: poder invitar a casa a nuestros padres y madres sin sentir vergüenza ni saber que estarían pensando “mi hijo sigue siendo un jipi”, aunque no lo dijeran. La verdad es que yo la tenía más fácil al respecto, ya que salvo uno de mis hermanos, nadie había puesto los pies en Europa en los once años que llevo viviendo de este lado de Atlántico, pero la idea me parecía una buena directriz moral para el acomodo de aquel espacio y porque esperaba que algún día vinieran de verdad.

Aceptamos primeramente que no sería una labor de una jornada, no tanto por la cantidad de objetos, sino porque no se trataba solamente de desplazarlos, sino, primeramente, de reducir su cantidad encontrando a los probables dueños, contactándolos, dando citas para que recogieran sus últimas pertenencias y cuándo ya hubiera unicamente los objetos de los que aquí vivimos. Para ello había que esperar a que Maeva y LM, los dos últimos inquilinos, encontraran casa, pero podíamos empezar con el resto: que cada quién seleccionara lo que quería guardar y tirara o regalara el resto.

Fue durante esta etapa que un nuevo olvido se manifestó masivamente. En la parte trasera del granero, bajo una guitarra, dos bocinas, tres cajas y una serie de maletas estaba el órgano-sinetizador eléctrico de madera, con sus dos metros cúbicos de música potencial que nunca habíamos utilizado más que para poner cosas sobre él, ante la imposibilidad de cambiarlo de lugar cuando alguien tuvo la intención, ya que pesaba más de trescientos kilos y lo habíamos puesto ahí entre seis personas, esperando el mes que el padre de Mateo, un antiguo inquilino y aún amigo, alias “la marmota”, viniera a buscarlo cuando encontrara una casa para vivir. La marmota se fue sin decir “luego vengo por él” o “luego van a venir por él” y como para entonces ya lo habíamos cubierto de objetos, se sumó fácilmente a la naturaleza de aquel espacio, aún más estando camuflado por ellos.

Viviendo en una casa donde siempre ha habido músicos parece increíble que nunca lo hayamos usado, pero hay un elemento que determinó está posición. Dado que el padre de Mateo había prometido volver en un par de semanas, nunca nos pasó por la mente. Fue cuando Mateo se fue y que a pesar de nuestro recordatorio de pasar por “la cosita”, nunca vino, que acabó volviéndose nuestro con su autorización. Mateo es un gran amigo, pero dado el carácter dormilón y la calma que lo caracterizan y que le valieron aquel mote, supongo que nos lo cedió más por no tener que ocuparse del asunto que por darnos gusto o por considerarlo justo al cabo de los cuatro años que llevaba aquí. La transacción fue por teléfono. El órgano cambió de dueños, pero no de lugar.

Hacía ya varios años que Kenji y yo esperábamos algún cambio que nos permitiera tener más espacio. Decidimos reducir el número de locatarios cuando Maeva se fue y deshicimos la recámara que construímos con los primeros inquilinos, para transformar la sala en cuarto habitable y poder tener cuatro espacios personales en vez de tres. Lo cuál obviamente reducía el alquiler y nos daba la posibilidad a mi antigua pareja y a mí, de tener un espacio al cabo de tres meses de búsqueda en esta ciudad voráz que es París y sus suburbios, más aún como extranjeros. Esta vez, el proceso fue inverso, le devolvimos su función inicial a un espacio. Querer tener una casa con sala, nos parecía vanidoso al inicio, después nos dijimos que a los treinta y tantos y después de haberla sufrido mucho, no era tan grave. Después de todo seguíamos viviendo en el mismo barrio de inmigrantes, La Courneuve, y no nos estábamos mudando al barrio dieciseis de París. Por una parte porque no nos alcanzaría, pero más que nada porque no nos interesaría aunque estuviera en nuestras posibilidades.

Antes de que Jim llegara para esta nueva etapa de a tres, Kenji y yo habíamos hecho planes para deshacernos del órgano. La primera fue llamar a Mateo, con el resultado que conocemos. A veces es mejor no hacer ciertas preguntas, porque llamas para liberarte de algo que no te pertenece y acaba siendo tuyo aunque no lo quisieras. Insistimos cada cual por su parte, pero nos acabamos dando cuenta que llegamos al límite de nuestro amigo y que sólo había dos opciones: enojarse con él por lo irresponsable que podía ser, o aceptar que él así era, dejando órganos a su paso, y resolverlo de otra manera. Ambos optamos por la segunda, y el órgano seguía ahí, sin moverse ni un centímetro. Era de esperarse, un órgano no se puede desplazar con un teléfono, aunque sea un smartphone.

Puesto que nuestros horarios coinciden raramente, decidimos que cada uno intentaría encontrar una solución, la pondría en marcha y que luego veríamos los resultados. Él propuso poner un anuncio en internet, habiendo probado previamente que todavía funcionaba. Pero olvidó el resto del plan. Yo pensé en dejarselo al Español que tenía un bazar de objetos de segunda mano a unos cien metros de la casa. Rumié la idea durante un año y cuando al final me decidí a preguntarle si le interesaba, una tarde que lo crucé por el barrio, me dijo que hubiera sido con mucho gusto, pero que hacía dos meses que se había retirado y que el local lo iba a rentar a un florista. Maldita costumbre, a la vez necesaria, de pensar que las cosas que estaban ahí antes de nosotros y que hemos vemos todos los días desde que se llega a algún lugar, van a estar siempre ahí. Le desee buena suerte y regresé a la casa sin plan.

Unos meses después pensé en dárselo a la iglesia que está aún más cerca que el bazar. Mi espíritu anticlerical me impidió durante unos meses pasar de la idea al acto, pero el deseo de que ese órgano desapareciera fue más fuerte y me decidí a ir a hablar con el cura. En la iglesia Saint Yves que parece sacada con grúa de los países bajos, por su arquitectura y su tabique rojo, varias comunidades que parecen sacadas de un catálogo colonial festejan su fe católica: hindús, antillanos, negros, eslavos y lo que quedan de las comunidades española, portuguesa e italiana que llegaron a este barrio desde la posguerra, por oleadas periódicas. Pensé que de algo les serviría con todo el circo que arman los domingos y que termina inevitablemente con las campanas de mediodía que duran entre cinco y ocho minutos, y que repican entre las doce dos y las doce nueve, por razones que nunca comprenderé.

Una tarde después del trabajo decidí pasar primero a la Iglesia. Entré en el recinto, dos personas rezaban, otra más encendía una vela para una virgen. Llegué al fondo donde está la puerta de la sacristía, toqué, pero nadie abrió. Había un teléfono en la misma hoja donde se anunciaban los horarios dentro de los cuales iba, pero no servía de nada detenerse en esos detalles, después de todo era la primera vez que iba a buscar al cura o alguien que trabajara ahí. Llamé, nadie respondió y dejé un mensaje con mi teléfono y nombre y la propuesta de regalar un instrumento musical. No recibí respuesta y aquel plan se diluyó con los días, las semanas, el tiempo; igual que había pasado con el órgano antes de descubrirlo debajo de las cosas del granero, que ya no deberíamos llamar así, pero que hacemos por el gusto de usar la palabra, siendo “depósito”, demasiado general, y “bodega”, inapropiado también, y ¿para qué cambiar una palabra inapropiada por otra menos agradable? Cuestión de gusto.

Fue Jim quien acabó dando un giro al destino del órgano cuando en mis opciones ya sólo estaba agarrar un hacha y reducirlo a pedazos fáciles de transportar. Pensé incluso en hacer una lámpara con las teclas y una fogata con el resto. Le pareció una falta de respeto para la nobleza de todo instrumento musical. Kenji y yo estábamos de acuerdo, pero también estábamos hartos de su inmobilidad y de las maletas y las cajas amontonadas como en un campamento ilegal. Ámbos habíamos salido de casa antes de la mayoría de edad y siempre habíamos vivido en casas compartidas, donde el espacio se optimiza para que haya la mayor cantidad de gente posible y el alquiler sea más bajo. A los treinta y algo, no teníamos ni novia, ni hijos y Jim estaba en el mismo caso, aunque con algunos años menos. Así que decidimos tener una sala, algo que se acercara cada vez más a una casa. Así nació la sala y el espacio para el órgano. En vez de cruzar la puerta, acabó subiendo las escaleras con la ayuda de seis humanos que formaron por unos minutos un animal peculiar, evitando el hacha, el fuego y el pertenecer al clero, aunque la música siga siendo música, la preferimos así, sin dios y por el puro amor a la vida.

Al sacarlo de su estado estático y de su música potencial, descubrimos otra cosa olvidada detrás del órgano: una puerta. Kenji y yo alzamos los ojos, supongo que cada uno buscaba algún recuerdo de haberla abierto. Dado que Jim estaba al origen de aquel plan que con respecto a los nuestros, a pesar de las buenas intenciones, no habían cuajado, decidimos que le tocaba a él abrirla. “¿Y si tiene llave?”, preguntó. “Pues no se abre”, concluímos. Pero si se abrió y lo que encontramos parecía el inicio de un cuento laberíntico y matemático, como le gustan a Borges, pues el espacio que encerraba era de un metro cuadrado con dos puertas más adyacentes a la que abrió y un muro blanco al frente. Sabíamos que aquel espacio debía llevar a las oficinas del dueño o hacia el zótano que cubría toda la superficie de la casa y donde almacenada el material para su oficio en la construcción, manutención y restauración de bienes inmobiliarios. Pero claro, teníamos que intentar abrirlas, sin éxito. Aquellas dos sí tenían la chapa cerrada. La aventura se terminaba ahí, en aquel espacio vacío al cual se podía acceder gracias a las estanterías cubiertas con cortinas a lo largo del muro que nos permitían llegar hasta la puerta que no daba hacia ninguna parte, pero que contenía un agradable vacío, después de tantos años de vidas que llegaron y se fueron de la casa, dejando parte de su pasado que se fue aglomerando y amontonando junto con el nuestro en el granero.

__________________________________________

Nicola Cruz,  La cumbia del olvido, 2015

Laisser un commentaire

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l'aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion /  Changer )

Photo Google+

Vous commentez à l'aide de votre compte Google+. Déconnexion /  Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l'aide de votre compte Twitter. Déconnexion /  Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l'aide de votre compte Facebook. Déconnexion /  Changer )

w

Connexion à %s