Volado de vagón

Regresaba del trabajo un lunes, como siempre de norte a sur y de sur a norte. Entre las estaciones Fort d’Aubervilliers y La Courneuve, en el suburbio norte, la lectura fue inevitablemente atraída por una moneda que rodaba en dirección opuesta a la del metro. Se ven muchas cosas en el metro, pero monedas paseándose solas, no lo creo, y menos rodando; Iba de espaldas al sentido de la marcha, así que la vi en el sentido en el que avanzaba hasta que acabó por estrellarse contra el zapato de una mujer vestida de negro, unos sesenta años, cabello negro azabache, quizás de orígen magrebí o de otra zona de la costa mediterránea, que es vasta. Me miró directamente y después crucé la mirada del hombre que iba al lado de ella, medio adormilado, arqueó incluso las cejas y me sonrió. Volví a ver a la señora. Un tesoro apareció en una ciudad que generalmente te arranca pedazos, sobre todo si vienes de otra parte. Nos hicimos gestos para preguntarnos sobre el origen de la moneda de cincuenta centavos, con una sonrisa, pero si ella no había visto de dónde había venido, yo menos, puesto que estaba de frente a ella.

Volteamos a ver a su vecino de asiento quien a pesar de haberse incorporado, tampoco sabía de dónde había venido, puesto que alzaba ambas palmas hacia el techo y encogió los hombros. Antes de que entrara dentro de nuestro campo visual que apuntaba hacia el suelo, no habíamos puesto mayor atención. Es normal, cuando se hace el mismo trayecto miles de veces, uno presta más atención a lo que desencaja o a lo que puede ser peligroso. Lo demás, puede ser dejado de lado para hacer de aquel tiempo subterráneo un momento propio en el que se pueden hacer cosas o sólo perder el tiempo, como en el espacio personal.

Por eso nos cayó de sorpresa. Miramos hacia el fondo del vagón para verificar si alguien ponía una cara de acabo de perder cincuenta centavos. Eso ya es media baguette, y llegando hacia un barrio de inmigrantes, como iba a pasar unos segundo después, de final de linea de metro, más de uno sabe que a lo mejor es la única modena de alguien. No sé si cada uno de acordó de sus cicatrices de inmigrante, pero todos parecíamos tener ganas de devolver aquello que no nos pertenecía, incluso si el volado de la vida le tocó a la señora en aquella ocasión, pero parecía estar satisfecha con su sonrisa y tenía toda la intención de devolverla a su propietario. Eso decía su cara que nos cuestionaba sin palabras, para ver qué habíamos visto y a quién había que remitirla. Todo esto nos los comunicó con un rostro luminoso, justo el de alguien a quien le ha tocado un regalo inesperado. Ni el señor ni yo sabíamos más que ella. Y volvimos a reír.

Durante cinco segundos nadie se manifestó y aquellos instantes nos permitieron compartir un enigma, cada cual con la casualidad a flor de piel y un secreto a la vez, nadie dijo nada, pero los tres estábamos de acuerdo en que no sabíamos la respuesta, que no era nuestra, que la habíamos visto desfilar sobre el suelo gris plastificado de aquel vagón de los años ochenta, que nos parecía gracioso, que la suerte le había tocado a ella, y aquella sonrisa en su rostro compartida con dos desconocidos le quitaba treinta años, y más, quizás hasta las cosas simples de la infancia, y a nosotros también.

Un adolescente chino acabó por poner aquella cara que esperábamos. Estaba contento por no haber perdido sus cincuenta centavos. No debía tener más once años y hay que acordarse cuando eran unos centavos cuando se tenía esa edad y puesto que en aquel momento eramos unos niños, nos pusimos contentos como él. Eso también lo comprendimos con una última sonrisa, antes de despedirnos, como antes, sin decir nada y habiéndo encontrado al propietario.

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