El loco en la calecita de la Courneuve

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Cyriac, cirrus, 2013

Un romance de estación

le hizo perder la cabeza

[…] Nunca tuvo un buen hogar,

no fue padre ni fue hijo.

[…] Dios es una máquina de humo

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Juan Carlos Baglietto, un loco en la calecita, 1983

La Courneuve no tiene puerto, pero muchos barcos llegan y hay un sinnúmero de naufragios. El loco en la calecita es negro, pero podría haber sido de cualquier parte del planeta, dado el barrio en el que vive. No se sabe si llegó o si nació aquí. Habla poco y el acento es lo único que traiciona a los habitantes de la Seine Saint Denis, por lo demás, trabajan tanto y más que un francés y no se quedarían entre ellos si los demás no les cerraran las puertas con discursos bobo sobre la diversidad cosmopolita y después se juntan entre ellos. Pero él no, no se sabe.

Su carrusel, su calecita, es la ciudad y es su cabeza.

A veces se le puede ver en el metro, se reconoce su surco cuando va por los andamios del metro. Discute con un enemigo, lo insulta, lo agrede. El problema es que está en ahí arriba y que el enemigo puede ser cualquier persona. Es mejor no cruzarlo cuando la calecita arrancó. El mareo es contagioso y su ira interminable, calecita-torbellino.

En una reciente ocasión se le vio en el supermercado, al incio del ciclo cotidiano, sin calecita, por las nueve, cuando acababan de abrir, saludando a todos con un bonjour tan breve que nadie sabe de dónde viene, y menos hacia dónde va, pero sí lo que quiere. Lo vieron tomándole la temperatura a las latas de cerveza con el dorso de la mano para ver cuál estaba más fresca. Era el invierno y las puertas automáticas de la entrada tienen la ventaja de dejar pasar el frío, para su fortuna.

Aquella vez, además de ser temprano y un día soleado invernal como hay pocos en Île-de-France, la calecita estaba en su caja. Se le vio tranquilo, como cualquier persona que piensa en ir a hacer sus compras por la mañana para evitar las filas, los empujones, la evidencia de la sociedad de consumo bajo los reflectores blancos rodeado de gente. No era una calecita, era una barca en un río tranquilo, aquella en la que navegaba esa mañana. Las chelas estaban en su punto y la calecita en su caja, en su cajón, en su cajita. Así lo vieron aquellas personas que se preguntan todos los días al verlo llegar al súper, cómo puede seguir vivo y en libertad, cómo puede no haber muerto o matado a alguien. Y otra vuelta de calecita.

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