Llaves

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Seth, 2013

Cuando me dieron las llaves del primer hotel parisino en el que trabajé, me preguntaba si esas ganas de tocar a todas las puertas para vivir en otro país se terminaba ahí: con todas las llaves de un hotel completo que dejaban bajo mi responsabilidad por la noche. Al mismo tiempo, me decía que eso me pasaba por andar de curioso en Francia. Hubiera preferido rechazarlas, pero necesitaba la lana y de paso aproveché para probar las llaves que me parecían en desuso, para pasar el tiempo, las noches en vilo son largas y si uno no se mueve los demonios se instalan.

Cuando pasé a la secundaria, me dieron las llaves de la casa para que pudiera volver después, mientras mis padres llegaban del trabajom con mi hermana en brazos. Aquellas llaves abrirían la primera experiencia de la soledad en un espacio propio : entre la salida a mediodía y las tres de la tarde que es la hora para lo cuál lo único que tenía que hacer por la familia era comprar el kilo de tortillas cotidiano al lado de la escuela, llegar a la casa, quitarle el papel, cambiarlo por una servilleta y depositarlas en el tortillero térmico para que no se enfriaran. Por lo demás, aquel espacio y tiempo me pertenecían y durante aquella etapa no daba muchos problemas, así que nadie me pedía que rindiera cuentas sobre lo que hacía desde que tenía aquellas primeras llaves: aprender a estar solo y disfrutarlo.

Aquellas mismas llaves, con la que se agregó con los años a causa de los robos en la unidad habitacional, una chapa más, fueron las que mis padres me pidieron de vuelta porque no respetaba ninguna regla de la casa. Era cierto, me lo merecía. Quería vivir solo pero a los quince años es difícil explicar algo así y que sea aceptado en casa. De tal manera que hice todo para que me corrieran con méritos y lo logré, pero le aposté a la beca de comida y un poco de efectivo, y al final los padres siempre me ayudaron, aunque estuvieron enojados muchos años. Qué tonto puede ser uno a esa edad, uno no se da cuenta del dolor que puede provocar, la preocupación de los padres, pero algunas cosas se aprenden a punta de golpes, que el fuego quema, pero que también puedes quemar tú a alguien.

Devolví las llaves y por un año no tuve llaves propias. Nos las compartíamos con Jovane, mi hermano no biológico, quien me ofreció una primera morada y una cama que estaba dispuesto a compartir conmigo aunque fuera de una sola plaza. A los dieciseis años eso son detalles ínfimos. Pero no sólo nosotros teníamos llaves de aquel cuarto en una residencia estudiantil que contaba con diez edificios en los cuales vivivían estudiantes venidos de todos los rincones de México para estudiar la agronomía, Chapingo.

Las otras llaves las tenían otros dos chicos del sur. Éramos cuatro para tres camas cuando todas la llaves estaban en el recinto. Teníamos entre quince y veinte años. Aquella universidad recibe a becarios de muy bajos recursos y por eso les da llaves tan pronto, para que puedan pensar en estudiar. Es una suerte que aún exista porque a más de uno nos salvó la vida y nos preparo al mundo con esas llaves y su educación, que es otra llave.

Casi un año después, dejé de cambiar de cama todas noches con un colega diferente y tuve un cuarto con llaves sólo para mí. No duró mucho y de ahí empezaron ocho años de llaves nuevas cada seis meses en promedio.

Las primeras llaves de hotel que me dieron viajando solo, fue por un viaje de estudios, a los quince años. Era la primera vez que alguien me daba un cuarto a cambio de dinero sin que fueran mis padres quienes pagaran y se registraran. Me sentí grande por primera vez y le agarré gusto a los hoteles y sus llaves, hasta que tuve que trabajar en uno.

La primera vez que una chica mayor que yo dio las llaves de su casa, me acabé enamorando, y me di cuenta que hay llaves que hay que devolver pronto o no la cuentas, que no toda llave abre una puerta de oro.

Cuando empecé a trabajar en las escuelas, las llaves se multiplicaron, no me las daban todas como en el hotel, porque no trabajaba solo. El que las tiene todas, es el conserje y su chamba es ocuparse de distribuirlas o ir él o ella misma a abrir la puerta con las llaves que no tiene derecho de prestar bajo ninguna circunstancia.

Trabajé en casi treinta scundarias y preparatorias de París, antes de tener derecho a un tiempo completo. Cuando se es inmigrante las mejores llaves tardan más porque se llegó tarde a la fila. Mientras tanto, tuve muchas llaves a diestra y siniestra y siempre me parecía especial el día en que te dan las llaves, para que no tengas que tocar cada vez que quieras entrar, ya que vas a ir seguido.

En varias ocasiones a los largo de los últimos diez años tuve entre tres y cinco trabajos a la vez, medios tiempos, cuartos, octavos y hasta dieciseisavos. Alguna vez tuve veinte llaves al mismo tiempo y me preguntaba cómo era que me tenían tanta confianza. Después me respondía que cuando las cosas se ponen duras, hay que pedir llaves en todas la puertas que puedan sacarte del hoyo y, por hambre o por miedo al hambre, uno puede ser muy convincente.

Por aquel entonces tenía un llavero gordo y cada vez que caminaba iba cascabelando por la ciudad. La primera vez que vi a un percusionista alternar palmadas y golpes sobre su pierna y sobre su bolsillo, sacando el brillo metálico de las monedas y llaves, me sentí afortunado de llevar siempre una percusión de llave conmigo.

Uno no se aprende las llaves de la misma manera cuando sólo se las utiliza por un periodo corto. Cuando se repiten las cerraduras, el movimiento se vuelve automático y algunas llaves se pueden elegir incluso a ciegas, metiendo sólo la mano al bolsillo, sintiendo su contorno que se a tocado en innumerables ocasiones.

Hubieron llaves que di, otras que me dieron para entrar en la casa de los amores. Pero la primera vez que pedí unas llaves con alguien más sabía que iba a ser por un largo rato. Así fue, y pedimos llaves en dos Países y tres ciudades, hasta que uno de los dos las devolvió o se fue con una llave rota a posta. Porque hay cerraduras que sólo se pueden dejar tranquilas así, con la certeza de que no se podrá volver a abrir, aunque se vuelva frente a ella, porque si no nunca se va a cerrar la puerta.

Hay llaves que quieres, otras que no quieres y otras que llegan sin que las pidas y algunas que ya no esperabas, acaban por llegar a tu mano.

Las primeras llaves que me dieron en un el extranjero tuvieron un sabor especial y el viaje empezó mucho antes de abrir la puerta con ellas. Tenía diecisiete años y demasiada energía. Después de las clases, la tarea y el entrenamiento de atletismo, me iba por la noche con mi llave a un laboratorio para intentar fabricar un queso sin leche y sin grasa animal. La idea venía de mi profesora de química y por aquel tiempo me parecía increíble.

El prototipo inscribimos a una exposición de ciencias para bachillerato. Envié el sobre con el formulario de inscripción y el primer proyecto científico que redactaba seriamente en mi vida con la pedagogía invaluable de la doctora Consuelo Lobato. Lo aceptaron, pero tenía que presentarlo en Tijuana, a casi tres mil kilómetros de distancia. Las llaves del motel que me dieron cuando llegué, me bastaban, era lo más lejos que había llegado desde que no vivía con la familia.

Al final, resultó ser un concurso, yo ni interado estaba, contento de hablarles de mi queso a los que se dejaran, como un científico que aspiraba a ser. Gané una de las tres plazas para hacer lo mismo en California unas semanas después y todo era pagado por una empresa de comunicaciones: avión, hospedaje, comida y viáticos. Pero para que me dieran esas llaves necesitaba que mi madre firmara la autorización para que saliera del extranjero solo, seguía siendo menor después de todo. Afortunadamente aceptó, aunque estaba aún enojada conmigo, y me ayudó con el trámite de la visa. Dos meses después me daban la llave de un cuarto en el hotel más lujoso de la Sillicon Valley.

Las llaves del laboratorio las tuve por cuatro años, durante el último trabajaba por las noches en la preparación de una bebida a base de café con pulpas naturales de fruta. La doctora compró todos los ingredientes necesarios y los aparatos estaban a disposición, como diciendo, ¡date! Como desde que la conocí. Uno tiene varios padres y varias madres, supongo. Pasé noches en vilo, solo, mezclando los difrentes sabores, probando recetas, mejorándolas. Esas llaves fueron muy divertidas y las dejé cuando me fui a Francia a pedir las que segurían.

Las mejores llaves que me han dado en toda la vida son las de la escuela que llegó literalmente del cielo, un prefabricado, para crear una escuela desde cero, apenas hubo aterrizado, con una grua del tamaño de un edificio, en el centro para refugiados de Ivry-sur-Seine, donde tanton naúfragos encuentran un primer punto de reposo después de sus travesías tristes y sin llaves.

Ayer no encontré llas llaves, ni el doble, y aún no sé dónde están, y por eso me quedé a escribir este texto, esperando que aparezcan antes de que se acabe la comida o de que tenga que ir al trabajo, si no, habrá que prescindir de ellas, como en otras ocasiones, con las consecuencias que cada cual atañe a su propia personalidad.

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