La sal no sala, el azúcar no endulza y algunas ratas

La sal no sala y el azúcar no endulza

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Charly García, 1994

 

La llegada de Misósofos a la Courneuve coincidió con varios eventos. Primero, con la crisis española que lo concernía directamente y que fue el motor mismo de su migración. Segundo, con el final de la relación con mi ex novia con quien viví durante seis años y con quien compartía aún el cuarto y la cama. Tercero, con la llegada del verano. Cuarto, con la visita de los padres de la susodicha que veían a pasear por primera vez a Europa y a ayudarle al mismo tiempo a llevarse todas las cosas que podía pagar y que le autorizaban en un avión. Y quinto, con la excavación para poner los cimientos de un nuevo edificio al otro lado de la calle donde antes hubo un campo de gitanos durante tres años.
En la Courneuve, todos los vecinos llegaron de horizontes múltiples y aterrizan, desembarcan, naufragan o encallan en este barrio que ha recibido inmigrantes desde los años veinte del siglo pasado, primero italianos y portugueses, luego las migraciones de las antiguas colonias, y al final aquellas sin vínculo histórico con Francia, pero buscando lo mismo que todos los que llegan o se fueron de aquí: un primer lugar donde vivir para comenzar de nuevo, desde cero.
La verdad hubiera preferido sólo tener que ocuparme del final de la relación y de nada más. Nos habíamos inventado un infierno de un año con tantos reveses que estaba harto de todo, para empezar de mí mismo, y luego de ella y, claro, del nosotros que partiría al mismo tiempo que el avión despegara.
Sin embargo, sus padres llegarían y por tratarse de personas muy queridas y que me ayudaron en incontables ocasiones, hicimos de tripas corazón y la casa se llenó de extranjeros una vez más. Además, todos eran muy respetuosos con nuestro infierno y nos dejaban quemarnos sin quemarlos a ellos que ya era suficiente, sin hacer ningún comentario al respecto. Afortunadamente no eran los padres latinoamericanos promedio y no vendrían sino hasta un par de días después a la casa.
Las que llegaron antes fueron las ratas, con la excavación, o mejor dicho, ya estaban aquí. Supongo que algo salió mal, o bien, no se puede desalojar a cientos de gitanos y además evitar que las ratas de la cañería se muden de manera discreta. El resultado fue el mismo y una migración masiva de comenzó en dirección del metro. Durante más de un mes se las veía pasar a cualquier hora del día, siempre en grupo, hacia un nuevo agujero que nunca pude definir geográficamente, pero que su determinación masiva me permitió saber que era hacia donde se pone el sol.
Algunas cosas son difíciles de explicar, todavía más si es a tu suegra preferida a quien se quiere probar que no habíamos vivido en una pocilga durante los cuatro años que habíamos estado en Francia y que nuestras condiciones de vida no tenían nada que ver con nuestra separación y, más que nada, que las ratas no habían sido tan numerosas durante esos años.
Misósofos había deschecho la maleta unas semanas antes y se encontraba ya en la tortuosa búsqueda de trabajo que es aquella de todo extranjero que debe llegar a aprender cómo funcionan la cultura, los horarios y el medio laboral de un país distinto al que nació, y cuya lengua no se domina nada o no completamente y mucho menos como un nativo.
En cierta manera había caído en blandito a pesar de llegar sólo con sus ahorros: tenía ya un alojamiento a casi la mitad del precio de un estudio parisino. Una morada es lo más difícil de encontrar en esta ciudad, intra o extra muros, es decir en París mismo o en cualquiera de sus suburbios donde viven dos tercios de la población que la componen.
Por otra parte, era europeo, lo cual constituye una barrera menos en el ya de por sí laberíntico esfuerzo de emigrar. Bastaba con que lograra encontrar un trabajo donde quisieran un esclavo, que son los más fáciles de obtener, dar sus papeles y comenzar a darle. No debería ser así, pero hay muchos no europeos que hubieran querido estar en su situación. Yo incluído.
Sin embargo, es comprensible que aquellas cosas que ya estaban a su alcance no borraran la angustia de no saber se va a lograr completar el resto y por eso deambulaba consternado por la casa hablando solo. Cada quién con su infierno personal, que es siempre verdadero para el que lo vive, como los sueños, pero cuando te va muy mal.
Como andábamos en las mismas nadie tenía que reprocharle al otro el mal humor o los humores volátiles, las rabietas, las tristezas, los berrinches, la desesperanza general y el azar que cada horizonte presentaba para cada quién al amanecer.
Pocas semanas después, al final de un paseo por París que cubrió los primeros sitios emblemáticos, regresamos a la casa. Ellos se alojaban por el momento en un hotel en alguna parte que no puedo recordar, Mi ex novia quería mostrarles el lugar donde había vivido los tres últimos años y que sólo había podido intentar describirles por video llamada.
Yo le había preguntado si aquella le parecía una buena idea dado el estado del barrio con sus ratas paseándose en pleno día como si fueran palomas, a las cuales no dudaban en intentar cazar, marcando definitavemente su territorio.
Por aquella época no tenía ni voz ni voto entre nosotros, así que mi consejo pasó igual que un grito en el desierto cuando se está solo.
Apenas salimos del metro, unas ratas pasaron por las vías, otras daban la vuelta en la esquina, otras parecían dudar sobre el itinerario a tomar y se mantenían en grupo a unos metros de donde pasamos. Mi suegra, sin dejar sentir su franco desencanto, apretó el paso. Mi suegro parecía más divertido esquivando a aquellos mamíferos que nos han seguido a todas partes.
Para cuando estábamos a menos de cincuenta metros, otro grupo venía en dirección opuesta a la nuestra y parecía decidido a no cambiar de banqueta.
Para cuando estabamos frente a la casa el paso de mi suegra se había vuelto un trote. Otro grupo más nos miró desde la esquina antes de atravezar civilizadamente por el paso peatonal. La calle era suya. Cuando estaba buscando en mi bolsillo las llaves, con poca suerte, para su prisa, comenzó a dar pisotones sobre el pavimento para que las ratas se alejaran, no nos estaban atacando, pero su temor tampoco era infundado.
Entramos y ella soltó un suspiro de alivio. Después me sonrió para cerrar el tema y no se habló más del asunto. El padre parecía más contento que cuando salimos del metro, el evento parecía sumarse a alguna naturalidad que en aquel momento estaba lejos de mis posibilidades.
Me dio gusto por él, porque se lo merecía, estaba de viaje, en otro continente, con su esposa, después de trabajar más de lo que yo lo haré en toda mi vida, como mi padre, visitando a su hija y con un avión programado para ir a Roma. Las ratas no parecían incomodarle en lo absoluto. Me dio un cierto alivio, pero también vergüenza con la suegra.
Mi ex novia acabó tomando el avión tan esperado y temido y comenzamos cada cual su vida. Cada uno se comió su parte del pastel ni salado ni dulce, sin telenovelas, lo cual nos valió vernos unos años después y volvernos amigos para toda la vida.
Sólo entonces tuve tiempo de acordarme de la pregunta de Misósofos cuando íbamos por primera vez del metro hacia la que sería su morada también: “¿Estás seguro que estamos en el barrio correcto? Porque hasta las ratas se van de aquí”.
Me quedé diez años y contando para averiguarlo.

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