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El final del año escolar se aproximaba y los trayectos cotidianos atravezando la ciudad de norte a sur comenzaban a picar, a dilatarse con el verano. Una amiga me ofreció dejarme su estudio en el centro de París mientras se iba de vacaciones a algún lugar tropical para que pudiera ahorrarme la mitad del trayecto e ir al trabajo en bicicleta, lo cual desde mi suburbio norte no es imposible, pero como es un departamento y barrio de pobres, no les importa mucho acondicionar pistas como es el caso dentro de París o en otros suburbios ricos y el trayecto es peligroso hasta llegar a París. Prefiero arriesgar el pellejo por otras causas.

La verdad me venía bien para una de las últimas semanas, un pequeño cambio en la rutina que pule un poco las aristas desgastadas cuando se está en el punto en que se tiene que hacer de tripas corazón. Una de esas noches bajé a comprar lo que me faltaba para la cena al supermercado al pie del edificio, al lado de rue de Rivoli. Elegí lo que necesitaba y me fui a hacer fila.

La chica que estaba frente a mí colocó sus compras sobre la banda transportadora de la caja. Tenía unos veinticinco años, era rubia, tenía un rostro de “nunca he roto un plato », francesa porque la escuché hablar brevemente con la cajera al pagar; Sus compras eran un champiñón y una pasta de dientes. En mi barrio de inmigrantes, como en México, la gente compra por kilo o más. Se me había olvidado que París es otro cuento en los detalles, aunque nos una el metro.

Se disculpó un poco con la cajera porque no sabía si podía comprar sólo un champiñón y es cierto que era la primera vez que veía a alguien comprar aquel alimento, pero no era la primera vez que veía que eso pasaba en Francia, sobre todo en las grandes ciudades.

Fue uno de los primeros detalles que llamó mi atención al llegar por primera vez a esta ciudad. La razón tiene que ver con el hecho de que las personas viven solas en una proporción mayor a la de México, que es el único punto de referencia que tenía entonces y donde las personas viven en familia mayoritariamente. Me parecía curioso ver a una persona que entra a un supermercado a comprar una manzana. Pero un champiñón, nunca me había tocado, y es que no se consumen de la misma manera. Una manzana es un postre completo, el final de una buena comida que a la vez te limpia un poco los dientes con su tejido firme, tan conocido por su forma de crujir. Sin embargo, a pesar de un esfuerzo de imaginación, no pude imaginarmelo como postre, ni como entrada, ni como una ensalada completa a pesar de que se lo corte en láminas e incluso como ingrediente de algún platillo, me parecía poco, quizás a penas como un elemento de una ensalada, pero igual.

Después miré de nuevo la pasta de dientes. La gente puede ser muy rara, así que me dije que la imagen más práctica que se me ocurría con los dos elementos a la vista, no debía ser descartada. Y era práctica en tiempo de preparación y a la vez procurando un mínimo de interés estético a lo que se va a comer, siendo esta: llegando a su casa lavaría el champiñón, sacaría la pasta de dientes de su caja, la abriría, sujetaría el champiñón por la base con la mano menos hábil y, después de haber destapado la pasta dientes, le pondría una corona azul al champiñón, como si se tratara de crema chantilly que se comería como un helado; De esta manera, tendría la saciedad de comer y la limpieza de la pasta de dientes en un solo momento, incluso más rápido que una mañana en que sólo se puede tomar un café, sin comer, ni lavarse los dientes. ¿Cómo no se me había ocurrido? Habría llegado tarde menos veces. Afortunadamente hubo este encuentro fortuito. ¿Qué haría uno sin los demás? En aquel momento mi compra para completar la cena, me parecía el inicio de una larga faena inecesaria. Además, ¿Cómo podía saber que la combinación no era realmente deliciosa, si no la había probado? Los demás, los demás, a veces te quitan y a veces te dan, incluso sin hablar con ellos.

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