Los planes no sirven para nada: cachetadas de año nuevo

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Blutch, La beauté, 2008

El plan inicial que nos habíamos fijado con Raj era pasar un año nuevo tranquilo. En mi casa todo el mundo estaba de viaje. No hacer nada. Sí, esa era una de las cosas que supongo que para los fiesteros no llega antes de los treinta, si llega. No irse de fiesta porque ya sabes cómo va a terminar: muy borracho y pasando una buena parte de la noche tratando de ligar. Sea lo que sea, nos habíamos propuesto platicar y tocar algo de música en su departamento de Menilmontant, donde había crecido. Sus padres no estaban aquel día, porque se encontraban del otro lado del canal de la Mancha . Su familia pertenecía a aquellas migraciones que comenzaron por el Reino Unido y terminaron en otros puntos de Europa.

Rajajee nació en Francia, casi al año siguiente de la llegada de sus padres, el primero al cabo de muchos aviones, barcos y trenesm desde Sri-Lanka. La mayoría de su familia se quedó en el Reino Unido. Es por eso que, frecuentemente, se reunían del otro lado de la Mancha. Raj, desde pequeño, prefirió más Francia que el Reino Unido. Era el más francófilo de la familia, por decirlo de alguna manera.

En todo caso aquel año decidió que no quería ir y por eso teníamos casa vacía.

La cita inicial era en ahí, pero una propuesta de unas amigas latinas que estaban al final de su ciclo de niñeras, nos llevó a modificar nuestro itinerario de la noche, del distrito veinte, popular y lleno de migrantes, al diecisiete, donde viven los ricos.

Raj agarró su coche. Se trataba de un automobil familiar donde seis o siete personas hubieran entrando sin problemas. Salimos con una cerveza en mano y fue hasta que ya nos habíamos atado los cinturones que le pregunté si pensaba manejar con la chela en la mano, descaradamente, con el riesgo de que nos detuvieran y me respondió:

– Mira, este año ya no tengo permiso de circular por París con mi coche porque es tan viejo que ahora es ilegal, y no me puedo comprar otro porque no tengo dinero, así que ahora sólo los ricos tienen derecho de circular cómodamente con su cuate para ir a ver a unas chicas, pero nosotros no, así que sí, me voy a ir echando mi chela, hoy a todos les da igual, todos están borrachos.

Lo dijo con tanta convicción que no me quedó duda alguna de que llegaríamos a ver a las chicas, con el previo acuerdo de echarnos una y regresar a nuestro plan de plática entre amigos y tocar. Le había dado cita a un amigo guitarrista dos horas más tarde.

La motivación profunda de aquella sobriedad media venía de tratar de evitar a las chicas. No nos había ido muy bien ni a él ni a mi en el año anterior, así que decidimos que una tregua de la seducción sería lo más indicado para evitar la frustración y la melancolía. El amigo al que había invitado andaba en las mismas así que todo iba bien. Claro comenzar a ir a ver a unas chicas cuando se tratar de hacer lo opuesto no parece un buen inicio, pero ahí íbamos, mintiéndonos.

Llegamos a un departamento de unos cientocicuenta metros cuadrados donde todo decía que era la época navideña versión “me gasté una lanota en la decoración y en todos los objetos que están entre los muros porque soy muy rico”. Era un médico que afortunadamente estaba de vacaciones y le había dejado la casa a la niñera mexicana. Las chicas estaban vestidas para la fiesta, vestiditos, medias y maquellaje, y las tres estaban en la universidad, y tenían ganas de aportar algo bueno al mundo, y tenían ya aquellas cicatrices que te deja migrar y comenzar desde cero, esas pláticas son agradables. Brindamos y cantamos con una guitarra que estaba por ahí. Nos caímos bien y nos invitaban a irnos de fiesta con ellas.

Raj me miró y fuimos hacia el balcón para fumar un cigarrillo y decidir si aquellas tres bellas diablitas nos alejarían de nuestra idea original. Para saber si nuestra voluntad sería, otra vez, quebrantada a la más mínima provocación. Además lo habíamos dicho abiertamente, necesitábamos autoconvencernos.

Fue duro, pero acabamos agradeciendo la invitación y nos fuimos con la frente en alto, de aquellos que dicen algo y lo hacen, aunque las minifaldas fueran muy cortas, los escotes, amplios, y las ideas frescas.

– Le dimos cita a nuestro amigo, y no podemos quedarnos, pero gracias.

La verdad es que desde que estábamos en el elevador nos arrepentimos, pero ya nos habíamos ido y regresar hubiera sido el equivalente a llegar arratrándose y diciendo “en realidad, sólo estaba haciéndome el fuerte, llévame, llévame a donde quieras porque sólo soy un miserable y no tengo voluntad”.

Para cuando estacionó el coche cerca de su casa, como pocas veces, porque salvo en año nuevo, siempre están llenas las calles, una sensación de alivio y suerte nos llegó. Romain no tardaría en llegar. Nos quedaban chelas, un toque e instrumentos a nuestra disposición. Nos dio tiempo de platicar con calma, de comer. Romain llegó y tenía más que nada ganas de beber. Tocamos una hora, durante la cual Romain bebió media botella. La música comenzó a hacerse más lenta, llegamos al blues, al reggae, y luego ya no nos pudimos seguir el ritmo. Para entonces llegó el hermano de Raj que estaba de paso por París, de vuelta de una misión como geólogo en minas en Senegal. Supongo que fue los estudios universitarios, más una perspicacia especial la que le permitió afirmar:

– Raj, ya está bien borracho otra vez, y Romain también. Denme un poco de whiskey para alcalzarlos. Raj, te aviso de una vez, si no sigues el ritmo de los otros, como siempre, no te voy a dejar tocar.

Raj hizo como que lo había escuchado y, sin volterarse, sigó intentado tocar el teclado. No eran ni las once de la noche. Intentamos tocar un blues que todos conocíamos, pero Raj se negó a agarrar el bajo, que es lo que mejor toca, para seguir intententando encontrar “la cosita que ya casi tengo”, mientras imitaba un duduk con la boca. La idea era buena, pero la ejecución con media botella dentro, sin contar las chelas y los porros, disminuía considerablemente la harmonía, sin tomar en cuenta que intentábamos seguir el ritmo, pero lo aceleraba cada vez más y acabó en algo tribal y con percusiones. El vecino comenzó a dar de escobazos desde lo que era su techo o nuestro suelo. Raj gritó “es año nuevo” y siguió tocando.

Su hermano, que estaba más sobrio que todos nosotros le dijo:

– Raj, ya sabes cómo va a acabar, además estoy de paso y no quiero que la policía venga. Así que si vas a tocar, al menos sigue a los demás porque si no sólo es ruido.

Romain y yo los veíamos sin hablar, parecían dos niños, la mirada y la palabra que se usa con un hermano es inmutable, única e individual, desde la infancia. Me los imaginé por un momento veinte años antes, a los quince, y él tratando de convencer a Raj de no irse de fiesta para no hacer problemas en la casa, y claro, él siempre se fue. O antes, entre ir a la escuela o irse de vago.

Nos dio una última opotunidad y un ultimatum, sobre todo a Raj:

– Si no los sigues, ya no te voy a dejar tocar.

Para no errarle, lanzamos un reggae. Romain con el bajo. El primer minuto, todo bien, parecía que Raj había encontrado “la cosita”. Pero para el segundo ya estaba menos claro, para el tercero, su hermano se levantó diciendo “te lo advertí” y se dirigió hacia él para agarrarle las manos, después los brazos hasta que estuvieron en su espalda, como si lo fuera a esposar.

Raj gritó “tocaré de cualquier manera, suéltame”, y comenzó a dar golpes a las teclas con la cabeza, que su hermano no podía controlar porque sus dos manos estaban ocupadas en mantener los brazos en la espalda. Fue entonces cuando me dije: tenemos que salir, al menos a tomar el aire.

Romain estaba de acuerdo y eso que sólo nos miramos, miramos a Raj y su hermano como dos críos de seis años, nos levantamos agarramos las chamarras, guantes y bufandas y fuimos al bar de al lado. Los vecinos de Raj estaban seguramente de acuerdo también en que nos fueramos de borrachos a otra parte. Finalmente ellos no tenían la culpa de que fueramos una bola de solteros desdichados esperando que el año siguiente fuera mejor en el amor.

Tomar el aire nos bajo un poco la borrachera y en el bar había un poco de música y una bola disco bastante chunga y una iluminación comprada en el supermercado, pero igual que con la chela al volante de Raj, a nadie le importaba esa noche.

Raj creció en Menilmontant, así que todo el mundo lo conoce, para bien bien y para mal, hay algunos lugares a los que no puede volver, pero en aquel sí lo perdonaron y se quedó hablando con el dueño desde que entramos.

El promedio de la gente tenía cuarenta años, más algunos veinteañeros que habían llegado a aquel lugar donde el año nuevo nos había llevado. Las doce habían pasado, los cabezasos de Raj fueron las campanadas, así que los que estaban ahí reunidos ya habían dado los abrazos y deseos correspondientes y habían salido a otra parte, igual que nosotros.

Bailamos una hora y estaba tan borracho que no recuerdo cómo comencé a besar a una mujer, me faltaba una pequeña parte, el cómo, pero el resultado era agradable así que no pregunté nada y seguimos besándonos. Me dijo que se había escapado del año nuevo que había organizado en su casa.

Acabamos yendo a su casa, era maestra y estaba muy loca. No pudimos llegar a su casa y nos detuvimos en las escaleras para el preámbulo. Para cuando entramos, ya no traía calzones, se los había quitado en el metro y me los tendió, estaban en mi mano. La casa estaba en silencio. Todos se habían ido. Estaba contenta y muy cachonda. Yo también. Tenía dos hijos pero no estaban ahí, se acababa de divorciar después de doce años de matrimonio. Su esposo era arquitecto, lo cual explicaba el bello departamento a las faldas de Montmartre. La mesa demostraba que la fiesta, incluso sin ella, había estado ruda.

Agarramos una botella de vino a medio abrir y subimos a la cama que estaba en una mezzanine a la cual de accedía por una estrecha escalera de madera, a unos dos metros y medio de altura. Seguimos lo que habíamos empezado. Faltaban los condones para cuando ya estábamos desnudos, me dijo “voy por ellos y seguimos” y se dirigió hacia la escalera. Me recosté y dos segundos después escuché la mezzanine vibrar seguido de un golpe seco y un grito sobre el parqué. Se había caído.

Me acercé inmeditamente al borde, estaba ella, desnuda, en el suelo y carcajeándose después del primer grito. Iba a bajar cuando se levantó diciendo “estoy bien, estoy bien, voy por los condones”. Subió inmediatamente y me dijo “no es nada, lo que estoy, es cachonda”.

Fue entonces cuando me di cuenta que se había raspado la espalda con la escalera y que estaba sangrando. Logré convencerla de dejarse limpiar y desinfectar. Bajé al baño, encontré todo lo necesario y parecía no tener nada más.

Se dejó limpiar e intentamos retomar nuestro asunto, pero yo estaba pensando en que seguía sangrando y no quería esperar a que cesara para follar. Perdí el ritmo. Ella insistía, pero cuando no se te para, hay que esperar. Pero ella no parecía querer esperar. Y al cabo de diez minutos de cachondeo me dijo “se te tiene que parar” y me dio una cachetada enérgica que de verdad no vi venir, pensando quizás que así mi pene reaccionaría por milagro, independientemente de mi cuerpo y mi voluntad.

Entre el aturdimiento apenas tuve tiempo de sujetarle la mano antes de que me diera otra. La sujeté con fuerza y le dije, mirándola a los ojos:

– Eso no se hace. A nadie. Ahí te quedas.

Comencé a vestirme. Ella estaba borracha y desconertada, así que se puso a llorar y a suplicarme que no me fuera. Me dieron más ganas de irme. Fue entonces cuando entre disculpas y llanto me dijo:

– Eres el primer hombre con el que estoy desde que me divorcié, perdón, quería que funcionara, sólo quería coger.

Estaba tan desconsolada que me quedé. Parecía una cría. Logramos dormir y al despertar acabamos lo que empezamos. Se quedó contenta y yo también, el año se anunciaba bien. Llegaron dos de sus amigos, cantamos y comimos y luego me fui.

Pensé que nunca volvería a verla, pero dos años después llegué a una comida en el Passages des soupirs en Menilmontant, con Mikael, tarde y más bien para hacer acto de presencia porque todos se había ido. Llegué con disculpas, saludé de paso a la única persona que aún quedaba aparte de él y me presenté, me di la vuelta y dijo:

“Pero yo ya lo conozco, joven, un poquito”. Me prengunté que habría hecho otra vez mientras me volteaba. Recordamos nuestro encuentro entre risas y sin amarguras y, sobre todo, sin cachetadas, en el Passage des soupirs.

 

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