¿Quiere ganar dinero?

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Amérique : Grand masque Wauja
© Musée du quai Branly. Photo : Patrick Griès

En el año 2015 trabajaba en cuatro escuelas diferentes. Había logrado escapar de los servicios no sin penas, el primer hotel era ya sólo un punto lejano en el horizonte. En una de ellas sólo cuidaba a los chicos, y en las otras tres profesor remplazante en dos preparatorias y una secundaria. Creo. He trabajado en tantas que la cronología comienza a ser confusa. Lo cierto es que era viernes y aquel día me tocaba ir a una preparatoria técnica especializada en el trabajo del vidrio y en la cual había una clase para extranjeros. Y después de ellos, ya estaba en el barrio latino, libre como un viernes o como una bajada en bicicleta sin manos por una cuesta, con la satisfacción de haber dado una buena clase.

Para aquellas alturas del año, lo duro había pasado que era encontrar esos trabajos, y todos me estaban pagando, no me había pasado en varios años.

No iba en bicicleta, pero la sensación era parecida, y aunque a pie, aquel punto entre el metro Luxembourg, Censier y Clunny La Sorbonne, es uno de los más altos del barrio e iba de bajada por la vida. Creo que iba cantando cuando un hombre de unos sesenta años me saludó. Le respondí el saludo con una sonrisa que era el traje que llevaba en aquel instante. Seguí de largo cuando me preguntó:

– Hey, monsieur, ¿por casualidad no es usted sudamericano?

– Heee, sí, ¿por qué?

– Es que viví muchos años en su continente y sé reconocer a los suyos.

Mi primer pensamiento es que sería un viejito como hay tantos en ese barrio de ricos, que acaban solos en sus departamentos llenos de recuerdos y objetos ostentosos, y sin nadie con quién hablar. Trabajé y estudié en ese barrio por cinco años, así que no sería el primero. Pero el hecho de que me abordara en español y dado el día que era, decidí que tenía tiempo para todo y acepté su propuesta de ir a tomar una cerveza.

Al cabo de los años, como extranjero estaba acostumbrado a las pláticas con personas que te dicen « me encanta tu cultura, tu lengua, he estado en…  » Y a pesar de que es preferible a que te discriminen por la misma razón, no hay gran cosa que agregar. La apología de México o de América Latina no es lo mío, y mucho menos en un bar o un concierto. Sin embargo, durante el trayecto me dijo que había vivido y trabajado en ocho países diferentes y que algunas cosas que le habían sucedido « No las va a creer », así que, claro, fui con él, con una curiosidad de viernes.

– Bueno, pero ya le hablé mucho de mí y no sé nada de usted, además de que es profe, me invitó a hablar mientras alzaba la copa para brindar.

– Profe, prefecto, tallerista, recepcionista, según las necesidades. Ah y sobre todo, soy inmigrante, como ya lo sabe, pero ahí la llevo.

– Ya veo, oiga, ¿Quiere ganar dinero?

– ¿Perdón?

– ¿Que si le interesaría ganar dinero?, me preguntó con un acento que era una mezcla de colombiano, cubano, costaricense, tropical, sin duda, más el toque del francés detrás de todos; Porque yo trabajo en el medio de las antigüedades, como ya le he dicho, y tengo algunos planes de trabajo.

– Eh, gracias, pero no necesito dinero.

– ¿Cómo que no necesita dinero?

– Tengo lo que necesito en este momento y ganar más dinero sería sin duda tener que trabajar más, lo cual, con los cinco trabajos que ya tengo, no me dan muchas ganas de aprender una nueva actividad, ahora que estoy haciendo bien todo y que me gusta y que me deja un par de días libres por semana para mí.

Por un momento pensé en partir. Sobre todo porque alguien que te propone dinero fácil siempre tiene una fuente turbia. Me vino a la mente el recuerdo de mi tío, quien acabó en una cárcel estadounidense porque alguien le habia propuesto « sólo ir a cambiar unas fichas » en un casino para ganarse una lana. El dinero fácil no existe para los pobres.

 Su propuesta se parecía más a una entrevista de reclutamiento para alguna mafia que a una cerveza con un viejito al que, me di cuenta, le temblaba la mano y que había pedido un jugo y no una cerveza. También era mi culpa, por ser tan franco con cualquiera y él había percibido que era un inmigrante y que todos los inmigrantes quieren dinero. La deducción me incomodó, así que, ya que había sido tan directo, podía serlo igual:

– Me dijo que había tenido que dejar de hacer su trabajo…

– Sí, respondió bajando la mirada y sujetando la mano que temblaba con la otra. El cuerpo es el límite. Me está empezando el Parkinson y las expediciones en la selva para sacar los objetos de las excavaciones, el transporte y la exportación, son tareas de un gran esfuerzo físico y mental. Justo lo que no necesito para que la progresión no se acelere. Antes de tener que regresar a Francia para tener el mejor tratamiento y tranquilidad de vida, tuve muchas vidas. Perdone que le haya hablado de dinero. Es que fui un empresario y es un reflejo y la verdad es que necesito ayuda para algunas cosas.

– Yo no necesito nada de usted, y en este momento de nadie que no sea mi propio trabajo, y ese hábito de empresario no dudo que le haya sido útil, pero es muy feo, por lo demás, podemos seguir platicando, a ver, comience por una de esas vidas, la que más le guste.

Pensé que no iba a responder, pero su cara se iluminó, parecía tener ganas de que lo escucharan.

Su mano dejó de apretar la que temblaba, agarró su jugo, le dio un trajo, sonrió levemente, sin verme, abriendo un recuerdo:

– De todos los países en los que he vivido, en Venezuela encontré mi paraíso. No había muchas cosas que traer a Francia, pero suficientes como para hacerse rico. Y se puede vivir muy bien en ese país donde el clima es un sueño cada día. Llegue sin nada y al cabo de seis años tenía una casa enorme, sirvientes, mi playa, mi familia. Le daba trabajo a mucha gente también, a mucha.

– ¿Y qué es lo que hacía exactamente?

– Mi trabajo consistía en organizar expediciones a la selva para extraer piezas prehispánicas de todo tipo, llegamos a transportar monolitos de veinte toneladas hacia la ciudad. Si yo no las hubiera sacado, seguirían bajo la tierra.

– ¿Y luego qué hacía con ellas?

– Todas las que pude, las traje de contrabando, menos los monolitos, claro, para venderlas a museos y coleccionistas.

Lo dijo con tanto desempacho, que casi parecía que no me estaba diciendo que era un ladrón, un traficante que vende lo que no es suyo.

Me contó dos vidas más, eran bastante rocambolescas, con pistolas y malos, y todo lo que conlleva, como los muertos. Pero ya no lo podía escuchar de la misma manera. Las tres se terminaban igual, de cero a la riqueza, porque era lo que más le interesaba, vivir como un rico. Su aspecto no tenía nada de opulente aquella noche. Insistió sobre el hecho de que había generado trabajo. Los narcos dicen lo mismo y es tristemente cierto, pero no legaliza su actividad. A través de sus historias podía imaginarme aquellas piezas siendo extraídas, limpiadas, transportadas y enviadas en avión hacia Francia, para que él las vendiera y sacara un beneficio considerable.

– Algunas acabaron en el Quai Branly, sentenció con orgullo.

– ¿Y vive aquí en el barrio?, la sonrisa se desvaneció.

– No, vivo en los suburbios, vine a pasear, el doctor dijo que caminar todos los días, y hacer ejercicio en general, por el Parkinson, claro. Por eso tuve que dejar el trabajo, como ya le había dicho y ahora vivo con mi mujer en Argenteuil.

La mano le volvió a temblar ligeramente, la miraba por intervalos.

– ¿Usted dice que estudió literatura no?

– Así es.

– ¿Cree que pueda corregir textos en francés?

– Sí, no es mi lengua materna, pero sí. He corregido textos literarios y universitarios, pero ese es un trabajo.

– Efectivamente. Mire mi mujer escribe cuentos y a mi eso de la corrección ortográfica no me gusta, y no sé escribir historias. ¿Cree que puedría escribir las historias que le conté?

– Ese es otro trabajo.

– Efectivamente, y debe ser remunerado. Porque también hay una tercera cosa, tengo un manuscrito de que me dictó una anciana que vivió la Segunda guerra mundial, que registré y hay que corregir.

Algo había pasado en su cabeza, parecía un poco desesperado. Me dieron ganas de no tener nada que ver con él, pero la curiosidad pudo más. Dejé de tantearlo y quedamos de vernos un par de días más tarde en su casa para comer y hablar de aquello que me había propuesto en cascada y nervioso.

Pagó la cuenta y nos fuimos.

Durante los días previos a la cita me pregunté, con base en las historias que me había contado y siendo un adepto a las cosas ilegales, si aquella persona tendría un arma en casa.

A Argenteuil se llega por el tren suburbanom dos estaciones. Es un suburbio ni rico ni pobre, donde se mezclan las casas con algunos edificios de veinte pisos por aquí y por allá. En uno de ellos vivía él. La verdad es que me esperaba al menos a que viviera en una casa, por lo que me había contado. Aquel día se veía más gris. Su esposa estaba enferma y estaba en cama. Compramos un pollo rostizado y subimos al departamento. Era vetusto y multicultural. El departamento, exiguo para todos los objetos que contenía. Era un pequeño museo lleno de cajas, catálogos, vitrinas, piedras, máscaras, bustos, esculturas, plumas, pieles, instrumentos musicales, telas, retablos, bastones, hilos, cuerdas, flores, una profusión de pasados. Apenas se podía uno sentar. Una cosa era cierta conocía muy bien su trabajo de experto en antigüedades, pero seguía siendo un traficante.

Fue una comida muy francesa en las maneras, con vino, me propuso los mismos proyectos y parecía haber agarrado una familiaridad de quien te dice que están en el círculo de confianza sin que hayas pedido nada.

Yo me dejé llevar. Su mujer nunca salió del cuarto. Me pregunté si no estaría momificada en su cuarto. Me contó otras historias y me dejó un libro de Jung, el manuscrito de la anciana de la Segunda Guerra mundial y los cuentos de su esposa. Prometí echarles un ojo y ponerme a chambear, pero los retrasos en las pagas volvieron y lo olvidé por unos años.

Nunca me llamó. Yo sí. Para devolverle sus cosas, pero nunca respondió. Me había dicho que el de la anciana era una copia única. Intenté devolverlos porque supe que no podría trabajar nunca para alguien como él, aunque estuviera enfermo, no me daba lástima. Pero ya que aún los tengo conmigo, tampoco se me acongoja el corazón por un ladrón.

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