Mi querida peluquera

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Tardé seis años en encontrarla, pero lo logré. antes me cortaba el pelo solo y, claro, siempre me quedaba mal, pero veinte euros me parecía mucho dinero sólo para que te quitaran cabello de encima.

Intenté primero, por cuestiones económicas, con los árabes, los tamiles y al final los chinos, de a cinco euros el corte. El problema es que sólo saben hacer uno, el del barrio, que es lo más cercano a un corte militar que no me queda nada bien.

Me encanta mi peluquera, es muy independiente, tanto que creo que sólo una vez salí con el corte que imaginaba en mi cabeza en los cinco años que llevo yendo con ella. No es que no me deje hablar y me ponga un trapo en la boca. Simplemente me escucha, pero parece olvidar  los detalles mientras me lo va cortando en silencio.

Le digo « no muy alto » y le sube; « más largo » y casi no le corta nada. Pareciera que estuviera pensando en un amor perdido, de esos que te embarcan y dejas de hacer lo que tienes que hacer, para añorar o sólo es distraída, sólo ella lo sabe.

No es por estas cualidades por las que la elegí, sino porque no hablamos más que lo estrictamente necesario. No fue cosa fácil, pareciera que la mayoría de peluqueros disfrutan de esta vocación de entrevistar a sus clientes, darles incluso consejos. Más aún cuando se es el peloquero o la peluquera de la persona o la familia desde hace décadas, está al corriente de todo. Supongo que a las personas les da un cierto reconfort. A mí me estresa, porque entre más hablan, más se tardan en cortar el pelo y eso significa que me toquen durante más tiempo la cabeza, cosa que detesto por mi hiper sensibilidad capilar de esa parte de mi cuerpo.

La primera vez que llegué a su modesto local en Ledru Rollin, al salir de un colegio en el que trabajaba, me senté, le indiqué el corte que quería y su primer comentario fue: cualquiera será mejor que el que trae. Después no volvió a hablar y yo tampoco intenté tejer ninguna conversación banal hasta que dijo: listo, venga le vamos a lavar la cabeza.

Pretexté que me bañaría al llegar a casa para así evitar que me tocara más la cabeza. Un poco contrariada me dijo que entonces eso era todo. Diez minutos después de haber franqueado la puerta de cristal. Pagué y volví a partir de entonces.

No tengo idea si será así con todos sus clientes, pero nuestro acuerdo es silencioso, desde el inicio. tiene un gesto serio y un tono de voz con sus dos colegas que parece dar a entender que no les gustan los chismes ni la injusticia. Parece que está pensando en sus cosas un poco a parte de las otras y supongo que no hablar con un cliente entre todos también es quizás un descanso. En todo caso su rostro no incita a la plática, por decirlo de una manera, a menos que se la vea durante varios años.

El único detalle que me permito reiterar cada vez, es que no le suba mucho en la parte trasera. Una de esas ocasiones me respondió: sí, conozco a otros con el mismo problema, como los turcos. No supe cómo tomarlo y mejor no pregunté.

Un día que estaba un poco enfurruñada porque se había jodido el aire acondicionadio a medio corte me dijo: mire esto es lo que pasa con su cabello, que es como el de los chinos, se mete entre la ropa, son pequeñas agujas que se quedan clavadas en la piel y hay que lavarse con cepillo. Su cabello es muy molesto.

En realidad sabía lo que le ocurría, me lo había contado brevemente un mes antes, que se iba de viaje a mi país. Por la fecha en que estaba con ella quería decir que el ser madre, esposa y ganar modestamente su vida como peluquera, no había sido suficiente y en lugar de eso estaba ahí, en el calor de la minúscula estética cuya decoración debía tener al menos cuarenta años y que no le pertenecía. Fue la única vez que hablé de México con ella.

Nuestro trato seguía siempre un tiempo entre diez y quince minutos. Con los años, me estresaba menos que me tocaran la cabeza, pero siempre evitaba el champú, a menos que insistiera. Cuando rechacé una de aquellas propuestas me dijo, con tono de reproche: ¿Y entonces yo para que le sirvo, si no me deja hacer mi trabajo?

Me pareció un buen argumento y me senté para que lo lavara y secara. Esta última parte es la más incómoda, el que te sequen la cabeza, al menos para mí, no sé, lo puedo hacer yo y me da la sensación de ser un niño. O mejor dicho, el gesto es agradable pero el nivel de confianza con ella es tan parco que ese momento íntimo parece fuera de lugar.

Cuando está de buenas intenta hasta pasarme la secadora y peinarme, olvidando que siempre le digo que no me peino realmente. Una que otra vez me he dejado, pero une fois n’est pas coutume.

Dentro de un mes volveré, me sentará frente al espejo y me preguntará, como si fuera la primera vez: ¿Entonces qué le hacemos? Para responderse sola algunas veces. Adoro a mi peluquera.

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