Baja esa matraca

 

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Serie del círculo #15, plumón y acuarela, papel A4, 2019 © Pável García 

Mis vacaciones de verano empezaban como desde hacía siete años por las mismas cuestiones de inmigración : o sin tiempo o sin dinero. En este caso era más el primero que el segundo, al menos en lo inmediato. Nunca había podido hacer planes más allá de un par de meses. Estaba trabajando como recepcionista de noche en un hotel tres estrellas con ambición de una cuarta en el barrio de la Opera Garnier desde hacía dos meses.

En ese medio no hay fines de semana y no se pueden pedir días cuando se acaba de llegar. Normal. En total, logré partir cinco días, durante una semana en que trabajaba sólo dos noches, pero implicaba irme directo después del trabajo, a las ocho de la mañana para agarrar un tren y llegar a las once a setecientos kilómetros al sur, casi hasta la playa.

Los TGV son maravillosos, silenciosos y cómodos, los franceses saben de eso, me gustan casi tanto como sus quesos, pero menos que su vino, mirando por la ventana mientras se atraviesa Francia a trescientos kilómetros por hora.

– ¿A dónde vas tan floreado y sin dormir?, preguntó mi colega Charlotte que tomaba el turno matutino y que se había levantado tarde de la cama y llegaba sin maquillar.

Charlotte me caía bien, tenía una forma de ser desenvuelta y a la vez discreta, una voz suave y una plática fácil. En los servicios, los cambios de turno pueden ser incómodos o agradables. Con ella era el segundo caso.

– A mi ciudad adoptiva, a Marsella.

– Y ¿por qué es tu ciudad adoptiva?

– Porque desde el primer viaje de una semana que hice, encontré muchas amistades durables, supongo que es el mar, una vez que te metiste, ya te bautizó y la ciudad te abre las puertas, las de las cosas sencillas y bellas.

– ¿Estás borracho?

– No, cuando no duermes por la noche, uno se pone poético o melodramático al salir.

– Ya sabes que a mí me da igual, pero mejor no te pongas poético cuando esté la jefa. Diviértete y nos vemos en cinco días a la misma hora.

Es decir que no debería haber tenido vacaciones, puesto que estaba tan jodido, pero si no se sale del monstruo de la ciudad que te trata de comer, se puede acabar muy mal. Con las noches en el hotel, había que tener cuidado.

Se pierde el sueño, el apetito y las ganas de vivir. Es imposible no sentirse como un marginal que debe rendir pleitecía a todo aquel que atravise el umbral, sobre todo por las tres malditas estrellitas que tendían más a dos que a cuatro, como lo deseaba y exigía la dirección de la cadena de catorce hoteles que pertenecían a algún judío cuyo nombre olvidé apenas lo dejaron de pronunciar.

Me pregunté por un segudo si sería el mismo dueño del hotel de Jules Joffrin del barrio XVIII donde había trabajado cuatro años antes. Daba igual, nunca lo conocería. El mejor ejemplo del estado vetusto estilo Louis XVI que vendía el sitio de internet era el aire acondicionado. Maher, el jefe de recepción me había puesto al corriente de ambas cosas a la vez:

– Este hotel va a ser renovado de pies a cabeza para finales de año, así que la dirección invierte lo estrictamente necesario para su mantenimiento, pero ni un solo céntimo en equipo nuevo. De tal manera que la lista de cuartos que ves en ese post-it son aquellos donde no funciona. Las que tienen un signo de interrogación…

– No se sabe si funcionan.

– No, funcionan de vez en cuando. En el tablero del back office los vas a reconocer porque son los números de cuarto que parpadean.

– ¿Y si no parpadean, es que funciona?

– Excacto, salvo aquellos cuartos con un signo de interrogación en la lista.

– ¿Y desde cuándo dura el problema?

– Más de un año y medio y no hay manera de repararlo sin cambiar todo el sistema y, como te dije, no va a ser ahora. Los cuartos con el signo de interrogación, lo único que puedes hacer es prender y apagar el interruptor del tablero. De vez en cuando funciona, al menos hasta que el cliente se duerme y olvida que tiene calor.

– ¿Y por qué funciona cuando funciona?

– Yo qué sé.

Mientras me decía lo anterior nos secamos varias veces la frente, afuera hacía más de treinta grados, todo el mundo pasaba vestido ligero con colores brillantes. Nosotros estabamos vestidos de negro de pies a cabeza, con pantalón  formal, una camisa y una corbata.

– ¿Y a los que tienen solución intermitente?

– Primero haces como que lo vas a reparar, sonriendo, claro, vas atrás, prendes y apagas y le dices que todo va a estar bien. Pero lo puedes hacer también para los que ya sabes que no funciona.

– Pero no va a estar bien y van a regresar.

– Ese es el paso número dos, le dices que lo volverás a intentar, pero que si no funciona, no puedes hacer nada antes de la mañana, y al mismo tiempo le propones un ventilador, así parece que en realidad le estás haciendo un favor y se van a dormir.

– Pero van a regresar al día siguiente para quejarse de lo mismo, que sea contigo o con el que toma el turno siguiente.

– La mayoría se queda tranquilo con el ventilador, porque si se ponen muy pesados, les puedes decir que un hotel de tres estrellas no está obligado, por ley, a ofrecer ese servicio.

– Pero lo ponen en el sitio de internet.

– Sí, pero es facultativo, les hacemos un favor cobrando tres estrellas y teniendo algunos servicios de cuatro, aunque no haya para todo el mundo por el momento. La ley nos cubre, no podrían demandarnos.

– Pero en las redes sociales a la gente le gusta expresar su descontento, ¿eso no le resta popularidad al hotel?

– Normalmente, la gente, después de pasar por París olvida muchas cosas. Seguimos teniendo una imagen correcta para las condiciones del hotel.

– Ya entendí, me toca mentir y recibir las quejas sonriendo.

– Aprendes rápido. En la de menos hasta te dejan una propina si les llevas el ventilador al cuarto. Con este calor, yo te la daría después de haber aceptado que no habrá aire acondicionado y que un ventilador es una benedicción con este calor, me dijo mientras se quitaba la corbata.

Yo empezaba a las nueve, él terminaba a las diez y la campana de una iglesia vecina había anunciado sendas perlas sonoras. El aire acondicionado de la recepción funcionaba a la perfección, no podía pedir más. Recibí inombrables quejas, pero su método funcionaba de una u otra manera y le había agregado mi toque: fingir estar sorprendido, con inocencia y una sonrisa que se trunca al escuchar la noticia del fallo y asegurando enseguida con una voz grave y seria:

– Me ocupo inmediatamente de eso, señor, señora, señorito, señorita.

Jalaba la puerta corrediza del back office, teniendo cuidado de dejarla abierta para que el cliente viera mi intervención en el tablero. Apretaba los botones en cuestión sin dudar, como hacen los expertos, después regresaba al mostrador y sonreía diciendo:

– Normalmente, debería funcionar.

La clave estaba en el “normalmente”, que servía de introducción a la posibilidad del fallo. Acompañado de la intervención en el tablero digital, bajo la mirada del cliente y con movimientos automáticos y un gesto de concentración, eran mi manera anticipar la queja siguiente que era frecuentemente, ya no in situ, sino por teléfono. Entonces les decía:

– Como usted ha visto, he hecho lo que pude, pero de aquí a mañana no puedo más que ofrecerle un ventilador.

Sísifo piensa en el mañana y le duele porque será igual, todos los esclavos lo saben, hasta que se liberan. Aunque fuera yo el que tuviera que encarnar la misma mentira al día siguiente, quitarse un problema de encima, aunque fuera por una noche, cuando tu trabajo consiste en satisfacer a las tonterías y resolver los problemas, tiene una pizca de victoria.

Dormir cuando está afuera la luz y el calor que se han esperado durante todo el invierno y la primavera, conlleva una sensación tan triste como un jarrón que te gusta y que se rompe frente a ti, sin que puedas ni siquiera verlo entero por última vez. El solsticio estaba atrás, había pasado lo peor, o al menos eso me dije, puesto que los días comenzaban a ser menos largos y eso es bueno cuando se debe dormir de día.

Estaba contento por haber encontrado trabajo después de un mes sin ninguna respuesta y más de media centena de curriculums dejados personalmente y vía electrónica. Mi error me parecía claro y lo había corregido. Estaba demasiado calificado para perdir un trabajo de mierda y no había maquillado adecuadamente mi CV.

Había trabajado escencialmente como profesor, tallerista y ciudando chamacos en general, durante los cuatro años anteriores. Para regresar al medio de los servicios del que ya había huído en varias ocasiones, no tenía ninguna experiencia reciente. Era claro. No había mentido lo suficiente. ¿Eres un amateur, un turista, un farsante? ¿O de verdad estás en la mierda y eres un muerto de hambre y tienes que ver cómo pagas el mes de renta que viene?, me pregunté desde mediados de mayo hasta mediados de junio. A veces puedo ser convincente. Sin embargo, en el fondo estaba pensando en Talib Kweli*: why should I lie, just to get by?

Una noche estaba en la oficina contigua clasificando las reservaciones pasadas durante una de las horas desiertas, por ahí de las cuatro de la mañana, cuando una pareja de negros estilo americano de la West coast estaba esperando frente al mostrador. Sólo había que dar una llave. Siempre tenía la música puesta y a pesar del estado del mobiliaro falsamente aristocrático, habían invertido en un buen sonido Boss.

Merci”, me dijo el chico que media al menos un metro noventa y era fuerte como un toro, antes de cambiar al inglés:

– Cuando llegé y escuché Get by, creía que el que llegaría al mostrador sería un negro.

– No soy negro, pero no soy blanco, y estoy jodido y soy mexicano, eso basta ¿no?. ¿Lo conocen?, pregunté con inocencia y cansancio.

– ¡Claro que conocemos a Talib!, me respondió casi ofendido por la pregunta, que era como si le preguntara a un mexicano si conoce a Molotov, por dar un ejemplo del mismo género. Te entiendo, hermano, yo también he tenido trabajos de mierda. Este parece al menos un trabajo limpio.

– Tienes razón, no es como la construcción tampoco donde te dejas la espalda y tampoco estoy barriendo las calles.

Just to get by… Good luck, gim’me five, bro’!

Nos despedimos al estilo de su región en lo que a hip-hop se refiere, Snoop Dog hubiera estado orgulloso de nosotros. Éramos sinceros, nos reconocimos y la energía de su mano gigante me transmitió las vibraciones suficientes como para pasar aquella noche sin penas.

Las razones de aquel círculo vicioso donde se tenía que mentir para trabajar era debido, como desde mi llegada, a mi estatus migratorio de estudiante, que me limitaba a trabajar no más allá del sesenta porciento de un tiempo completo en cualquier puesto. Era un dique para frenar la “migración de alto nivel”, salvo para aquellas profesiones que contribuyen al enriquecimiento neoliberal de este país que vende servicios y armas; presta dinero con intereses altos y produce energía con el átomo sin preocuparse de los desechos que emitirán radiaciones más allá de la raza humana sobre la faz de la Tierra.

Ser profesor de francés y educador en barrios bajos no figuraba en la lista de empleos que te enriquecen y generan muchos impuestos, aunque ayuden a la convivencia pacífica y a la salida de la pobreza para quienes ya viven aquí. Pobre Francia, ¿a dónde vas? Tampoco es mejor en México, pero no es un consuelo. Así que había que joderse mientras encontraba una solución para el cambio de papeles.

Una carrera más que se acababa antes de tiempo, como la de mesero, de ingeniero, repartidor de publicidad, preparador de sandwiches, agente de información en las estaciones… En realidad me gustaba ese trabajo, ser educador y profesor es ocupar un lugar en la vida de las personas, confrontarlas, hablar con ellas, tejer lazos, enseñarles cosas, con la esperanza de que su frustración y condiciones no los hagan volverse unos hijos de puta cuando crezcan.

No tenía tiempo de tener nostalgia, o sólo duró un día. El día que salí por el umbral de cada escuela sabiendo que nunca regresaría y sin decirle adiós a nadie. Me fui sin despedirme para evitarme la pena de tener que mentir cuando me preguntaran ¿y tú, a dónde te vas a ir de vacaciones?”. Para ahorrarme una risa incómoda, uno debería tenerlas contadas para la vida.

De ese tipo de cosas que te llevan a agarrar lo primero que te cae y a escuchar mucho rap, meneando la cabeza para pasar las noches de pie.

Todo trabajo tiene un punto de equilibrio y hasta que se alcanza, la tarea puede ser fascinante, el tiempo de dominar los detalles del oficio: el dinero, las llaves, las urgencias, las reservaciones, internet, los pagos, las comisiones, el servicio, sí, el baño es la segunda puerta a la derecha, el elevador no funciona, pero funcionará, las toallas estaban sucias, lo siento, ¿Un cepillo de dientes? Tengo, pero los tengo que encontrar, se lo llevo a su cuarto, ¿Que cómo se llega a Disneyland? Deje busco… Inútil preguntarse si lo habrían podido buscar con su smartphone, sólo se enojaría uno más y yo estaba de turno.

Implicaba aprender cosas nuevas y repetir ciclos hasta que se volvieran automáticos. Es ahí donde siempre empiezo a perder el equilibrio, cuando ya sé hacer lo que esperan de mí y que las asperezas sociales de la tarea que se desempeña se vuelven evidentes y sensibles, inevitables y grises. La confirmación de que lo que la mayoría de la gente quiere es dinero o lo que cree que su dinero debería valerle en un intercambio social. Hay gente a la que le gusta sentirse especial y lo único que tienen es dinero y te tratan como basura, pero no puedes dejar el trabajo.

Tuve la suerte de conocer a un gemelo perdido de problemas migratorios durante la primera noche de formación. Se trataba de Fabio. Un ultramarino más navegando entre varias culturas. Era brasileño de origen japonés, hablaba por lo tanto perfectamente portugués y japonés; y había estudiado y hablaba muy bien inglés, francés y ruso.

Se había casado con una chica japonesa y habían tenido una hija. Desafortunadamente, su nacimiento no les daba derecho a ningún papel de residencia a pesar de estar altamente calificados y de haber trabajado aquí durante una década y hablar perfectamente el francés. Sólo su hija tendría derecho a los papeles cuando alcanzara la mayoría de edad, pero en nada les ayudaba para salir del estatus de estudiante idéntico al que me llevaba a dar todas esas volteretas laborales. La diferencia es que él ya se había resignado a dejar de buscar intersticios para filtrarse en la matriz y tenía un boleto para noviembre de regreso a Brasil con su nueva familia.

Sus condiciones eran distintas a las mías, pero las razones de haber pasado todo ese tiempo en este país que no acababa de abrirnos las puertas después de ocho o diez años de trabajo eran las mismas: el acceso a ciertos servicios que todo país debería tener y a una tranquilidad de vida, ya no ideal, pero donde se pudiera al menos pasar desapercibido y sin tener todo el tiempo miedo de los ladrones particulares y del Estado. Ninguno de los dos soñaba con volverse rico, sino con bibliotecas, museos y estudios finacieramente accesibles con casi cualquier salario, porque así se pueden aprender muchas cosas y por eso habíamos venido, sólo que nos fuimos quedando.

La parte cosmopolita también era un punto común entre nosotros y para quien le gustan las lenguas. París es una de esas ciudades en las que puedes elegir siempre un universo distinto, lunguístico, cultural, gastronómico, como una multitud de puertas que están ahí si algún día tienes la sensibilidad para atravezarlas.

Después del francés, Fabio había perfeccionado su japonés. Por mi parte, en aquella temporada estaba con el portugués. La conclusión científica personal era clara: no se puede aprender cuando no se duerme. Fabio sí lo lograba y a pesar de hablar tantas lenguas y trabajar como un burro durante casi diez años, este país no lo dejaba en paz tampoco y parecía pasar de nosotros como de la mierda. Francia es un mal país capitalista, tiene demasiadas reminiscencias aristocráticas, un conflicto con su tradición y su deseo de hacer dinero. Por eso los ingleses les comen siempre el pastel, son más pragmáticos, o lo eran hasta antes del Breixit. Ya se verá. Teníamos tantos puntos en común que hasta nos echamos una chela después de que tomé nota de las cuestiones de dinero. Nos retrasamos con la formación y casi olvida pornerme al tanto del elevador del fondo del edificio:

– Ah, sí, el elevador. De vez en cuando se queda atascado con la gente adentro. Sólo caben dos, de tal manera que el problema es limitado.

– ¿Por qué?

– Hay un problema con una pieza, y la pieza siempre se rompe, pero a veces basta con prender y apagar el sistema.

– No, ¿por qué el problema es limitado?

– Porque dos personas atascadas son mejores que tres o cuatro, o aún peor, cinco.

– Visto de esa manera… ¿Todo funciona así en este hotel?

– Sí, pero la dirección no pone cámaras en la recepción y eso es suficiente para mí.

– Buen punto. ¿Y qué hay que hacer?

– Hay que llamar a este número y bajar a la cava, te llevo luego; agarrar la llave que permite acceder al tablero electrónico y apretar dos veces el botón verde. Todo esto, después de haber calmado al cliente, esperando que no sea claustrofóbico. Pero esos casos son raros, en general, ese tipo de personas sube por las escaleras a menos que estén borrachos.

– ¿Y si no funciona siempre viene alguien?

– Sí, pero no tienes gran cosa de qué preocuparte. Revisé los reportes de incidentes de ese tipo durante los últimos tres años y sólo ha sucedido una vez durante la noche.

– ¿Y eso tiene alguna explicación?

– No, sólo soy recepcionista y espero que muchas cosas no sucedan e intento convencerme de que no sucederán en mis noches de turno, deberías probar mi método. La gente es rara por la noche.

Bajamos con una lámpara a la cava de aquel hotel cuyo subsuelo mostraba por estratos su paso a través de los siglos y era probablemente medieval a juzgar por el tamaño y la manufactura de la piedra. Las cucarachas tapizando el suelo eran menos de lo que me esperaba para lo que había visto al nivel de la calle y en los seis pisos del edificio. Me esperaba más a unos nidos de ratas que salen huyendo ante nuestros pasos. El botón era de un verde que se distinguía apenas, bajo la tenue luz del recinto, pero ya sabía cuál era y tuve incluso derecho a ver la pieza que siempre cambiaban y se había roto tantas veces, parecía de metal cualquiera, una tuerca con gigantismo que estallaba en las entrañas del hotel, al azar.

Durante la primera noche solo, me daría cuenta que se nos había olvidado hablar de la alarma contra incendios. Y digo “nos”, porque, para haber trabajo en aquel medio, cuando sabes que eres tú el que debe resolver todos los problemas, tendría que haberlo preguntado si él no me hubiera hablado al respecto. La plática era demasiado buena.

La primera noche es la peor, no se sabe aún el lugar de todo de memoria, hay dinero de por medio y todo lo que no funcione es tu deber o explicarlo o arreglarlo, sonriendo como un idiota, sin saber dónde están las herramientas físicas y virtuales. Siempre me concentro primero en el dinero, después en el servicio. Ayuda a estar mejor con el jefe. Por más métodico y previsor que se sea y por más notas que se hayan tomado, siempre hay imprevistos. Son cientos de acciones.

Tener un hotel a cargo son una multitud de tareas que se deben repetir antes de que se integren a un mecanismo de acción-reacción: ¿dónde está la llave? ¿Cuál es la clave para los pagos? ¿Cómo putas me dijo Fabio que se hacía una reservación in situ? ¿Y el aire acondicionado, cómo se prende? ¿Perdón? ¿Que si sé dónde venden droga y dónde hay putas? No señor, no sé, sólo soy un recepcionista de hotel y sé que me hace esa pregunta porque no soy blanco, pregunte en la calle.

La ventaja de que suceda lo que no quieres que suceda es que después las cosas parecen más simples. La alarma contra incendios sonó y no tenía la más mínima idea de cómo se apagaba antes de que la recepción estuviera llena de gente en piyama y que el telefono no se callara, un enjambre de estímulos y el avispero era mío, los negocios aledaños querían saber si ya me había dado cuenta de que se escuchaba en toda la calle y que si no la apagaba, los bomberos llegarían.

Unos se quejaban porque los había levantado de sus sueños parisinos, otros porque el ruido era francamente desagradable y querían saber si alguien o algo se estaba quemando de verdad y si su vida estaba en riesgo. Lo cual me parecía normal, sólo que me tocaba a mí dar razones. Tenía que responder a todas las preguntas y llamadas tratando de que no se notara que era mi primera noche.

Sólo un cliente se dio cuenta. El que se quedó hasta que le llamé a mi colega para pedirle ayuda entre una gota y otra de sudor y la toalla mojada de estrés en la mano. Afuera hacía más de treinta grados. Al cabo de quince minutos, bajo el sonido de la sirena como un prólogo de lo que me esperaba, logré apagarla.

No tuve tiempo de disfrutar de aquel momento, todavía tenía que encontrar dónde se había desencadenado e ir a verificar que nadie estuviera muriendo entre las llamas. Subí al elevador y me di cuenta que había dejado mi celular y el teléfono del hotel sobre la parte baja del mostrador: ¿Y si me quedo atorado? ¿Cómo voy a pedir ayuda? ¿Quién salva al recepcionista? Se me olvidó el consejo de seguridad. En caso de alarma, nunca se toma el elevador. Demasiado tarde, todo iba muy rápido. Cuarto piso, habitación 412.

Decidí aplicar el consejo de Fabio que tenía la virtud de no tener ninguna base religiosa sino de ser sólo el deseo de que las cosas no empeoraran, de que nada más sucediera aquella noche. Lo cual cambia nada, pero funciona a veces.

Unas semanas después del incidente, y habiendo pasado el periodo de prueba, me encontré con Fabio en un cambio de turno. Algunas veces trabajaba también durante el día. Estaba preparando su mudanza transatlántica y todos los ingresos eran bienvenidos. Le conté el incidente de la alarma y nos reímos juntos, despues me relató su primera velada:

– No tuve suerte, no me lo explico de otra manera. Fue el día de los atentados del trece de noviembre. Hacía menos de una hora que me habían dejado todo a cargo cuando los disparos y las explosiones comenzaron. La información va muy rápido. Los turistas y los locales empezaron a entrar al hotel para guarecerse. Todo el mundo tenía miedo al punto de dejar de preguntarse si tenían o no derecho de estar ahí. El derecho no existía en aquel momento, sino la sobrevivencia. Cuando hubo unas setenta u ochenta personas que no tenían cuarto en el hotel, regados por la recepción y la sala que tanto presumía el sitio de internet, pensé que sería una buena idea cerrar la puerta. Fue entonces cuando me di cuenta que no sabía dónde estaba la llave. Al inicio, pensé que era la peor situación de mi vida, pero después comprendí, entre una versión y otra de los clientes más las noticias que escuchábamos todos, que no podía hacer nada y que tendría que llamar a la jefa. Ni ella ni nadie quería estar en la calle en ese momento así que sólo me pidió que mantuviera la calma y esperara a ver qué pasaba. No olvides pedir la llave, a lo mejor puede ayudarte. Yo llevo trabajando de noche en el hotel desde entonces y nunca la he podido cerrar porque nadie sabe dónde está. Fue uno de los peores días de mi vida, cuando todo lo que podía salir mal, sale mal y aún peor. Al menos no entraron a ametrallar a la gente que se guarecía en aquí.

La persona del cuarto en cuestión me abrió la puerta, medio dormido, después de haber tocado tres veces y agregando “¡es la recepción, abra, por favor! Había fumado en la habitación pero se había acostado después de su cigarrillo como lo confirmaban su voz y ojos. No salía humo por la puerta, no olía mucho a cigarrillo. La ventana estaba abierta. No necesitaba saber más y baje a mi puesto.

Por aquel evento inesperado me retrasé con la lista de tareas por hacer, que duplicaban su tiempo de ejecución por tener que confirmar cada movimiento con las notas de mi cuaderno. Por esa razón se me quemaron las chocolatinas y los cuernitos que tenía que poner a cocer a las cuatro de la madrugada y para cuando acabé el setenta y cinco por ciento de las tareas, ya eran las seis. El desayuno fue un fiasco, pero los cobros había salido bien, para cuando llego el relevo de las siete.

La llave apareció pero ya todos se habían acostumbrado a dejarla abierta todo el tiempo. Sólo una vez la cerré y tuve en el fondo la sensación irracional de cometer una transgresión y no volví a hacerlo. No quería molestar a ningún fantasma, ya tenía suficiente con la chamba. Sí, comenzaba a pensar en cosas irracionales, al frente de la recepción de un hotel durante el verano, cuando había sido profesor de francés todo el año escolar, haciendo servicio social para este país, trabajando con sus pobres, para que dejen de ser pobres y hablen francés, pero no, no basta. Malditos papeles. ¿Que todos somos iguales cuando nacemos? Suena bonito, ¿pero luego?, como se pregunta Hugo TSR** conmigo durante esas noches: Tous égaux à la naissance, c’est bien joli, mais après? Y depende de dónde naces.

Para cuando Maher me anunció que la llave de la puerta había sido encontrada en el fondo de un cajón por casualidad, ya no la esperaba y me limité a pensar “mira, qué detalle”. Era una pequeña llave cualquiera para una puerta de cristal de tres metros de alto. En realidad no había mucho qué robar. La caja no excedía los ciento cincuenta euros en líquido, dado que la mayoría de las transacciones se hacían por internet o a través de tarjetas electrónicas virtuales difíciles de piratear por un ladrón a mano armada.

Por la puerta siempre abierta, salí con mi camisa floreada y habiendo pasado los detalles del cambio de turno a Charlotte con rumbo a Marsella, más despierto que habiendo dormido, de esas cosas del trabajo de noche que duran hasta que te derrumbas en cualquier sillón un par de horas después.

Iba a ver a Almarita. Si no hubiera sido porque me alojaba, no hubiera podido salir de vacaciones durante aquel verano oscuro, cuando los días son más largos, soleados y calientes; los que se esperaban desde el invierno, para curarse del cielo gris y mudo que puede tener París y durar por semanas o meses. El trabajo de noche saca a pasear a todos los demonios, sin correa, y luego los deja fuera durante el día, y hay que lidiar con ellos del desayuno a la almohada, porque los demonios no duermen.

Tenía cinco días, pero necesitaba al menos dos para descansar correctamente. A pesar de ello, estaba fresco para el día en que fuimos a acampar al borde un río en las cercanías de Marsella. El campo Francés es muy bello. Aún más durante el verano y de día. Mi trabajo me estaba volviendo loco y llevaba un mes tomando decisiones impulsivas, lo sabía pero algo no llegaba a la realidad, para ayudarme a no dejarme llevar por la inercia excentrica de la entropía social.

Un trabajo que te quita las ganas de vivir, no es un buen trabajo. Dejé de ver a mis amigos porque vivían de día, perdí el apetito y el sueño; fumaba como un chacuaco y bebía café sin medida. Tenía los nervios de punta desde hacía varios meses, se había vuelto la capa que cubría todo mi tiempo desde que me despertaba hasta que me dormía. Un hormigueo y también una especie de desfase de la consciencia que me daba la impresión de no estar donde estaba por algunos segundos y en repetidas ocasiones, antes de palpar la realidad para confirmar que no era un sueño, ni una pesadilla.

Tiene sus ventajas, todo te vale madres. El problema son las consecuencias, que sí eran reales. Sólo que yo no estaba así por ser un borracho al que se le pasaron las copas, sino por ser un inmigrante. Estaba triste y enojado. Más el segundo que el primero.

Tenía una profunda sensación de injusticia que aquel trabajo nocturno y mal pagado sólo podía acentuar, aunque no fuera el peor, era el único que tenía. En vez de enseñarle cosas a personas, estaba satisfaciendo los caprichos de pequeños capitalistas ultramarinos, todos neoliberales convencidos, la crème-de-la-crème de cada país, al menos financieramente, que querían soñar con un París que se irían sin conocer, porque habían venido a vivir su tarjeta postal y no a descubrir un lugar con un pasado y un presente multicolor, lo cual no se puede hacer sin conocer a la gente también, cualquiera que sea el idioma en el que se comunique. El que quiere, se da a entender, y las personas que pagaban aquellas tres vetustas estrellas en el barrio de la Opera, con su decoración estilo Louis XVI, en su mayoría, habían elegido aquel hotel porque estaba a unas cuadras de las Galéries Lafayette y Printemps.

Una gran parte de la clientela era asiática. En una ocasión, una chica japonesa me pidió en inglés que le guardara un par de bolsas para irse de fiesta:

– Pero tenga cuidado con la bolsa más pequeña es un…

– ¿Un qué?

– Un …

Tuve que dejar las diez bolsas que me había tendido sobre el mostrador para agarrar aquella de la que me hablaba. La abrí, miré al interior de la bolsa y vi que había una blusa de una tela suave y de color nacar.

– ¡Ah, ya!, una blusa…

– No, es un…

Entendí lo que intentaba decirme pero fingí demencia y nos quedamos en un error linguístico que ninguno quizo aclarar, no siendo el inglés la lengua materna de ninguno de los dos. No me interesaba en lo absoluto conocer el nombre de una marca a la una de la mañana ni a ninguna otra hora del día, aún menos cuando al ver la blusa vi el precio marcado en la etiqueta: mil euros y pico por un pedazo de tela.

Me dio curiosidad y cuando se fue, la llevé al back office – sí, la gente en ese medio rehusa las traducciones al francés y utiliza anglicismos a diestra y siniestra, una masacre; depende de las personas, hay algunos colegas que veo que se sienten más seguros cuando meten anglicismos, como si tocaran otro nivel del cual al mismo tiempo te hacen confidente, puesto que les has comprendido, lo cual te hace entrar automáticamente al círculo de confianza, sin que hayas pedido nada- para mirarla con detenimiento y sin pudor. ¿Por qué era tan cara?

La tela era tersa, es cierto, el corte era sencillo y elegante, para una chica como ella con formas asiáticas discretas y de talla baja, que seguro le quedaría muy bien y le daría un aire de inocencia angelical, con un toque porno sensual inspirado del Hentai, con aquel tono nacar ligeramente salmón, bajo el cual seguro se verían sus pezones como quien no quiere la cosa, para pasearlos por París. ¿Mil euros? La detesté y al mismo tiempo me dio lástima su vanidad y a pesar de tener un trabajo que odiaba, me sentí más libre que ella y me dio un cierto reconfort.

Miré la otra etiqueta: era poliestireno 100%, se podía meter a la lavadora, pero con la ropa delicada, no se podía poner en la secadora, no se debía planchar y había sido fabricada en Bangladesh. Dicho de otra manera, era una blusa más hecha de petroleo y producida con un sistema de explotación infame, pero con la etiqueta… Revisé las otras bolsas. Se había gastado más de quince mil euros en una tarde por doce objetos. Eso equivalía a un año de mi salario como recepcionista.

Pensé en fingir un robo y darle esa ropa a gente en la calle. Me imaginé llamando a la policía para declarar un robo, decir que se llevaron lo que había y que eran las bolsas. Ya que no había cámaras. Me ví relatando mi versión a los policías y firmar mi declaración, después anunciar la noticia a la japonecita, cuando llegara borracha de algún antro lujoso de los Campos Elíseos. Yo sé dónde están los gitanos en esta ciudad, y ellos habrían sabido sacarle jugo a esas prendas, pero para sobrevivir. Fue lo primero que se me ocurrió y se diluyó entre la clasificación de las reservaciones del día siguiente y los cobros virtuales. No me lo podía permitir. Me pareció súbitamente tan pobre y fea que dejé de intentar comprender y volví al mostrador para seguir mi faena, pero con una sensación de rabia que me acompañaría hasta Marsella.

Nadamos en el río, hacía un día magnífico, cocinamos, comimos, bebimos, cantamos, nos echamos como lagartijas al sol y la noche llegó. Hicimos una fogata. Se podía escuchar al fondo de los árboles a otros grupos que acampaban también, pero que eran apenas un murmullo. El hotel parecía tan lejano.

Cerca de las doce, dos chicas aparecieron entre los árboles. Una de ellas llevaba una matraca en la mano y jugaba con ella golpeando su palma ostenciblemente y dijo:

Bonsoir, ça va?

Todos saludamos en coro, sentados alrededor de la fogata y con el río a dos metros y las cigarras en pleno concierto.

– ¿Y siempre te paseas con la matraca o sólo hoy?, le pregunté. De verdad no entendía la situación, no era un robo, no llegaron dando de matracasos, pero no parecían venir de buena onda tampoco. Parecían tener entre quince y dieciocho años, dos morenas mediterráneas.

– Ah, no es nada, es por si acaso.

– Pero, si es por si acaso ¿por qué la muestras?

– No te preocupes, no te voy a pegar, tranquilo, me dijo sin dejar de golpear su palma con ella y con una sonrisa de desafío e inocencia fingida que debió haber visto en alguna de las tantas series que a su edad debía haber asimilado desde la infancia, llenas de clichés, entre ellos, el de la femme fatale mezclada con un super héroe o bien con un toque de pelicula de terror. En todo caso, nadie estaba a gusto con la situación.

– Lo siento pero no puedo estar tranquilo cuando hay una matraca y que me la están mostrando.

– ¿En serio te molesta a ese punto? No tengas miedo. Sólo veníamos a saludar, estamos en el campamento de al lado con mi tía. La matraca en suya.

– Pues no me gusta. Yo, cuando digo “hola”, no llevo una matraca.

– ¡Cálmate!, es más, ven con nosotras. ¿Se los podemos robar un ratito? ¡Ven!, me invitó tendiéndome la mano para que me levantara, pero manteniendo la matraca con la otra.

Ni siquiera me pregunté si era una buena idea, sólo me levanté, después del hotel, todo me valía madres, cuando uno no duerme, el mundo es un video juego, y lo peor que podía pasar era que dos adolescentes me masajearan con una matraca y que acabara en el hospital, al menos así no tendría que ir al madito hotel. Almarita me miró como diciendo “¿Seguro?”, mientras me levantaba para ir con ellas.

Caminamos entre los árboles y hablamos un poco de la matraca. Me dijo que no confiaba en la gente y que su tía era policía y que con ella se sentía segura. Pero no bajaba la matraca y seguía golpeando su palma por intervalos mecánicos con ella. La otra chica casi no intervino en la conversación, parecía más tímida y menos enojada. De vez en cuando, confirmaba alguna frase de su prima, con quien vivía en el mismo edificio desde que nacieron, en el barrio norte de Marsella, donde se mueve una parte considerable del tráfico de drogas de la región. Le conté que era extranjero y que, por otras razones, estaba enojado también, pero que no por eso iba con una matraca por la vida. Mentí. Aquel año, por primera vez había sido agresivo con algunas personas en las misiones nocturnas parisinas. Hay muchos diablos, afortunadamente no crucé a ninguno más enojado que yo. Y sólo espanté a un par, pero no golpée a nadie. En México no hubiera sido igual, me hubieran matado. Llegamos a su campamento. También había una fogata que la tía atizaba con una palo.

Bonsoir

Bonsoir. ¿Quién es usted?

– Lo invitamos nosotras, tía, lo encontramos tirado por ahí, dijo mientras reía en confidencia con su prima. Parecía más relajada, pero no bajaba la matraca.

– Pues bienvenido.

– Gracias. Me dijo su sobrina que la matraca es suya.

– Sí. Soy policía municipal. La traigo en la cajuela y en los campamentos nunca se sabe. Estoy acostumbrada a ver a lo peor de la gente.

– Pensó que le iba a pegar con ella, tía. ¿Y qué te hace pensar que no te vamos a golpear ahora?, me preguntó con la misma sonrisa maliciosa, levantando ligeramente la matraca, pero sin levantarse de los lugares que habíamos escogido alrededor del fuego. La tía esbozó una sonrisa que parecía de orgullo.

– ¿Y qué? ¿Le dio miedo?

– En todo caso yo no saludo así y una matraca no es como un ramo de flores tampoco. Claro que me dio miedo cuando salieron de entre los árboles con esa actitud.

– Era por bromear, ¡cálmate!

– Pues si es una broma, baja esa matraca.

– ¡No!, respondió como una niña encaprichada.

A su tía parecía divertirle la situación pero seguía acercando las ramas al fuego, con la punta de la vara con una calma casi meditativa, sin levantar la mirada y con una ligea sonrisa en la comisura de los labios, pero sin carcajear como las dos chicas que me habían escogido de juguete aquella noche y que se burlaban abiertamente del miedo que yo les había expresado, así como mi desacuerdo con el arma.

Lo que ellas no sabían es que yo me las había agarrado de misión. Todo el año había estado lidiando con adolescentes en cinco escuelas distintas y de edades diversas en barrios precarios y multiculturales. Disfrutaba ese trabajo y lo prefería sin duda alguna al hotel. Que bajara la matraca. En realidad era una proyección también. Había pasado un año autodestructivo-agresivo y afortunadamente no tenía una matraca, porque hubiera acabado en la comisaría, o aún peor, delante de un juez o en la cárcel. Quería bajar la matraca con ella, supongo.

– Si bajas la matraca, estaría más tranquilo. Ya que me invitaste, supongo que no desconfías tanto de mí.

– ¿Tú qué sabes? Ya te dije que yo no confío en la gente.

– Pues para no confiar en la gente, me has contado muchas cosas sobre ti. Yo cuando desconfío, no digo nada personal.

La sonrisa se desvaneció por un instante.

La tía volvió a sonreír levemente, parecía cargar muchas cosas aquella noche, pero estaba tranquila a la vez. No le pidió a su sobrina que hiciera o no hiciera algo, pero supongo que la sobrina sabía que si ella estaba ahí, podía contar con ella y por eso iba tan confiada, jugando a maltratar a un hombre, a verlo vulnerable, a ponerlo a su merced, con temor, pero que a la vez no huía. Comprendí que no debían haber tenido una vida fácil con los hombres. Un tronco soltó un lengüetazo brillante por un segundo. El fuego acababa de entrar en él.

– Te prongo lo siguiente: voy a ir a buscar la guitarra al campamento y, si bajas la matraca, les canto algunas canciones, ¿Qué te parece?

– … De acuerdo, pero primero cantas y si no me gustan, no la bajo, te lo digo de una vez.

– …De acuerdo, le respondí y mientras pronunciaba esas palabras me pregunté si no acabaría en el hospital porque a alguien no le gustaron mis canciones y con una guitarra rota que ni siquiera era mía. Pero sólo había una manera de saberlo. Regresé a nuestro campamento, les expliqué brevemente la situación a los amigos, agarré la guitarra y volví. Al verme llegar la chica de la matraca me dijo:

– Pensé que no ibas a regresar, como te dan miedo las matracas…

No respondí a su provocación, ni a su sonrisa. Parecían divertirse. Les canté tres canciones y al final le dije:

– Bueno ¿qué? ¿bajas la matraca?

– … Sí, pero sólo porque me caes bien. A mi tía también, ¿verdad, tía?

– Sí, sí, es usted divertido, confirmó sin levantar la mirada del fuego. Ya baja esa matraca, Angèle, hay que medirse, es mejor cuando la persona no sabe de lo que eres capaz y que te puedes defender. Si enseñas el arma inmediatamente, la otra persona quizás tenga una más letal, y lo sabrá porque le mostraste la tuya. Si llegas con un arma para intimidar, estás haciendo algo ilegal y sólo por sentirte fuerte y no para defenderte. Las armas no te hacen fuerte, si las necesitas, es que no estás en el lugar adecuado. Busca un lugar donde no haya violencia. Eso es lo que puedes hacer. En Francia hay mejores lugares. Pero no dejes la escuela. Si no, usted, ¿nos canta otra?

Angèle bajó la matraca y yo me eché otra canción, creo que era un reggae, algo estival, es lo único que recuerdo. Angèle se levantó dejando la matraca sobre la hierba para decirle algo al oído de su tía. La canción llegó a su fin y retomámos la plática pero agarró un tono inesperado:

– Mi sobrina me dijo que le parece muy guapo. ¿Cuántos años tiene?, me preguntó levantando la mirada y fijándome a los ojos.

– Treinta y tres.

– Es un jovencito. ¿Verdad, Angèle, que te gusta?

– ¡Sí!, respondió Angèle con un gesto seductor que nada tenía que ver con la chica de la matraca y que le quedaba muy bien, cruzando las piernas, soltando su cabello y mirándome a los ojos.

– Angèle tiene dieciséis y ya está grandecita. No tengo nada más que decirle, Angèle tiene su tienda, y aquí somos traquilas, mi novia llega en una hora con su sobrina.

– ¿También es policía?, pregunté por salir un poco de la conversación.

– Sí, un clásico, mucha gente conoce a su pareja en el trabajo. Y por Angèle, ustedes hacen lo que quieran, me cae usted bien y mi sobrina está que no puede más, es virgen y quiere dejar de serlo, y como no quiere hacerlo con el primer idiota, me pidió que la ayudara a elegir y usted cumple todos los criterios que me parecen mínimos: que le guste, que sea amable, que no sea violento, que tenga alguna cualidad como la música en su caso y que sea cachondo, terminó con una carcajada abierta que las tres compartieron.

Me sentía muy incómodo. La situación era absurda. Mil ideas pasaron por mi mente, unas ilegales, otras mortales, del mismo color que el hotel, nocturno. Para mi fortuna, en ese momento en que el diablo te está hablando mirándote a los ojos, surgieron dos amigas que estaban en nuestro campamento y que querían verificar que no estuviera muerto.

Aquel año, más el hotel, había visto cosas raras, a veces sentía que las situaciones no eran reales, esta era una de ellas, como en un tobogán divergente y continuo en el que se debía decidir en el instante la dirección que tomar. Necesitaba a mis amigos para decirme lo que era real y lo que no.

El círculo se agrandó, todo el mundo se presentó y no se habló más del asunto y, un cuarto de hora después, regresé a nuestro campamento con las dos, tratando de borrar la imagen de Angèle de mi mente y habiendo dicho:

– Lo siento, pero no puedo, es ilegal. Yo sólo quería que bajara esa matraca.

– Buenas noches, guapo, respondió la tía sin dejar de atizar el fuego, había retomado su gesto meditativo y la sonrisa en la comisura de los labios, su sombra se relfejaba sobre las casas de campaña, bailando al ritmo del fuego.

Volvimos a cantar alrededor de nuestra fogata y, con la decadencia que llevaba dentro, rompí una promesa de amistad con Almarita que no andaba en su mejor momento tampoco. Se había metido llorando y gritando al río con algunas chelas encima por algo de pareja. Su novio nadó hasta ella para traerla a la orilla y se fueron a dormir al coche para bajar la borrachera. Y fue cuando hice lo que me pidió que no hiciera y me acosté con su mejor amiga. No estábamos juntos, pero me lo había pedido pedido expresamente. Cuestiones de amigos y de errores ¿Por qué lo hice? No lo sé, estaba perdido, ebrio de sueño y de decandencia parisina, errando en mi migración. No se enteraría hasta el día siguiente de mi falta, así que fingí demencia y me subí al tobogán de la negación y la irresponsabilidad que me dejaba este trabajo y me fui de fiesta con Jiken, que llegó al día siguiente. De bajada en bicicleta y sin las manos en el manubrio.

Fuimos a bailar techno, cada quien con su infierno a cuestas, él había tenido un año difícil también. Nos metimos unas vitaminas, pero a mí se me borraron las ocho horas que pasamos ahí. El piloto automático navegó el avión entre ondas de refrigerador post soviético. En el fondo es lo que quería: no pensar. Y lo logré, sólo que me puse pesado con una amiga de Almarita, por lo que me contaron. Muy pesado. Por suerte, Jiken estaba ahí para contener mi coche sin frenos, y yo el suyo en los días siguientes. Los amigos, ¿qué haríamos sin ellos?

Al día siguiente tuve que afrontar la promesa que había roto y casi me cuesta su amistad, cuando ella me había invitado para salvarme del pozo negro en el que estaba, y disculparme con su amiga casi de rodillas, que era lo mínimo. Pocas veces había sentido tanta vergüenza en mi vida y miedo de perder una amistad.

Durante nuestra plática, muy enojada, me dijo antes irse:

– Y para que lo sepas, mi amiga que tanto te gustaba y de la que tanto hablabas desde que la conociste, estaba al lado de ustedes en la tienda y ¿sabes? Aquel día le gustaste mucho, ¡antes de que lo echaras todo a perder! No sé si agarraré la habitación en París. No te lo puedo decir ahora. Quizás deban buscar a alguien más.

Fue entonces cuando me di más cuenta de la profundidad de esa miseria: llegar a ser disfuncional con la toma de decisiones, incluso con aquellas que conciernen a los seres queridos o a los recursos vitales. No quería ir más a trabajar e iba por la vida como un zombi esperando que me atropellaran en cualquier esquina con tal de no volver al hotel y atropellando a los amigos.

Regresé en TGV y dos horas después de haber llegado, ya estaba en la chamba, Charlotte me pasaba el turno.

– ¿Y las vacaciones?

– La cagué en todo.

– Cuenta.

– En otra ocasión, todavía me duele la cabeza.

– Se nota. ¿Fumaste algo antes de venir?

– No, sólo me pasé de la raya en los días anteriores.

– Bueno, pues ánimo, porque el turno apenas empieza. Échate un café. Salut!

Estaba obsesionado con la idea de dejar el hotel a cualquier costo. Pero no sé cómo pasé de aquella idea a tomarme una media vitamina que había olvidado en mi bolsillo. Me la pasé con una chela. Tenía ganas de seguir de fiesta pero tenía que trabajar, pero ¿por qué no juntar las dos en un cocktail perfecto, si a partir de las dos estaba casi solo en la recepción?

Cuando la vitamina empezó a echar raíces en mi sistema nervioso con su flujo de pescado intravenoso, como bien lo describé mi hermano José Narváez***, la alarma de incendios se disparó. Era lo último que hubiera querido que pasara y ya sabía cómo era la cosa, si no encontraba qué cuarto era, en cinco minutos la alarma externa se activaría y, a las tres de la mañana, la policía vendría seguro. Así que fui irresponsable, apagué la alarma y subí corriendo a verificar el cuarto en cuestión marcado en el tablero digital. La luz y los escalones eran demasiado luminosos y ondulaban ligeramente y mis pies me parecieron divertidos y flotantes, de algodón, pero sólo duró unos segundos. Podía escuchar mi corazón latir como un animal al que persiguen para matarlo. Y si no me apuraba, sería la policía. Dos, tres escalones a la vez.

Toqué la puerta intentando fingir ser normal. “Que no haya fuego, que no haya fuego, que no haya fuego…” Una señora adormilada abrió y negó haber fumado, siendo que el humo salía por la puerta. Le pedí que dejara la ventana abierta y que apagara el cigarrillo y que si no lo hacía, llamaría a la policía. Sí, claro. Pero funcionó y bajé con una tranquilidad parcial, feliz por no haber matado a nadie al apagar la alarma y a seguir la chamba con un poco de diamantina en la sangre y una buena dosis de adrenalina. No me extraña que hayan usado esas vitaminas durante la guerra. Jamás habría podido dormir en aquel momento. “¿Sueño? ¿Qué sueño? ¿Qué es eso?”.

Sí, quería que me corrieran, pero ir a la cárcel por homicidio involuntario y negligencia en el trabajo, tampoco eran parte del plan. Sin embargo, no tenía otra opción por el momento a pesar de haber enviado decenas de curriculum durante los tiempos muertos de las veladas en vilo. En ese momento pesaba cincuenta y cinco kilos. No soy alto, pero sigue siendo poco. Y comprendí aquella noche si no encontraba otro trabajo acabaría en la cárcel, en la calle o en el hospital. En todo caso, solo y lastimado o habiendo lastimado a alguien, o una mezcla de los tres.

Me quedaba un mes y pico más. Almarita se vino instalar a la casa de la Courneuve como estaba previsto, a pesar de mi estupidez, y de hecho fue ella quien me encontró el trabajo en un liceo que me sacaría del hotel maldito y trabajaríamos juntos algún tiempo. La amistad siempre me ha salvado la vida. Pude bajar la matraca, ¡qué paz!, para comenzar. Habría que estar a la altura en el futuro.

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