Flores de moniato

Hace unos meses que nos saludábamos pero apenas habíamos hablado. Era el único vagabundo de la pequeña calle en la que vivo en el barrio nueve de París desde hace poco. Duerme bajo un pequeño techo de una antigua carnicería especializada en las tripas que nadie ha abierto en décadas y de la cual sólo queda la fachada anunciando los productos que alguna vez desfilaron cotidianamente. Todas las noches arma y desarma su campamento.

Sabía que hablaba y era español porque Lucas había ocupado aquella chambre de bonne en el sexto piso durante más de un año y lo oía maldecir de vez en cuando en nuestra lengua con un fuerte acento español y una voz de tenor maldito, “cuando se le va la olla, vaya boquita… No me gustaría ser aquel al que le grita”, me había contado.

Aquel día se me había olvidado el concentrado de jitomate que me había pedido S. para el cuscús que iba con la verdura que acabábamos de comprar por poca cosa en una tienda de hispters que vendía por internet lo que no lograba vender en su local a un precio exorbitante, por sólo unos euros a través de un smartphone. Por eso esperaba en la puerta del supermercado con la caja llena de tantas verduras de temporada por la cual cualquier madre hubiera estado orgullosa. Sólo faltaban las chelas y el jitomate.

– ¿Qué tal?

– Bien, todo bien, ¿y usted?

– Igualmente, ¿qué? ¿Tenéis un conejo en casa?

– ¿Por qué?

– Por toda esa verdura ¿O qué? ¿Vais a hacer una sopa? Por que con lo que veo aquí, dijo acercándose con ojo de experto, yo haría una sopa. Hay cebolla, hay nabo, hay zanahoria, hay patatas, hay ajo. ¿Tenéis especias? ¿tenéis laurel?

– Sí. También hay algunas frutas. ¿Quiere una?

– No, no, ya he comido, es que, viendo tanta verdura, me hace pensar en un buen caldo. Aquí en Francia la gente no come mucho caldo, aquí la sopa no es lo suyo. Sobre todo ahora que hace frío, cae muy bien.

– Es cierto que, además de los turcos o los magrebíes, no se come mucha sopa ni caldo.

– Sí, aquí el caldo no es lo suyo. ¿Vais a poner algo de carne?

– No creo.

– Entonces no hay que olvidar las especias.

– S. está en el supermercado. ¿Necesita algo?

– No, le agradezco. Vi que también tenéis moniato en la caja.

– ¿Moniato?

– El tubérculo este, la batata…

– En mi país no se come… Ah, el camote…

– Es delicioso en sopa… Mi madre siempre cogía uno, lo ponía en un vaso con agua y crecía una planta, así, rápido, y si se quería se podía poner un tutor para que fuera más alta… Y salía una flor hermosa. A mí me encantaba cuando ponía el moniato, la flor en forma de campana, con lo feo que es el moniato y ya ve qué cosa más bonita sale de eso. Blanca y algo rosa y algo violeta. Me encantaba, luego no sé por qué ha dejado de hacerlo. Yo creo que un día se cansó y ya está. A mis hermanas les encantaba recoger las flores, tiraban ligéramente por la base para que el pistilo saliese, pero sin arrancarlo, ¿Sí ve? Una cuestión minuciosa, para luego usarlos como pendientes; eso les daba ganas de jugar a las princesas y sacaban los vestidos de la comunión y todo y, como la flor es blanca, combinaba perfectamente y el violeta se veía más ¿Sí ve?

– Me lo puedo imaginar perfectamente.

Mientras me contaba esto sus ojos miraban hacia el infinito del pasado, al fondo del mar, de la tormenta y del pozo, al fondo de lo que fue y que no será de otra manera; de lo que fue bello y que nadie te puede arrancar y que vuelve a la superficie por un instante como un oasis. Su mirada estaba en otra parte, cuando se abre un recuerdo y uno sólo es una puerta hacia otro tiempo mientras se habla de ello; el actor de su propio pasado bajo su propio filtro, lo que uno es, gracias a lo que fue.

Yo conocía el camote que se consume en México sobre todo en postre, pero no la planta. Sin embargo, por la voz que empleó para contarme aquello casi la podía ver bajo una luz brillante, en el borde de una ventana o al lado de la estufa llena de olores, y los colores que me había descrito desfilar translúcidos, con la presencia de su madre, bella, otoñal y primaveral como aquel tubérculo, protectora, eterna; escogiendo un moniato entre todos los demás para que adornara el espacio y sus vidas, como el tiempo lo confirmaría, puesto que a pesar de todo lo que lo llevó a la calle y que sólo él conoce, el primer recuerdo que le trajo aquel camote, su moniato, boniato, batata, patata dulce, le dibujó una sonrisa en los labios.

– A mi madre le gustaban mucho y a mí también, y en sopa es muy buena; pero se cansó, o yo qué sé; que tenga buena tarde, me tengo que ir, he quedado con alguien.

Yo me quedé con el moniato en las manos y su flor en la cabeza. Una flor por conocer, relevo de un recuerdo lejano al pie de una puerta de supermercado con un cubrebocas por la Covid. Son tiempos extraños, de encuentros sin rostro. La calle es más suya que nunca y nosotros estamos encerrados por decreto. A él le da igual, aunque haya menos limosnas.

Dos días después nos encontramos con él a dos calles del estudio, nos reconocimos. Él estaba sentado al lado de otro vagabundo, pero sin hablarse. Después de saludarnos me dijo:

– Me he quedado pensando en la sopa y mire, me dijo alzando una sopa en tetra-brick; he encontrado una en el supermercado, la he ido a calentar con el panadero en este vaso de café y le confirmo: cuando hace frío no hay nada mejor que una sopa. ¿Le quedó buena la última vez?

– Sí, quedó buena, para la próxima ¿quiere que le baje una porción?

– No, gracias, de verdad, tengo todo lo que necesito, le agradezco, que esté muy bien.

– Usted también, buenas tardes.

– Buenas tardes y ¡dad de comer bien al conejo!, dijo invitándome a seguir mi camino, con una sonrisa en la comisura de los labios, con el gesto de alguien que sabe que acaba de dejar una huella en su intelocutor y que no quiere mancharla con una palabra más, ni con una mirada.

Continué mi paso y al voltearme vi que se estaba yendo también, con la mochila al hombro y el vaso en la mano, hablando solo en voz baja con alguien que no estaba ahí.

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