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El final del año escolar se aproximaba y los trayectos cotidianos atravezando la ciudad de norte a sur comenzaban a picar, a dilatarse con el verano. Una amiga me ofreció dejarme su estudio en el centro de París mientras se iba de vacaciones a algún lugar tropical para que pudiera ahorrarme la mitad del trayecto e ir al trabajo en bicicleta, lo cual desde mi suburbio norte no es imposible, pero como es un departamento y barrio de pobres, no les importa mucho acondicionar pistas como es el caso dentro de París o en otros suburbios ricos y el trayecto es peligroso hasta llegar a París. Prefiero arriesgar el pellejo por otras causas.

La verdad me venía bien para una de las últimas semanas, un pequeño cambio en la rutina que pule un poco las aristas desgastadas cuando se está en el punto en que se tiene que hacer de tripas corazón. Una de esas noches bajé a comprar lo que me faltaba para la cena al supermercado al pie del edificio, al lado de rue de Rivoli. Elegí lo que necesitaba y me fui a hacer fila.

La chica que estaba frente a mí colocó sus compras sobre la banda transportadora de la caja. Tenía unos veinticinco años, era rubia, tenía un rostro de “nunca he roto un plato », francesa porque la escuché hablar brevemente con la cajera al pagar; Sus compras eran un champiñón y una pasta de dientes. En mi barrio de inmigrantes, como en México, la gente compra por kilo o más. Se me había olvidado que París es otro cuento en los detalles, aunque nos una el metro. Lire la suite

Quand le cycle de la vie t’arrange

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Il était une fois un bon chat qui faisait son taf et dont les propriétaires en étaient fiers. Il s’appelle Néko. On échangeait avec lui une boîte de thon pour chaque souris chassée. Bien entendu il tenait à laisser la proie dans un endroit bien visible dans la maison ou sur la terrasse et il guettait dans un coin l’arrivée du premier venu pour sortir à sa rencontre en remuant la queue et en miaulant : « regarde comme je suis un bon chat, passons à la caisse, paie ton thon».

Comme dans toute coloc, les tâches sont partagées. Celle du ramassage de souris en est une que j’évite dans la mesure du possible, des phobies apprises dans la famille, liées à la pauvreté des générations précédentes et qui restent. Je n’avais la même phobie de ma mère mais elle m’a transmise un dégoût profond pour les rongeurs.

Jim et Kenji le comprenaient et on échangeait le ramassage et et mise en sac contre quelques bières, le dîner ou leur tache ménagère de la semaine. Quand on veut éviter une activité, il faut mettre le paquet.

Un samedi soir Néko avait laissé un petit rat sur la terrasse au moment ou tous les deux partaient je ne sais où, tout ce que j’ai compris ce que c’était à moi de m’en débarrasser. Si c’est à comparer, Lire la suite

La sal no sala, el azúcar no endulza y algunas ratas

La sal no sala y el azúcar no endulza

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Charly García, 1994

 

La llegada de Misósofos a la Courneuve coincidió con varios eventos. Primero, con la crisis española que lo concernía directamente y que fue el motor mismo de su migración. Segundo, con el final de la relación con mi ex novia con quien viví durante seis años y con quien compartía aún el cuarto y la cama. Tercero, con la llegada del verano. Cuarto, con la visita de los padres de la susodicha que veían a pasear por primera vez a Europa y a ayudarle al mismo tiempo a llevarse todas las cosas que podía pagar y que le autorizaban en un avión. Y quinto, con la excavación para poner los cimientos de un nuevo edificio al otro lado de la calle donde antes hubo un campo de gitanos durante tres años.
En la Courneuve, Lire la suite

Tares dés

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Slinkachu, 2015

 

Chacun ses tares,

chacun se tait quand il le croit nécessaire,

à tout un chacun sa boussole

et ses hasards,

sa tristesse ringarde,

y compris pour soi ;

sa mégarde,

mal placée,

hors tempo,

et les bons jugements faciles

avant la tempête.

Chacun ses tares, Lire la suite

Llaves

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Seth, 2013

Cuando me dieron las llaves del primer hotel parisino en el que trabajé, me preguntaba si esas ganas de tocar a todas las puertas para vivir en otro país se terminaba ahí: con todas las llaves de un hotel completo que dejaban bajo mi responsabilidad por la noche. Al mismo tiempo, me decía que eso me pasaba por andar de curioso en Francia. Hubiera preferido rechazarlas, pero necesitaba la lana y de paso aproveché para probar las llaves que me parecían en desuso, para pasar el tiempo, las noches en vilo son largas y si uno no se mueve los demonios se instalan.

Cuando pasé a la secundaria, me dieron las llaves de la casa para que pudiera volver después, mientras mis padres llegaban del trabajom con mi hermana en brazos. Aquellas llaves abrirían la primera experiencia de la soledad en un espacio propio : entre la salida a mediodía y las tres de la tarde que es la hora para lo cuál lo único que tenía que hacer por la familia era comprar el kilo de tortillas cotidiano al lado de la escuela, llegar a la casa, quitarle el papel, cambiarlo por una servilleta y depositarlas en el tortillero térmico para que no se enfriaran. Por lo demás, aquel espacio y tiempo me pertenecían y durante aquella etapa no daba muchos problemas, así que nadie me pedía que rindiera cuentas sobre lo que hacía desde que tenía aquellas primeras llaves: aprender a estar solo y disfrutarlo.

Aquellas mismas llaves, con la que se agregó con los años a causa de los robos en la unidad habitacional, una chapa más, fueron las que mis padres me pidieron de vuelta porque no respetaba ninguna regla de la casa. Era cierto, me lo merecía. Lire la suite