Ennui

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HOPARE, Technique mixte sur toile – 90 X 60cm, 2013

C’est peut-être pour ça que je ne m’ennuie jamais :
J’oublie plein de choses
à la vitesse de la ville.
Celles qui m’ont surpris et plu,
celles qui ont blessé et qui ont guéri.
Je suppose que j’oublie au cas où
et, sans doute, sans faire exprès,

entre deux métros,
Et quelques fois
jusqu’à mon prénom,
pendant un instant
mais, Yo-yo
revient toujours ;
faire le tour de la question
comme si c’était la première fois.

P’tite trace de Miguelito

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Seth, 2016?, Paris XIII

Une mère affolée arrive avec son enfant au cabinet d’Oliverio. Pendant l’entretien préalable, elle lui fait part des épisodes convulsifs de son fils, mais surtout :

– J’ai eu un appel de l’école et j’ai été convoquée parce qu’ils l’ont vu préparer et prendre une trace de Miguelito (poudre acidulée, salée, sucrée et pimentée, vendue comme bonbon) dans les toilettes, et une autre fois sniffer le graffite du crayon. Je ne sais plus quoi faire. Je l’ai aussi vu faire à la maison. Où est-ce qu’il a pu apprendre ça ? Je suis démunie (sanglots).

Il a dû prendre du souffle pour ne pas rigoler à l’image de l’enfant faisant semblant de se droguer. Il lui est venu à l’esprit le souvenir de lui-même faisant le même geste, mais avec de la poudre de craie à l’école primaire.

– Est-ce qu’il regarde la télé, madame ?

– Bien sûr, comme tous les enfants.

– Et vous surveillez ce qu’il regarde ?

– Je crois, oui.

– Est-ce qu’il va sur internet ?

– Plus que la télé, alors là… Indécrochable.

– Peut-être que les idées viennent de là, à moins que vous-même… Lire la suite

Fais voir ta canette

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Le pigeon s’approche à tâtons,

pourtant,

les poubelles ne sont pas loin,

quai d’Austerlitz,

Il me mate de son œil orange,

puis mate ma Pelforth,

l’inspecte, suspecte,

picore sans miettes,

fait un tour de vol,

entre Seine et ciel,

revient, atterrit,

guette,  sautille,

béquette la canette

et s’envole,

Les animaux ne sont pas cons,

ils n’aiment pas l’alcool.

Pelando cable

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El sol anunciando la primavera,
las aves libres,
Ivry, al sur de París,
brilla sacudiéndose el invierno,
y él pelando cable,
ahí, en un minipuerto abandonado,
donde el Sena y el Marne
mezclan sus aguas,
donde una pagoda gigante,
para los sueños chinos
de la gente
se erige victoriosa,
como si siempre hubiera estado ahí.
No es por la vista majestuosa
que ha elegido el puesto,
sino porque hay tantas cosas en esa ciudad
que sólo cambia de nombre
pero no de piel,
desde Mantes la Jolie
hasta Melun,
pero ninguna le pertenece,
además de su mochila, su tienda
y su oruga para dormir.
Su orilla es un no lugar,
al lado de un puente sin peatones
y coches eventuales,
en una calle con una estrecha banqueta
que siempre está en obras
pero que nunca arreglan completamente.
Ahí,

pelando cable
al lado de una alcantarilla,
donde no hay ratas,
pelando cable donde no le digan que estorba
o que es una mancha.
No le gusta vender torrecitas
o cualquier tontería,
ni jugar al gato y al ratón
con la policía.
Menos sin papeles
y sin hablar francés.
Pelando cable para sacar el cobre,
para llevárselo al gitano,
que conoció en un lote baldío,
buscando lo mismo que él.
Pelando cable,
a punta de cuchillo, Lire la suite

Las plantas no son lo mío

Para algunas cosas soy muy parco. Las plantas no son lo mío. Lo intenté a lo largo de mis estudios de ingeniería, después de todo estaba en una universidad de agronomía, pero sin mucho éxito. Cuando me mudé a mi primer departamento compartido, a los veinte años, lo volví a intentar, tomando el cuidado de escoger algunos cáctus que un viejo vendía afuera de la estación de autobuses de Texcoco, pensando que esta especie sí debería permitir acordarme de regarlos de vez en cuando. En la casa nadie más tenía plantas así que tampoco podía contar con ellos y un día me di cuenta de que ya estaban completamente secos y acabaron en la basura.

Debo decir también que en casa siempre hubo plantas, tanto en la de mi madre, como en la de mi padre y que todos en la familia trabajan en la agricultura de una u otra manera. Todos son agrónomos. Así que no tengo pretexto en ese sentido, sí fui testigo de cómo se cuida una planta y cómo embellece un espacio.

A la primera casa que tuve sólo con mi ex novia, no fueron plantas en maceta, sino pasto lo que quise probar aquella vez. La casa era un solo grupo de cuartos construídos sin arquitecto, pegados en fila al lado derecho del terreno, visto desde la entrada. El resto era tierra aplanada y una barda de dos metros que rodeaba el rectángulo del terreno.

Era bastante feo y fue la primera vez que sentí la verdadera necesidad de que hubiera naturaleza en mi espacio personal. A esto se sumaba el entusiarmo de tener por primera vez desde los dieciseis años, cuando salí de casa, un espacio privado después de la decena de cuartuchos compartidos que había tenido desde entonces y la relación que tenía iba viento en popa.

Al lado de la casa, había sólo un vecino contiguo y algunas hectáreas de maíz a un lado de la calle que no estaba pavimentada, y casas en la parte baja a unos cien metros de nosotros. La casa estaba al inicio de la montaña, pero lo suficientemente en alto como para ver todo el valle de México, cuyos cielos son grandiosos, así como la ciudad de día y de noche, más aún cuando se ven de lejos y no dentro del mostruo.

La construcción dejaba mucho que desear, pero la renta era modesta y teníamos luz verde para arreglar el espacio como quisiéramos. Como locatario, era una experiencia nueva y se sumaba a los proyectos que teníamos en aquel momento de nuestras vidas. Ella estaba haciendo la tesis para titularse en psicología y dando clases en una preparatoria privada. Yo estaba cursando el último año de ingeniería en alimentos, dando clases en una universidad privada y en la Alianza francesa, y comenzando la tesis. Teníamos mucha energía y queríamos un lugar bonito para vivir. Lire la suite