La moto maldita de Martinica

Me fui de Francia porque me estaba volviéndo misántropo. El mundo occidental y capitalista ofrece muy pocas posibilidades para aquellos que no quieren hacer “carrera” en cualquier medio. Es decir, para aquellos que quieren aprovechar la fortuna de vivir en un país en que existe un salario mínimo que te permite vivir decentemente, a condición de no vivir en París, y tener tiempo para hacer otras cosas como poemas, canciones y conciertos.

Llevaba varios años trabajando por temporadas en las estaciones alpinas de sky durante el invierno, y los centros recreativos durante el verano. Había abandonado toda pretención social. El rincón al fondo de la cocina, lavando los platos, me acomodaba a la perfección. Lejos de las miradas de los que se sienten especiales pagando caro por una comida barata para nutrir la ilusión de las vacaciones, me sentía a gusto. Podía llegar con la peor resaca del mundo, despeinado, mal fajado, con ojeras, o en la mejor forma de mi vida, a nadie le importaba un comino.

Durante la adolescencia, había sido un chico al que le gusta llamar la atención. La patineta y el rap llegaron entonces. Casi me vuelvo patinador profesional, con patrocinador y todo, antes de que mi madre me convenciera de que la universidad era mucho más racional. Me dijo que ya vería, que el mundo era cruento y que era mejor tener papeles que te permitieran jugar el juego. Una lesión hizo más fácil elegir la opción materna. Me quedé con el rap, al cual se sumó la poesía, cuando abandoné la patineta.

Al entrar a la universidad de Lyon, en la licenciatura de literatura francesa, seguía teniendo esa tendencia a querer llamar la atención, pero ya me daba pena alzar la voz para no decir nada, como toda la bola de pseudo intelectuales recién paridos del liceo. Empecé a concentrar esos deseos durante los momentos en que se lanza un texto con una base, y con un micrófono.

El rap no se enseñaba en la facultad, ni tampoco la escritura de poemas, sólo se hablaba de suposiciones sobre lo que tal o cual escritor quizo decir. Como la mayoría de esos escritores están muertos, los profesores nos contaban lo primero que les pasaba por la mente. Así me lo parecía entonces, y no me quedé para averiguar si era cierto o no. Eso de estar sentado mucho tiempo y en silencio, nunca se me dio muy bien, y las butacas de los auditorios no están ni acolchonadas. Razones para no seguir ahí, me sobraban. Lire la suite