Todo por un dedo o Parado-de-manos y otras calles

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Un hilo metálico apretaba mi dedo pulgar del pie. Era lo suficientemente  delgado como para cortarlo. Blandía su diámetro discreto en mi carne, comenzaba a doler, supongo que porque podía presagiar el poder de  una minúscula cuchilla cilíndrica.

Mi amigo tiraba del borde que favorecía el cierre del nudo y la entrada del metal en mi piel. Se trataba de un juego infantil, un encuentro de dos pequeños machos que se debaten, cual leones neófitos que quieren probar quién es el cachorro más fuerte y acaban por calentarse y morderse de verdad.

Gritaba: « ¡No, ya, suelta el cable! ». Eso pedí, puse un  acento un tanto aterrado en la voz, acompañado de un gesto duro: el ceño fruncido. Alcé la voz porque, era claro, si seguía tirando del cable, mi amigo acabaría por cortarme el pulgar. Y la cuestión es que yo sabía que él era mi amigo, pero sabía también que si seguía jalando así, con esa fuerza que sentía cada vez más dentro de mi carne, a pesar de ser mi amigo me amputaría el dedo.

¿Qué hacer? ¿Negociar o atacar? Es decir, ¿defenderme o atacar? Porque, después de todo, era un amigo ; pero también sentía como si una boca lisa se aferrara a mi dedo, fría, con fuerza, poco a poco, mientras negociaba una vez más:  » ¡Ya, no mames, suelta el cable o te rompo la nariz ! ».

Sujetaba su nariz con fuerza, por si acaso . Con disgusto y miedo. Disgusto, porque era mi amigo y eso no debía estar pasando; y miedo, porque si terminaba por hacer rodar mi dedo por el suelo, no sabría qué hacer.

Un nuevo tirón llegó hasta el hueso y no tuve opción. La sangre brotaba de mi dedo y comenzaba a hacer un pequeño charco alimentado por las gotas del pie suspendido antigravitaroriamente, que era como estaba, con la pierna levantada en ángulo agudo, tratando de disminuir la tensión.

No tuve opción y sumí la mano hacia su cara. Su nariz entró en su rostro como la cabeza de una tortuga, crujiendo como cuando se rompe el cartílago del esternón de un pollo. En su lugar, quedó un ombligo lleno de la pelusa ambiental de mi cuarto, en el centro del triángulo de los ojos y la boca, como es habitual en esos casos. Lire la suite

Hacer de tripas corazón II / Prendre son mal en patience II

LA SINFONÍA DEL ABEJORRO / LA SYMPHONIE DU HANNETON

Segunda propuesta para éste periodo donde las puertas de la creación deben estar cerradas. He aquí la escena de apertura de una de las mejores cosas que me hayan pasado este año, La sinfonía del abejorro (La symphonie du Hanneton), producido por la Compagnie du Hanneton en 1998. Este nieto de Chaplin simplemente hace de todo y tiene unas ideas muy, muy locas.

El espectáculo completo está en el vínculo al final del artículo, y lo mejor de todo, es que no se necesita traducción, todo pasa a través del cuerpo, de la música y de la voz.

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Pour ceux qui n’ont pas le plasir de le connaître, voici James Thiérrée, une des meilleures choses qui me soient arrivées cette année. La vidéo est la scène d’ouverture du premier spectacle de la Compagnie du Hanneton, leur premier opus: La symphonie du Hanneton, crée en 1998. Ce petit fils de Chaplin fait un peu de tout, et surtout il a des idées loufoques et poétiques à ne pas en finir.

Si cette mise en bouche vous convient, vous pouvez avoir le menu complet sur le lien à la fin de l’article

Y el espectáculo completo / et le spectacle complet:

 

 

 

 

Puertas

Puertas. En mi casa siempre se azotan la puertas. Misósofos cierra la suya con llave. Le gusta. Su padre era cerrajero y otras cosas más. Mateo duerme con la puerta abierta. Yo no puedo. Kenji lo hace cuando llega muy borracho, pero apenas la deja entreabierta. En verano, las puertas de la terraza están siempre abiertas. En invierno, sólo la del baño. Por eso se azotan: basta con que alguien abra una ventana para que se haga una corriente de aire.

En casa de mi padre, la primera que construyó, no había puertas en el interior, sólo umbrales. A mi padre le gusta construir casas y cosas. Pero siempre tarda con las puertas. En la primera casa ni siquiera recuerdo cuánto tiempo pasó para que hubieran puertas, en su lugar había cortinas en los umbrales, de manera más oriental. Cuando las hubo, las cerraduras tardaron casi tanto como las puertas. Mientras tanto, se atrancaban con un trapo. Seguro que eso no pasaba en casa de Misósofos. Tampoco en la de mi madre.

A mi madre también le gusta construir casas. Pareciera que están compitiendo, pero yo sé que no es así, sólo les gusta construir cosas. Acompañados. Mi padre por Naty, mi madre por Juan. Pero a mi madre sí le gustan las puertas. Con cerradura y todo. Ella antes de mudarse a la casa en la que construyó, puso todas la puertas, ventanas, armarios, y todos acabados. Los detalles que decía que faltaban, yo no los podía percibir la primera vez que llegué de Francia.

Mi padre me llevó a cuidar la casa que tenía ventanas y puertas exteriores pero que estaba vacía por dentro, para cuidarla por la noche, sin electricidad, sin luz, dentro del cascarón, porque habían intentado robar el calentador y otras herramientas. Cavamos la fosa séptica a punta de pico y pala. Es decir, no es por pereza que no puso puertas tampoco en la segunda. Es sólo que las puertas para él no eran imprescindibles. Cuando las hubo, siempre estaban abiertas. Mis hermanos crecieron con las puertas abiertas, todos. A mí, siempre me gustó cerrarla, supongo que porque me gustaba esconder cosas y eso ayudaba. Ahora no escondo nada, pero siempre cierro la puerta, o al menos no escondo lo mismo que antes.

La puerta está siempre cerrada cuando estoy dentro, pero las ventanas están casi siempre abiertas. No me gusta que se acumule el humo y siempre fumo en la habitación. Suelo usar la ventana como puerta para ir hacia la terraza. Lire la suite