Flores de moniato

Hace unos meses que nos saludábamos pero apenas habíamos hablado. Era el único vagabundo de la pequeña calle en la que vivo en el barrio nueve de París desde hace poco. Duerme bajo un pequeño techo de una antigua carnicería especializada en las tripas que nadie ha abierto en décadas y de la cual sólo queda la fachada anunciando los productos que alguna vez desfilaron cotidianamente. Todas las noches arma y desarma su campamento.

Sabía que hablaba y era español porque Lucas había ocupado aquella chambre de bonne en el sexto piso durante más de un año y lo oía maldecir de vez en cuando en nuestra lengua con un fuerte acento español y una voz de tenor maldito, “cuando se le va la olla, vaya boquita… No me gustaría ser aquel al que le grita”, me había contado.

Aquel día se me había olvidado el concentrado de jitomate que me había pedido S. para el cuscús que iba con la verdura que acabábamos de comprar por poca cosa en una tienda de hispters que vendía por internet lo que no lograba vender en su local a un precio exorbitante, por sólo unos euros a través de un smartphone. Por eso esperaba en la puerta del supermercado con la caja llena de tantas verduras de temporada por la cual cualquier madre hubiera estado orgullosa. Sólo faltaban las chelas y el jitomate.

– ¿Qué tal?

– Bien, todo bien, ¿y usted?

– Igualmente, ¿qué? ¿Tenéis un conejo en casa?

– ¿Por qué?

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