¿Dónde putas he andado? II: La cajuela

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Aquella tarde de viernes había terminado la chamba en la escuela de Ivry, un suburbio al sur de París al lado opuesto de la Courneuve, donde vivo. Como cada día, para hacer más digerible el trayecto de una hora y media, lo hacía por etapas. Esa tarde iba a pasar a visitar a Pierre Luc, el primo de Kenji, cerca de la Bastilla para echar una chela y aprender, más que hablar, sobre el rap actual al cual es adepto. Al llegar, me abrió la puerta uno de sus amigos, lo saludé y me presenté, su respuesta fue la siguiente:

– Si quieres, pero ya nos conocemos.

Mis ojos se entre cerraron instintivamente, mirando esta vez con atención su rostro para tratar de conjugarlo con algún recuerdo, sin suerte. Supongo que se dio cuenta puesto que retomó la palabra:

– Pues yo sí me acuerdo de ti, cuando te subiste a la cajuela de mi coche.

– ¿Perdón?

– Lo que te digo, insististe en subirte a la cajuela.

Seguía tratando de encontrar algún recuerdo pero nada parecía querer subir a la superficie de la consciencia.

– ¿ Y había alguna razón para que quisiera hacer eso? ¿Estaba borracho? Lire la suite

Bailar el candombe de la vida

Blublu, Lisboa 2013El candombe del olvido,

tal vez si yo le pido un recuerdo,

me devuelva lo perdido. […]

El candombe del recuerdo

le pone un ritmo lerdo al destino

y lo convierte en un camino.

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Alfredo Zirarroza, El candombe del olvido, 1968

Pasé tanto tiempo mirando las paredes,

que había olvidado

que mi cuarto tiene también tiene ventana

que lo fácil de dejarse llevar por la vida,

no sin herida,

sino con perdón,

que siempre se está vestido para la ocasión,

después de todo, así llegamos al mundo,

sin canción,

sin caminar,

sin baile,

y ahora cantamos y bailamos ese candombe,

a través de la noche y los edficicios,

a través de nosotros mismos

aunque nos obstinemos en disfrazarnos todos los días

en encontrarnos amos,

siempre estamos listos

si nuestra alma es sana,

a veces, con disgusto

o sin darnos cuenta.

Sólo hay que tender la mano

y disfrutar el manjar

del cenáculo personal,

para sentir el arsenal

de la vida a flor de piel,

ser Pedro o Michel

da igual, Lire la suite

Botellita al mar

Bottle, Kristen Lepore, 2010

En el borde de tus aguas
hay un murmullo de sal,
son aladas tus espumas,
es salado tu cantar.
Hay flores en el mar.

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Jorge Drexler, Flores en el mar en Llueve, 1998

Una botellita al mar,

momento de billar cósmico

aparente caos estelar

que fue punto,

y va lejos hacia donde no sabemos

y que flota en su vacío

sobre algo que ignoramos.

La botellita también flota,

botellita con una flor,

no te pudras antes de llegar a puerto

o navega como las de Iemanjá.

Botellita seca,

Una uva pasa, un cascabel, Lire la suite

Soy ilegal y ya estuvo, ciao

Francisco José de Goya (1746-1828), Modo de volar plancha No. 13 de Los Disparates, 1815-1824

Hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera por ellas la fobia del vulgo. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia.

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Samuel Beckett, Relatos, El final, 1945

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Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera;

y las fronteras se mueven, como las banderas

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Jorge Drexler, Frontera, 1999

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Cuando cruzamos la puerta de la Office Français de l’Immigration et de l’Intégration, dos rostros arquearon las cejas, interrogándonos. Eran el guardia y la secretaria. Pero más que ellos, fueron ciertos detalles del lugar lo que llamaba la atención. Los asientos eran demasiado turquesas, un poco pastel, y la escalera de caracol con su barandal rojo carmín y sus peldaños blancos y su silencio incómodo. Saludamos. El guardia verificó el contenido de mi bolsa mientras Saad hablaba con la secretaria y Sani esperaba sin decir nada. Saad es pakistaní, y Sani es hindú, pero hablan la misma lengua, el punyabí.

Nos recibieron diciéndonos que sin cita no se podía ver a nadie. Saad preguntó por una persona en particular. La secretaria rubia de unos cincuenta años respondió de entrada que estaba ocupado. Saad insistió. Ella llamó mientras repetía que estaba ocupado. Confirmó que estaba ocupado y colgó. Saad le dio otro nombre. Ella lo miró por un segundo y después marcó la extensión. La persona respondió, su asentimiento lo probaba. Nos pidió que esperáramos. Fue entonces cuando descubrimos los asientos demasiado turquesas. Estaban demasiado limpios. Ninguno de los tres tuvo el reflejo de sentarse. Sólo Saad y yo lo vimos, en realidad, pero Sani también lo sintió, al menos por el brillo. Todo lo demás era blanco o gris en aquel espacio.

Lo hicimos de cualquier manera, nos sentamos en silencio. El guardia miraba por la venta mientras jugaba con su corbata y con la identificación que llevaba alrededor del cuello. Afuera el sol estba en su cara más bella, bañando la primavera, como pocos avriles. A Hopper le hubiera gustado la manera en que el guardia contemplaba a los transeúntes. La secretaria encadenaba llamadas. El guardia, después de cinco minutos se sentó en su silla anaranjada. Había pocos objetos de colores, pero los que había parecían ocupar todo el espacio del pasillo que llevaba hacia la escalera donde, supuse, sí habría funcionarios y clientes. Por una vez, el guardia no era negro ni árabe. Era un hombre blanco y robusto que parecía más bien hecho para trabajar con su cuerpo que para estar parado todo el día revisando bolsos y mochilas.

Esperamos en silencio. Se escuchaban algunas voces que bajaban por la escalera de caracol. Unos pasos que pensé que acabarían bajando, pero que siguieron de largo.

No sabía a quién esperábamos, así que cualquier persona hubiera dado igual. Otros pasos se acercaron a la escalera, pero nadie bajó. Una empleada entró, quejándose de algo a lo que los otros no respondieron, se quitó el abrigo mientras subía por la escalera de caracol. Subía con pena, pero fue una escena bella, no sé por qué, tenía el gesto de las vírgenes, entre dolor, lejanía y una mirada materna.

Otra persona atravesó la puerta. Tenía una cita. Dos más salieron. Afuera los turistas paseaban, cerca de la plaza de la Bastilla. Todos hubiéramos preferido estar afuera, pero estábamos ahí. Una cuarta persona entró por la puerta principal y saludó de inmediato a Saad. Era un hombre de porte medio y de una cuadratura digna de la lucha libre y una panza cervecera, con un tono de voz sobrio, pero con detalles en su forma de hablar para romper la tensión del momento, después de todo, Sani estaba ahí para declararse inmigrante ilegal en Francia. Lire la suite

No me pidas que no sea un inconsciente (que hay demasiado motivo)

Por Oliverio Rozado

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No me pidas que no sea un inconsciente

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(en pdf para respetar el orden que le dio el escritor a sus palabras)

y el video más fresquito del autor con la banda Muerte Chiquita, donde habla de nos narra de dónde salió el Kukulkán Blues Lire la suite