Pelando cable

61516576

El sol anunciando la primavera,
las aves libres,
Ivry, al sur de París,
brilla sacudiéndose el invierno,
y él pelando cable,
ahí, en un minipuerto abandonado,
donde el Sena y el Marne
mezclan sus aguas,
donde una pagoda gigante,
para los sueños chinos
de la gente
se erige victoriosa,
como si siempre hubiera estado ahí.
No es por la vista majestuosa
que ha elegido el puesto,
sino porque hay tantas cosas en esa ciudad
que sólo cambia de nombre
pero no de piel,
desde Mantes la Jolie
hasta Melun,
pero ninguna le pertenece,
además de su mochila, su tienda
y su oruga para dormir.
Su orilla es un no lugar,
al lado de un puente sin peatones
y coches eventuales,
en una calle con una estrecha banqueta
que siempre está en obras
pero que nunca arreglan completamente.
Ahí,

pelando cable
al lado de una alcantarilla,
donde no hay ratas,
pelando cable donde no le digan que estorba
o que es una mancha.
No le gusta vender torrecitas
o cualquier tontería,
ni jugar al gato y al ratón
con la policía.
Menos sin papeles
y sin hablar francés.
Pelando cable para sacar el cobre,
para llevárselo al gitano,
que conoció en un lote baldío,
buscando lo mismo que él.
Pelando cable,
a punta de cuchillo, Lire la suite

Las plantas no son lo mío

Para algunas cosas soy muy parco. Las plantas no son lo mío. Lo intenté a lo largo de mis estudios de ingeniería, después de todo estaba en una universidad de agronomía, pero sin mucho éxito. Cuando me mudé a mi primer departamento compartido, a los veinte años, lo volví a intentar, tomando el cuidado de escoger algunos cáctus que un viejo vendía afuera de la estación de autobuses de Texcoco, pensando que esta especie sí debería permitir acordarme de regarlos de vez en cuando. En la casa nadie más tenía plantas así que tampoco podía contar con ellos y un día me di cuenta de que ya estaban completamente secos y acabaron en la basura.

Debo decir también que en casa siempre hubo plantas, tanto en la de mi madre, como en la de mi padre y que todos en la familia trabajan en la agricultura de una u otra manera. Todos son agrónomos. Así que no tengo pretexto en ese sentido, sí fui testigo de cómo se cuida una planta y cómo embellece un espacio.

A la primera casa que tuve sólo con mi ex novia, no fueron plantas en maceta, sino pasto lo que quise probar aquella vez. La casa era un solo grupo de cuartos construídos sin arquitecto, pegados en fila al lado derecho del terreno, visto desde la entrada. El resto era tierra aplanada y una barda de dos metros que rodeaba el rectángulo del terreno.

Era bastante feo y fue la primera vez que sentí la verdadera necesidad de que hubiera naturaleza en mi espacio personal. A esto se sumaba el entusiarmo de tener por primera vez desde los dieciseis años, cuando salí de casa, un espacio privado después de la decena de cuartuchos compartidos que había tenido desde entonces y la relación que tenía iba viento en popa.

Al lado de la casa, había sólo un vecino contiguo y algunas hectáreas de maíz a un lado de la calle que no estaba pavimentada, y casas en la parte baja a unos cien metros de nosotros. La casa estaba al inicio de la montaña, pero lo suficientemente en alto como para ver todo el valle de México, cuyos cielos son grandiosos, así como la ciudad de día y de noche, más aún cuando se ven de lejos y no dentro del mostruo.

La construcción dejaba mucho que desear, pero la renta era modesta y teníamos luz verde para arreglar el espacio como quisiéramos. Como locatario, era una experiencia nueva y se sumaba a los proyectos que teníamos en aquel momento de nuestras vidas. Ella estaba haciendo la tesis para titularse en psicología y dando clases en una preparatoria privada. Yo estaba cursando el último año de ingeniería en alimentos, dando clases en una universidad privada y en la Alianza francesa, y comenzando la tesis. Teníamos mucha energía y queríamos un lugar bonito para vivir. Lire la suite

El bidet y el baño turco

aa543b0d47d7d6572e4a6ec318dea313

La palabra « bidet », fue Charly García quien me la enseñó, pero me tardé mucho en comprender lo que era, su frase diciéndo « por favor no hagas promesas sobre el bidet », más todo lo que seguía en la canción me bastaron por varios años para recordar que había una separación, un amor truncado, una nostalgia.

Fue hasta que llegué a Francia por segunda vez que un día me levanté de alguna cena o fiesta en la que estaba para ir al baño. Pasé del minúsculo sanitario a la sala de baño para lavarme las manos y ahí estaba, junto al lavabo, una pequeña taza como para un niño, pero con un embudo como el del lavadero y una toma de agua en el borde. Entre taza y lavabo. Salí desconcertado, pensando en las maneras de usarlo o en el tipo de personas que lo usarían, si es que eran humanos. Fue entonces cuando me enteré que aquel era el bidet y que se usaba en otro tiempo, cuando el agua y la calefecacción eran más escasas, para darse un baño de guante de las partes básicas, es decir, genitales, culo y axilas, más una enjuagadita del resto, espero que en el orden inverso.

En mi casa hay uno y no he visto a nadie usarlo en los diez años que llevo aquí más que para enguajarse los pies y lavar los trapos y el trapeador.

Se trata de uno de esos objetos que se han vuelto anacrónicos pero que permanecen en los espacios porque quitarlo implicaría gastos y lo dejan estar hasta que alguien se decida a cambiar radicalmente el espacio y los objetos de otro tiempo que están dentro de él.

Eso le va a pasar al departamento de la Cournevue, que no ha sido renovado desde los años sesenta, según el propietario, quien va a arrasar con todo, dejar los muros de la estructura y dividir la casa en dos departamentos, sin bidet, esta vez.

Algo similar me sucedió con el baño turco, y sin ir a Turquía. Llevaba ya aquí algunos años y había pasado de largo por aquella experiencia de abrir la puerta del baño de un pequeño bar en Montmartre, con prisa y encontrar, no una taza, no un mingitorio, sino una estructura de losa, como lo son las sanitarias, pero con un hoyo en medio y dos superficies antiderrapantes y un poco en altura, para los pies. Había visto letrinas, por lo cual lo del hoyo no era un problema, el principio era el mismo en todos, pero nunca había enfrentado tanto minimalismo, es todo, me agarró desprovisto. Me dio casi la impresión de estar en la calle. Al jalar la palanca el agua inunda la base y las plataformas elevadas te mantienen al margen de la suciedad. La reserva de agua y la limpieza son las mismas, en una caja, en alto. Ahora ya los conozco, pero nunca he acabado de acostumbrarme, lo que sí es cierto es que así no hay diferencia entre baño de hombres y de mujeres y es más higiénico. Minimalismo sanitario demócrático, no se puede negar, pero sigue siendo raro encerrarse en el trono, sin trono.

Llaves

globepainter-04

Seth, 2013

Cuando me dieron las llaves del primer hotel parisino en el que trabajé, me preguntaba si esas ganas de tocar a todas las puertas para vivir en otro país se terminaba ahí: con todas las llaves de un hotel completo que dejaban bajo mi responsabilidad por la noche. Al mismo tiempo, me decía que eso me pasaba por andar de curioso en Francia. Hubiera preferido rechazarlas, pero necesitaba la lana y de paso aproveché para probar las llaves que me parecían en desuso, para pasar el tiempo, las noches en vilo son largas y si uno no se mueve los demonios se instalan.

Cuando pasé a la secundaria, me dieron las llaves de la casa para que pudiera volver después, mientras mis padres llegaban del trabajom con mi hermana en brazos. Aquellas llaves abrirían la primera experiencia de la soledad en un espacio propio : entre la salida a mediodía y las tres de la tarde que es la hora para lo cuál lo único que tenía que hacer por la familia era comprar el kilo de tortillas cotidiano al lado de la escuela, llegar a la casa, quitarle el papel, cambiarlo por una servilleta y depositarlas en el tortillero térmico para que no se enfriaran. Por lo demás, aquel espacio y tiempo me pertenecían y durante aquella etapa no daba muchos problemas, así que nadie me pedía que rindiera cuentas sobre lo que hacía desde que tenía aquellas primeras llaves: aprender a estar solo y disfrutarlo.

Aquellas mismas llaves, con la que se agregó con los años a causa de los robos en la unidad habitacional, una chapa más, fueron las que mis padres me pidieron de vuelta porque no respetaba ninguna regla de la casa. Era cierto, me lo merecía. Lire la suite

El loco en la calecita de la Courneuve

still3

Cyriac, cirrus, 2013

Un romance de estación

le hizo perder la cabeza

[…] Nunca tuvo un buen hogar,

no fue padre ni fue hijo.

[…] Dios es una máquina de humo

_________________________________________

Juan Carlos Baglietto, un loco en la calecita, 1983

La Courneuve no tiene puerto, pero muchos barcos llegan y hay un sinnúmero de naufragios. El loco en la calecita es negro, pero podría haber sido de cualquier parte del planeta, dado el barrio en el que vive. No se sabe si llegó o si nació aquí. Habla poco y el acento es lo único que traiciona a los habitantes de la Seine Saint Denis, por lo demás, trabajan tanto y más que un francés y no se quedarían entre ellos si los demás no les cerraran las puertas con discursos bobo sobre la diversidad cosmopolita y después se juntan entre ellos. Pero él no, no se sabe.

Su carrusel, su calecita, es la ciudad y es su cabeza.

A veces se le puede ver en el metro, se reconoce su surco cuando va por los andamios del metro. Discute con un enemigo, lo insulta, lo agrede. El problema es que está en ahí arriba y que el enemigo puede ser cualquier persona. Es mejor no cruzarlo cuando la calecita arrancó. El mareo es contagioso y su ira interminable, calecita-torbellino.

En una reciente ocasión se le vio en el supermercado, al incio del ciclo cotidiano, sin calecita, por las nueve, cuando acababan de abrir, saludando a todos con un bonjour tan breve que nadie sabe de dónde viene, y menos hacia dónde va, pero sí lo que quiere. Lo vieron tomándole la temperatura a las latas de cerveza con el dorso de la mano para ver cuál estaba más fresca Lire la suite