Gratis, por mexicano y por estar leyendo en el metro

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Iba de regreso a casa después de una travesía parisina motivada por la chamba. Por la mañana, había dado mi clase de francés al grupo de adultos que se dividen en tres niveles : analfabetas, francoparlantes noveles y avanzados. Al terminar tuve que regresar de Menilmontant hasta la casa, en la Courneuve, al noreste del periférico, porque había olvidado el nombre de la nueva preparatoria donde tenía cita con el director de aquel lugar donde iba a reemplazar a una maestra que iba a ser operada. Dicha prepa se situaba al otro extremo de París, en Ivry.

Decidí efectuar aquel trayecto por el exterior a pesar de que la línea siete me llevaba directo, así que agarré el tranvía, a pesar de que el trayecto era más largo, todo por ver la ciudad entre lectura y lectura en vez del muro o las mismas estaciones de la mañana. Evidentemente no era para concentrarme en la lectura, sino para paliar un poco al encierro cotidiano que constituye el transporte subterráneo.

Después del segundo trabajo, decidí pasar a Saint Michel a la librería Gibert-Joseph para comprar unos libros y hacer así el trayecto en dos partes. Hacía varias semanas que esperaba una paga y había llegado aquel día. Aún no había tenido tiempo para ir comprar comida, y la librería estaba de paso.

Había cruzado la puerta de la preparatoria abandonándome a la ligereza de saber que el trabajo de la semana había terminado, y descansando de aquella tensión inerte al primer día en un nuevo trabajo. En un año, era la décimo quinta institución educativa a la que me presentaba diciendo: Buenas tardes, soy tal, la persona que va a remplazar a tal… Mucho gusto… y así con todas las personas, desde el conserje hasta la los directivos, cada vez. Me había acostumbrado a la sensación y tampoco era tan complicado, sólo hay que responder a los saludos y decir y sonreír. También me había acostumbrado a irme de todas partes. Cuando se es un elemento móvil de un sistema laboral, se está disponible para cubrir los agujeros para que el barco no se hunda y de preferencia no hay que hacer muchas migas con los colegas. Si no, después es duro partir y con los años prefería considerarme como un consultante exterior, más que profesor, como alguien que llega a hacer la chamba y se va, como los plomeros, los electricistas, los bomberos, y tantos otros. Ellos no necesitan saber a quién van a ver, a menos que sea para pagar la factura. Lire la suite

No tenemos los mismos problemas: el casino parisino

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El Bosco, El jardín de las delicias (detalle), 1503.

Desde que lo vi franquear la puerta, supe que sería un cliente complicado. Lo supe por la forma escandalosa de entrar al hotel, con seis personas más, dos mujeres con velo, vestidas de negro de la cabeza a los pies, y cuatro jóvenes cuyas edades oscilaban entre los diez y los veinte añosm todos armando un escándalo entre maletas y un conflicto que no era posible comprender a primera vista. Una de las mujeres debía ser su esposa y la segunda, visiblemente más joven que la primera, su hija, al igual que los chicos.

Cuando cruzó el umbral, se estaba dirigiendo a uno de sus hijos con un tono severo, como si lo estuviera regañando. Una vez que todos estuvieron en el interior, se dirigió hacia mí y, antes de saludar, dijo:

  • ¡En este país no se está seguro! Acabo de llegar en tren y ya me robaron una maleta. Acabo de llegar y ya no me gusta este país, no me siento seguro.
  • Los robos suelen suceder, señor, me da pena por su caso. ¿Tiene una reservación?
  • Sí.
  • A nombre de…

La primera pregunta que me vino a la cabeza fue « ¿De dónde viene este tipo? Porque, viniendo de México, este país me parece bastante seguro. Entre quejas en inglés y regaños o reproches en árabe, logré que me diera su pasaporte y su tarjeta bancaria para realizar el registro de entrada. Era pakistaní, residente de Arabia Saudita. Comprendí que estaba cabreado por la maleta y que no era TODA la seguridad pública francesa la que le parecía deficiente. Aún más cuando el Estado de Urgencia había provocado, desde finales del dos mil quince, un desembarco masivo de las reservas de todos los cuerpos policiacos, así como militares con metralleta en mano.

Hay que decir que los colegas que me precedieron durante el día no me echaron la mano y los pusieron en tres pisos diferentes. En la medida de lo posible, y sobre todo cuando alguien se da cuenta de una solicitud especial de parte de un cliente, se trata de dejar a las familias lo más cerca posible, por cuestiones prácticas y de comodidad, o de comodidad a través de las resolución de la parte práctica. Para mi fortuna, el cliente no pidió expresamente que se le dieran cuartos contiguos o cercanos. Aceptó mi respuesta pero se quejó de cualquier manera, por puro gusto y porque estaba enfadado.

De las siete personas que estaban frente al mostrador, ninguna abrió la boca durante todo el registro. Parecían tenerle miedo. Cuando les entregué las llaves, aproveché para informarles que el elevador no servía, que se había atascado durante la tarde y que lo repararían al día siguiente. Antes de acabar mis frases, supe que sólo había una posibilidad ante tal situación: cargar yo mismo las maletas al primer, al segundo y al cuarto piso.

Para mi fortuna, Lire la suite

Besos de cocodrilo en una nube de humo de tabaco

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Blublu, Lisboa, hace poco en ésta década

En esta puta ciudad todo se incendia y se va,
matan a pobres corazones,
matan a pobres corazones.
En esta sucia ciudad no hay que seguir ni parar,
ciudad de locos corazones,
ciudad de locos corazones

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Fito Paez, Ciudad de pobre corazones, 1987

Aquella noche Sani no tenía hambre. La gula no sería un pecado que pudieran reprocharle en ninguno de los paraísos hacia donde van los que logran salir de la Cour des miracles. Si yo fuera uno de esos dioses monoteístas con el infierno en los labios o la Tierra prometida al cabo del dedo índice, diría que aquellos que sobreviven al infierno de los hombres deberían tener un pase especial. Esto para poder saltar algunos turnos en la fila hacia la prometida eternidad, al menos, después de tanto sufrimiento, evitarles el cuello de botella que constituye cualquier trámite, aunque sea para el último.

Por eso no comió, aunque no engullera bocado todos los días, y rechazó mi invitación. En aquella ocasión, estábamos enfrente de la iglesia Saint Yves, en la Courneuve. Un señor cingalés escuchaba nuestra conversación de reoído y nos escrutaba de reojo. Después se acercó hacia nosotros y le ofreció a Sani agarrar algo de la despensa que acababa de procurarse y que se encontraba en el carrito que sujetaba por el mango. Lo primero que se saltaba a la vista, era un racimo de plátanos.

Sani lo rechazó con el mismo argumento con el que había declinado mi invitación: “no, thanks; I ate already, sir”.

El benévolo hablaba tan bien inglés como Sani, con el bello acento con sus erres breves que tanto abundan en sus regiones. Entre Sani y yo, era la lengua que nos permitía comunicar más claramente. Pero él, en general, tenía tendencia a responder en francés, como primera reacción, agotaba su vocabulario y sólo entonces pasaba al inglés.

Hablamos brevemente de lo que cada cual hacía en aquel lugar del planeta en ese momento preciso en que convergíamos. Primero él, luego yo y así llegamos a Sani. Habiendo comprendido con mayor detalle su situación, insistió nuevamente en dejarle comida, pero no había nada que hacer, pues ya había comido: Al escuchar su argumento, cualquiera diría que los excesos no eran lo que lo había llevado a quedarse ciego y a vivir en la calle.

Pero sí, Lire la suite

Hotel Aladino: Shiva contra Rey migrante

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Cuando llegué al hotel, entré. Me sentía un tanto inseguro e incómodo porque hacía un año que no debía buscar trabajo y porque creía que ya no tendría que hacerlo más. Además era uno de esos empleos en los que sabes que tendrás que mentir, pero esperaba que no fuera tanto. No porque no sepa hacerlo, sino porque ese día el llevar un traje ya era la cantidad suficiente de mentira a la cual estaba acostumbrado. Pero ahí estaba. Llegué y la fachada era igual a la que vi por street view, despintada, acorde con las dos estrellas que en el anuncio de la bolsa de trabajo se describían y que no habían sido descritas con estrellas, sino con asteriscos. Era por lo tanto un hotel de dos asteriscos llamado “Aladino”.

Llegué temprano, lo cual no me pasa muy seguido. Pensé que quedaría bien y entré. También fue porque cerca de ahí no había ninguna banca. No había nadie en la recepción, pero sí tres personas en la pieza que era a la vez recepción, sala y zona de restauración. El color del interior era el mismo en diversos puntos de la decoración, de un verde como el del logotipo de la RATP. Todo parecía viejo, pero no del tipo burgués a la antigua, sino un intento malogrado de eso. Las tres personas voltearon a verme. Sólo una de ellas llevaba traje, era un chico en sobrio traje negro con camisa blanca. La corbata era también para un funeral. Eso aconsejan los sitios de internet para tener éxito en una entrevista de trabajo. No osar colores, ser sobrio.

Yo iba con el mismo traje con el que salí de la preparatoria diez años antes, los zapatos eran igual de viejos, y la camisa, me la regalaron para mi graduación de la universidad, con el mismo traje, claro. Quién iba a pensar que acabaría en París, para ayudarme en la búsqueda de empleo. A medias, hay que reconocerlo, porque el corte era bastante anacrónico. Se veía a leguas que venía de otro tiempo. Los otros dos hombres iban vestidos con pantalones de mezclilla. Uno de ellos llevaba una playera, era el más joven. El otro llevaba una camisa de manga corta con rayas mostaza y un chaleco verde con azul. Era el más viejo y le pidió al chico de traje que se sentara en una de las sillas que estaba frente a una pequeña mesa, a tres metros de mí. El chico dejó de verme y el señor que parecía ser el Monsieur Samir ante quién debía presentarme.

  • Buenos días, tengo cita para una entrevista de trabajo con Monsieur Samir, soy Monsieur García.

  • Ha llegado un poco temprano, ahora estoy ocupado con otra entrevista, vuelva en veinte minutos, por favor.

Tuve que estudiar mi currículum antes de ir a la entrevista. Tengo una decena de modelos según el tipo de trabajo, uno para los hoteles y servicios, otro para el medio del a educación, otro para los puestos de asistente social. También están los de “empleo estudiante” que se puede enviar a cualquier cosa que pague el salario mínimo y que sólo te piden que sepas leer y escribir y estar inscrito a una institución educativa. Lire la suite

Soy ilegal y ya estuvo, ciao

Francisco José de Goya (1746-1828), Modo de volar plancha No. 13 de Los Disparates, 1815-1824

Hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera por ellas la fobia del vulgo. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia.

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Samuel Beckett, Relatos, El final, 1945

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Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera;

y las fronteras se mueven, como las banderas

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Jorge Drexler, Frontera, 1999

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Cuando cruzamos la puerta de la Office Français de l’Immigration et de l’Intégration, dos rostros arquearon las cejas, interrogándonos. Eran el guardia y la secretaria. Pero más que ellos, fueron ciertos detalles del lugar lo que llamaba la atención. Los asientos eran demasiado turquesas, un poco pastel, y la escalera de caracol con su barandal rojo carmín y sus peldaños blancos y su silencio incómodo. Saludamos. El guardia verificó el contenido de mi bolsa mientras Saad hablaba con la secretaria y Sani esperaba sin decir nada. Saad es pakistaní, y Sani es hindú, pero hablan la misma lengua, el punyabí.

Nos recibieron diciéndonos que sin cita no se podía ver a nadie. Saad preguntó por una persona en particular. La secretaria rubia de unos cincuenta años respondió de entrada que estaba ocupado. Saad insistió. Ella llamó mientras repetía que estaba ocupado. Confirmó que estaba ocupado y colgó. Saad le dio otro nombre. Ella lo miró por un segundo y después marcó la extensión. La persona respondió, su asentimiento lo probaba. Nos pidió que esperáramos. Fue entonces cuando descubrimos los asientos demasiado turquesas. Estaban demasiado limpios. Ninguno de los tres tuvo el reflejo de sentarse. Sólo Saad y yo lo vimos, en realidad, pero Sani también lo sintió, al menos por el brillo. Todo lo demás era blanco o gris en aquel espacio.

Lo hicimos de cualquier manera, nos sentamos en silencio. El guardia miraba por la venta mientras jugaba con su corbata y con la identificación que llevaba alrededor del cuello. Afuera el sol estba en su cara más bella, bañando la primavera, como pocos avriles. A Hopper le hubiera gustado la manera en que el guardia contemplaba a los transeúntes. La secretaria encadenaba llamadas. El guardia, después de cinco minutos se sentó en su silla anaranjada. Había pocos objetos de colores, pero los que había parecían ocupar todo el espacio del pasillo que llevaba hacia la escalera donde, supuse, sí habría funcionarios y clientes. Por una vez, el guardia no era negro ni árabe. Era un hombre blanco y robusto que parecía más bien hecho para trabajar con su cuerpo que para estar parado todo el día revisando bolsos y mochilas.

Esperamos en silencio. Se escuchaban algunas voces que bajaban por la escalera de caracol. Unos pasos que pensé que acabarían bajando, pero que siguieron de largo.

No sabía a quién esperábamos, así que cualquier persona hubiera dado igual. Otros pasos se acercaron a la escalera, pero nadie bajó. Una empleada entró, quejándose de algo a lo que los otros no respondieron, se quitó el abrigo mientras subía por la escalera de caracol. Subía con pena, pero fue una escena bella, no sé por qué, tenía el gesto de las vírgenes, entre dolor, lejanía y una mirada materna.

Otra persona atravesó la puerta. Tenía una cita. Dos más salieron. Afuera los turistas paseaban, cerca de la plaza de la Bastilla. Todos hubiéramos preferido estar afuera, pero estábamos ahí. Una cuarta persona entró por la puerta principal y saludó de inmediato a Saad. Era un hombre de porte medio y de una cuadratura digna de la lucha libre y una panza cervecera, con un tono de voz sobrio, pero con detalles en su forma de hablar para romper la tensión del momento, después de todo, Sani estaba ahí para declararse inmigrante ilegal en Francia. Lire la suite