Llaves

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Seth, 2013

Cuando me dieron las llaves del primer hotel parisino en el que trabajé, me preguntaba si esas ganas de tocar a todas las puertas para vivir en otro país se terminaba ahí: con todas las llaves de un hotel completo que dejaban bajo mi responsabilidad por la noche. Al mismo tiempo, me decía que eso me pasaba por andar de curioso en Francia. Hubiera preferido rechazarlas, pero necesitaba la lana y de paso aproveché para probar las llaves que me parecían en desuso, para pasar el tiempo, las noches en vilo son largas y si uno no se mueve los demonios se instalan.

Cuando pasé a la secundaria, me dieron las llaves de la casa para que pudiera volver después, mientras mis padres llegaban del trabajom con mi hermana en brazos. Aquellas llaves abrirían la primera experiencia de la soledad en un espacio propio : entre la salida a mediodía y las tres de la tarde que es la hora para lo cuál lo único que tenía que hacer por la familia era comprar el kilo de tortillas cotidiano al lado de la escuela, llegar a la casa, quitarle el papel, cambiarlo por una servilleta y depositarlas en el tortillero térmico para que no se enfriaran. Por lo demás, aquel espacio y tiempo me pertenecían y durante aquella etapa no daba muchos problemas, así que nadie me pedía que rindiera cuentas sobre lo que hacía desde que tenía aquellas primeras llaves: aprender a estar solo y disfrutarlo.

Aquellas mismas llaves, con la que se agregó con los años a causa de los robos en la unidad habitacional, una chapa más, fueron las que mis padres me pidieron de vuelta porque no respetaba ninguna regla de la casa. Era cierto, me lo merecía. Lire la suite

El loco en la calecita de la Courneuve

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Cyriac, cirrus, 2013

Un romance de estación

le hizo perder la cabeza

[…] Nunca tuvo un buen hogar,

no fue padre ni fue hijo.

[…] Dios es una máquina de humo

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Juan Carlos Baglietto, un loco en la calecita, 1983

La Courneuve no tiene puerto, pero muchos barcos llegan y hay un sinnúmero de naufragios. El loco en la calecita es negro, pero podría haber sido de cualquier parte del planeta, dado el barrio en el que vive. No se sabe si llegó o si nació aquí. Habla poco y el acento es lo único que traiciona a los habitantes de la Seine Saint Denis, por lo demás, trabajan tanto y más que un francés y no se quedarían entre ellos si los demás no les cerraran las puertas con discursos bobo sobre la diversidad cosmopolita y después se juntan entre ellos. Pero él no, no se sabe.

Su carrusel, su calecita, es la ciudad y es su cabeza.

A veces se le puede ver en el metro, se reconoce su surco cuando va por los andamios del metro. Discute con un enemigo, lo insulta, lo agrede. El problema es que está en ahí arriba y que el enemigo puede ser cualquier persona. Es mejor no cruzarlo cuando la calecita arrancó. El mareo es contagioso y su ira interminable, calecita-torbellino.

En una reciente ocasión se le vio en el supermercado, al incio del ciclo cotidiano, sin calecita, por las nueve, cuando acababan de abrir, saludando a todos con un bonjour tan breve que nadie sabe de dónde viene, y menos hacia dónde va, pero sí lo que quiere. Lo vieron tomándole la temperatura a las latas de cerveza con el dorso de la mano para ver cuál estaba más fresca Lire la suite

Esperando el salario, otra vez

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Money, get away.

get a good job with more pay

and you’re okay

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Pink Floyd, Money, Dark side of the moon, 1973

Tengo tres trabajos, uno de base, el que me paga menos, pero me da más horas; el que completa el salario mínimo con diez horas más; y el que me debería pagarme más y sacarme de la precariedad, pero que no me ha pagado desde hace seis meses y contando. Todo por ser un inmigrante y haber llegado tarde cuando repartieron el pastel.

Hoy es primero de mayo. La secretaria juró y perjuró que ya no habría problema, que en la Educación Nacional no se cometían errores graves dos veces, y que esta vez recibiría todo de tajo.

Primero de mayo sin dinero que no sea para lo esencial, hasta me dan ganas de salir a manifestar a ver si algún alto funcionario del Estado me escucha y deja que me paguen.

Porque también sé de la Educación Nacional, que si no pagan el día primero, ya va a ser hasta el otro mes.

Esperas, he tenido, todos han tenido, para empezar, cuando se iba a nacer, después todo son esperas, como si la vida estuviera en el futuro y no en los presentes que se encadenan.

Márquez esperaba una beca, y en su cabeza eso devino un Coronel y unas cartas. Para Beckett, la espera es absurda, sobre todo si se espera a Godo. Ojalá tuviera un aliciente más loable, como el de Bandini, que esperaba el dinero de la publicación de unos cuentos, en vista del éxito de The Little Dog Laughed, y de paso para comer.

Chinanski Lire la suite

Aburrimiento

Quizás por eso nunca me aburro :

Olvido muchas cosas.

Incluso las que me sorprendieron o agradaron,

ya ni hablar de las que dolieron y sanaron,

supongo que por si acaso

y seguro sin querer,

y algunas veces

hasta mi nombre,

pero, yoyo,

siempre vuelve

a darle nuevas vueltas al asunto

como si fuera la primera vez

La casa al revés y un instrumento mudo

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Érase una vez una casa que empezaba al revés. Sobre todo en Europa, donde las casas suelen tener graneros, y que han guardado hasta el nombre desde entonces. Donde yo nací, los tejados casi no existen y son sólo planos, y algunas personas ponen a sus perros en la azotea, para que les cuiden la casa desde lo alto. Se han hecho asociaciones contra esta última práctica, pero, igual que con la corrupción, todavía no lo logramos. Entonces se trata de una casa que comienza por lo que se guarda normalmente en el granero, para que los habitantes y las visitas no se tengan que enfrentar a su pasado y a su desorden todos los días al salir o entrar de la morada. Porque así era. El granero estaba justo al frente de la puerta. Apenas abría uno la cerradura y estaba ahí, todo lo que no se usa o que se ha dejado de lado, como diciendo : « No me olvides ». No sólo estaba en la entrada, sino también abajo, porque el granero está al cabo de las escaleras que llevan al primer piso, donde está el departamento que parece una casa visto de fuera y cuya primera planta son las oficinas y depósito del dueño.

En realidad nadie nos dijo que aquel sitio era un depósito, pero dado que al verdadero granero no tienen acceso más que las palomas y los gatos, nos pareció lo más lógico. Más de veinte personas habían vivido en esta casa en diez años y cada una había dejado un par de cosas. Las mudanzas son así. Se puede preparar todo con detalle, según su propia personalidad, pero raros son los casos en que se lleva uno todo, lo que se dice todo o que no se rompe en el camino entre los puntos a y b del trayecto.

Este año pasamos por primera vez de cuatro, cinco o seis habitantes a tres. Durante el proceso de sustracción del último habitante que partió, que era Maeva, sus cosas las almacenamos en el granero, o lo que hace las veces de granero, lo cual multiplicó por tres las maletas y cajas habitualmente concentradas en aquel lugar. Para recuperar cualquier objeto era necesario escalar por encima de las cosas, esperando que no hubiera nada frágil y que la maleta, bolsa o caja donde se creía estaba el objeto buscado, la contiviera realmente. El espacio es de unos quince metros cuadrados, con uno o dos metros cuadrados hacia arriba, repleto de cosas que suponíamos tenían un dueño determinado.

Una tarde, nos dimos cuenta que era exactamente como con las toallas de la sala de baño: había una docena y cuando al cabo de los años nos pusimos con detalle a ver de quién era cada una, sobraban dos tercios que nadie había descolgado en años, suponiendo que eran de alguno de los que ahí vivíamos. No íbamos a molestar a nadie por una toalla olvidada, así que acabamos por descolgarlas un domingo soleado, las lavamos y las almacenamos para las visitas. Faltan algunas cosas en esta casa, pero toallas no. Lire la suite