Esperando el salario, otra vez

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Money, get away.

get a good job with more pay

and you’re okay

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Pink Floyd, Money, Dark side of the moon, 1973

Tengo tres trabajos, uno de base, el que me paga menos, pero me da más horas; el que completa el salario mínimo con diez horas más; y el que me debería pagarme más y sacarme de la precariedad, pero que no me ha pagado desde hace seis meses y contando. Todo por ser un inmigrante y haber llegado tarde cuando repartieron el pastel.

Hoy es primero de mayo. La secretaria juró y perjuró que ya no habría problema, que en la Educación Nacional no se cometían errores graves dos veces, y que esta vez recibiría todo de tajo.

Primero de mayo sin dinero que no sea para lo esencial, hasta me dan ganas de salir a manifestar a ver si algún alto funcionario del Estado me escucha y deja que me paguen.

Porque también sé de la Educación Nacional, que si no pagan el día primero, ya va a ser hasta el otro mes.

Esperas, he tenido, todos han tenido, para empezar, cuando se iba a nacer, después todo son esperas, como si la vida estuviera en el futuro y no en los presentes que se encadenan.

Márquez esperaba una beca, y en su cabeza eso devino un Coronel y unas cartas. Para Beckett, la espera es absurda, sobre todo si se espera a Godo. Ojalá tuviera un aliciente más loable, como el de Bandini, que esperaba el dinero de la publicación de unos cuentos, en vista del éxito de The Little Dog Laughed, y de paso para comer.

Chinanski Lire la suite

Aburrimiento

Quizás por eso nunca me aburro :

Olvido muchas cosas.

Incluso las que me sorprendieron o agradaron,

ya ni hablar de las que dolieron y sanaron,

supongo que por si acaso

y seguro sin querer,

y algunas veces

hasta mi nombre,

pero, yoyo,

siempre vuelve

a darle nuevas vueltas al asunto

como si fuera la primera vez

La casa al revés y un instrumento mudo

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Érase una vez una casa que empezaba al revés. Sobre todo en Europa, donde las casas suelen tener graneros, y que han guardado hasta el nombre desde entonces. Donde yo nací, los tejados casi no existen y son sólo planos, y algunas personas ponen a sus perros en la azotea, para que les cuiden la casa desde lo alto. Se han hecho asociaciones contra esta última práctica, pero, igual que con la corrupción, todavía no lo logramos. Entonces se trata de una casa que comienza por lo que se guarda normalmente en el granero, para que los habitantes y las visitas no se tengan que enfrentar a su pasado y a su desorden todos los días al salir o entrar de la morada. Porque así era. El granero estaba justo al frente de la puerta. Apenas abría uno la cerradura y estaba ahí, todo lo que no se usa o que se ha dejado de lado, como diciendo : « No me olvides ». No sólo estaba en la entrada, sino también abajo, porque el granero está al cabo de las escaleras que llevan al primer piso, donde está el departamento que parece una casa visto de fuera y cuya primera planta son las oficinas y depósito del dueño.

En realidad nadie nos dijo que aquel sitio era un depósito, pero dado que al verdadero granero no tienen acceso más que las palomas y los gatos, nos pareció lo más lógico. Más de veinte personas habían vivido en esta casa en diez años y cada una había dejado un par de cosas. Las mudanzas son así. Se puede preparar todo con detalle, según su propia personalidad, pero raros son los casos en que se lleva uno todo, lo que se dice todo o que no se rompe en el camino entre los puntos a y b del trayecto.

Este año pasamos por primera vez de cuatro, cinco o seis habitantes a tres. Durante el proceso de sustracción del último habitante que partió, que era Maeva, sus cosas las almacenamos en el granero, o lo que hace las veces de granero, lo cual multiplicó por tres las maletas y cajas habitualmente concentradas en aquel lugar. Para recuperar cualquier objeto era necesario escalar por encima de las cosas, esperando que no hubiera nada frágil y que la maleta, bolsa o caja donde se creía estaba el objeto buscado, la contiviera realmente. El espacio es de unos quince metros cuadrados, con uno o dos metros cuadrados hacia arriba, repleto de cosas que suponíamos tenían un dueño determinado.

Una tarde, nos dimos cuenta que era exactamente como con las toallas de la sala de baño: había una docena y cuando al cabo de los años nos pusimos con detalle a ver de quién era cada una, sobraban dos tercios que nadie había descolgado en años, suponiendo que eran de alguno de los que ahí vivíamos. No íbamos a molestar a nadie por una toalla olvidada, así que acabamos por descolgarlas un domingo soleado, las lavamos y las almacenamos para las visitas. Faltan algunas cosas en esta casa, pero toallas no. Lire la suite

Gratis, por mexicano y por estar leyendo en el metro

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Iba de regreso a casa después de una travesía parisina motivada por la chamba. Por la mañana, había dado mi clase de francés al grupo de adultos que se dividen en tres niveles : analfabetas, francoparlantes noveles y avanzados. Al terminar tuve que regresar de Menilmontant hasta la casa, en la Courneuve, al noreste del periférico, porque había olvidado el nombre de la nueva preparatoria donde tenía cita con el director de aquel lugar donde iba a reemplazar a una maestra que iba a ser operada. Dicha prepa se situaba al otro extremo de París, en Ivry.

Decidí efectuar aquel trayecto por el exterior a pesar de que la línea siete me llevaba directo, así que agarré el tranvía, a pesar de que el trayecto era más largo, todo por ver la ciudad entre lectura y lectura en vez del muro o las mismas estaciones de la mañana. Evidentemente no era para concentrarme en la lectura, sino para paliar un poco al encierro cotidiano que constituye el transporte subterráneo.

Después del segundo trabajo, decidí pasar a Saint Michel a la librería Gibert-Joseph para comprar unos libros y hacer así el trayecto en dos partes. Hacía varias semanas que esperaba una paga y había llegado aquel día. Aún no había tenido tiempo para ir comprar comida, y la librería estaba de paso.

Había cruzado la puerta de la preparatoria abandonándome a la ligereza de saber que el trabajo de la semana había terminado, y descansando de aquella tensión inerte al primer día en un nuevo trabajo. En un año, era la décimo quinta institución educativa a la que me presentaba diciendo: Buenas tardes, soy tal, la persona que va a remplazar a tal… Mucho gusto… y así con todas las personas, desde el conserje hasta la los directivos, cada vez. Me había acostumbrado a la sensación y tampoco era tan complicado, sólo hay que responder a los saludos y decir y sonreír. También me había acostumbrado a irme de todas partes. Cuando se es un elemento móvil de un sistema laboral, se está disponible para cubrir los agujeros para que el barco no se hunda y de preferencia no hay que hacer muchas migas con los colegas. Si no, después es duro partir y con los años prefería considerarme como un consultante exterior, más que profesor, como alguien que llega a hacer la chamba y se va, como los plomeros, los electricistas, los bomberos, y tantos otros. Ellos no necesitan saber a quién van a ver, a menos que sea para pagar la factura. Lire la suite

No tenemos los mismos problemas: el casino parisino

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El Bosco, El jardín de las delicias (detalle), 1503.

Desde que lo vi franquear la puerta, supe que sería un cliente complicado. Lo supe por la forma escandalosa de entrar al hotel, con seis personas más, dos mujeres con velo, vestidas de negro de la cabeza a los pies, y cuatro jóvenes cuyas edades oscilaban entre los diez y los veinte años, todos armando un escándalo entre maletas y un conflicto que no era posible comprender a primera vista. Una de las mujeres debía ser su esposa y la segunda, visiblemente más joven que la primera, su hija, al igual que los chicos.

Cuando cruzó el umbral, se estaba dirigiendo a uno de sus hijos con un tono severo, como si lo estuviera regañando. Una vez que todos estuvieron en el interior, se dirigió hacia mí y, antes de saludar, dijo:

  • ¡En este país no se está seguro! Acabo de llegar en tren y ya me robaron una maleta. Acabo de llegar y ya no me gusta este país, no me siento seguro.
  • Los robos suelen suceder, señor, me da pena por su caso. ¿Tiene una reservación?
  • Sí.
  • A nombre de…

La primera pregunta que me vino a la cabeza fue « ¿De dónde viene este tipo? Porque, viniendo de México, este país me parece bastante seguro. Entre quejas en inglés y regaños o reproches en árabe, logré que me diera su pasaporte y su tarjeta bancaria para realizar el registro de entrada. Era pakistaní, residente de Arabia Saudita. Comprendí que estaba cabreado por la maleta y que no era TODA la seguridad pública francesa la que le parecía deficiente. Aún más cuando el Estado de Urgencia había provocado, desde finales del dos mil quince, un desembarco masivo de las reservas de todos los cuerpos policiacos, así como militares con Famas en mano.

Hay que decir que los colegas que me precedieron durante el día no me echaron la mano y los pusieron en tres pisos diferentes. En la medida de lo posible, y sobre todo cuando alguien se da cuenta de una solicitud especial de parte de un cliente, se trata de dejar a las familias lo más cerca posible, por cuestiones prácticas y de comodidad, o de comodidad a través de las resolución de la parte práctica. Para mi fortuna, el cliente no pidió expresamente que se le dieran cuartos contiguos o cercanos. Aceptó mi respuesta pero se quejó de cualquier manera, por puro gusto y porque estaba enfadado.

De las siete personas que estaban frente al mostrador, ninguna abrió la boca durante todo el registro. Parecían tenerle miedo. Cuando les entregué las llaves, aproveché para informarles que el elevador no servía, que se había atascado durante la tarde y que lo repararían al día siguiente. Antes de acabar mis frases, supe que sólo había una posibilidad ante tal situación: cargar yo mismo las maletas al primer, al segundo y al cuarto piso.

Para mi fortuna, Lire la suite