¿Y el ratón?

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Hacía un tiempo que sentía por Neko, el gato de la casa, una mezcla entre amor y odio. No era su culpa, pero las pulgas se le pegaban más a él, y los siguientes éramos nosotros. Y tampoco era su círculo de amigos del barrio los que se las pegaron, sino los dos inquilinos gatunos que pasaron el verano en la casa, que a su vez tenían pulgas porque su dueño era un irresponsable, y a todos nos salpicaron sus pulgas, hay gente así, que es mejor tener a distancia.

Aquel inquilino se fue, pero las pulgas se quedaron a pesar de las tres veces que habíamos tratado a Neko y a las desinfecciones locales en ciertos puntos de la casa. Teníamos que fumigar toda la casa, pero para eso había que encontrarle casa a Neko por uno o dos días. Y eso de pedir que te cuiden a un gato pulgoso, como que no se hace. Así que esperamos, rascándonos, unas semanas más antes de liberar el gaz de una botella metálica que de acuerdo al de la veterinaria y después de leer la etiqueta, prometía ser un Nagasaki para las pulgas.

Lo acaribiábamos menos y parecía no estar de acuerdo. Supongo que se dio cuenta que era hora de bajar un poco del pedestal de rey de la casa, para recordar por qué estaba ahí. Así que un día me dejó un cadáver de ratón al pie de la ventana. Él sabe que cuando hay ratón, le toca atún. Es el acuerdo desde que vive con nosotros. Y supongo que se quedó con ganas de atún y otro ratón que pasaba por la terraza fue su presa. Lo acorraló cerca de mi puerta, jugueteando con él, dándole pequeños golpes maliciosos, entre garra y cojinete, para aturdirlo. Pensé en agarrar la escoba y acabar de tajo con el asunto, pero me dije « es su chamba » y decidí dejarlo con sus métodos milenarios.

Lo fue llevando hacia la sala de baño, sólo era cuestión de tiempo para que le diera la mordida definitiva, pero parecía disfrutar del juego. Entraron a la sala de baño y cerré la puerta Lire la suite