Le bonjour et le soutien des noctamboulos

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Entrée vers la nuit, 1010

This morning, I woke up
Feeling brand new and I jumped up
Feeling my highs, and my lows
In my soul, and my goals
Just to stop smokin, and stop drinking
And I’ve been thinking, I’ve got my reasons
Just to get (by), just to get (by)
Just to get (by), just to get (by)

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Talib Kweli, Get by, 2002

On se dit bonjour par convention, mais, concrètement, on est sur un seuil, une sorte de crépuscule horaire qui concerne très peu des gens, par rapport à ceux qui vivent et travaillent aux heures diurnes.

Les gens qui rentrent dans l’hôtel dont je possède toutes les clés, en demandant les leurs, disent tous bonsoir, quelle que soit la langue, ou bonne nuit. Certains se rattrapent après cette dernière formule, un peu gênés, en se rendant compte que prendre ainsi congé de quelqu’un qui ne va pas dormir est ridicule, voire moqueur. Comment leur tenir rigueur ? Il y a bien pire, comme ceux qui arrivent en jetant la carte bancaire sur le comptoir, sans bonjour, bonsoir, bonne nuit ni merci et qui se sentent en droit de traiter tout employé comme un esclave.

C’est à l’extrême opposé de ces derniers que se trouvent les noctamboulots avec les notambosseurs qui les assurent.

Un noctambosseur ou noctamboulo arrive ou voit arriver un semblable et il dit toujours bonjour, que ce soit à vingt-deux heures, à minuit où aux premières heures de la journuit. Il franchit ou voit franchir le seuil, en cuisine, au fourneau ou à l’usine, et il dit un bonjour sincère. Il sait que l’autre sait que c’est dur de caler le sommeil avec le soleil sur la voûte ; de dire au corps qu’il doit avoir faim, même s’il ne se ressent pas, et que, sauf rares exceptions, on n’a ce noctamboulot que parce qu’on n’a pas eu le choix. Et ce parce que la force centrifuge de nos conditions migratoires ou sociales nous a excentré et on doit sacrifier la nuit à ce niveau de l’orbite urbaine.

Les noctambosseurs se disent bonjour parce que le début de leurs services respectifs est leur matin, et que, bonne nuit, on se le dit avant de se coucher et cela serait ridicule, vu qu’ils noctambossent et sont debout.

Les dernières noctamboulas que j’ai rencontrées sont montées à la même station que moi : La Courneuve 8 mai 1945. Ce terminus qui est le début d’une nouvelle vie pour la plupart. Lire la suite

Chichés y habas cocidas a la alemana

Recuérdo cómo me educaron, desde la primaria hasta la universidad, con sus afortunadas excepciones: « siempre lo van a hacer mejor en otro lugar, porque hay gente más educada ». Ese tipo de comentarios, a uno dos detalles de diferencia, se completaban por: « pero no aquí, sino en Europa, Estados Unidos o Japón ».
Por una parte, lo que aquellas personas olvidaban decir, porque para ello tendrían que haberlo tomado en cuenta, es decir, verlo,  es que aquella falta de consideración y de educación está ligada a una serie de factores que no sólo tienen que ver con los rasgos culturales, sino con la pobreza material y mental, cuyos orígenes son sistemáticamente controlados, para mantener una cierta acumulación de la pobreza o de la riqueza, según el ángulo desde el cual se mire.
Dentro de ese complejo de inferioridad, está aquel cliché que considera que la gente es más educada en aquellos lugares. En países como México, también la hay. Mi madre, por ejemplo, que respeta las leyes y reglas a costa de mucha frustración dentro de los sistemas locos en los que se desenvuelve. Su motivación: el otro existe, y si quieres respeto de su parte, tienes que respetarlo.
En esos lugares idealizados desde otro tipo de pobreza, ¿será el mismo caso? Analicemos un ejemplo de habas cocidas a la alemana.
Estaba nuestro testigo trabajando de noche en un hotel, fumando un cigarrillo antes de comenzar a preparar las llegadas del día siguiente, ocho de septiembre de dos mil ocho, cuando un cliente salió del hotel para hacer lo mismo, aunque él no tenía que preparar nada más que su almohada.
Hablaron un poco, plática de tabaco o de mostrador. Le pregunté qué le parecía París y si encontraba verdaderas diferencias con respecto al suyo o a la ciudad de donde venía. Su primer reflejo fue mirar hacia el suelo como si buscara una prueba para la pregunta que acaba de formularle.
– Como el cigarro, por ejemplo.
– ¿Qué, la gente fuma más en Francia? Lire la suite

No tenemos los mismos problemas: el casino parisino

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El Bosco, El jardín de las delicias (detalle), 1503.

Desde que lo vi franquear la puerta, supe que sería un cliente complicado. Lo supe por la forma escandalosa de entrar al hotel, con seis personas más, dos mujeres con velo, vestidas de negro de la cabeza a los pies, y cuatro jóvenes cuyas edades oscilaban entre los diez y los veinte añosm todos armando un escándalo entre maletas y un conflicto que no era posible comprender a primera vista. Una de las mujeres debía ser su esposa y la segunda, visiblemente más joven que la primera, su hija, al igual que los chicos.

Cuando cruzó el umbral, se estaba dirigiendo a uno de sus hijos con un tono severo, como si lo estuviera regañando. Una vez que todos estuvieron en el interior, se dirigió hacia mí y, antes de saludar, dijo:

  • ¡En este país no se está seguro! Acabo de llegar en tren y ya me robaron una maleta. Acabo de llegar y ya no me gusta este país, no me siento seguro.
  • Los robos suelen suceder, señor, me da pena por su caso. ¿Tiene una reservación?
  • Sí.
  • A nombre de…

La primera pregunta que me vino a la cabeza fue « ¿De dónde viene este tipo? Porque, viniendo de México, este país me parece bastante seguro. Entre quejas en inglés y regaños o reproches en árabe, logré que me diera su pasaporte y su tarjeta bancaria para realizar el registro de entrada. Era pakistaní, residente de Arabia Saudita. Comprendí que estaba cabreado por la maleta y que no era TODA la seguridad pública francesa la que le parecía deficiente. Aún más cuando el Estado de Urgencia había provocado, desde finales del dos mil quince, un desembarco masivo de las reservas de todos los cuerpos policiacos, así como militares con metralleta en mano.

Hay que decir que los colegas que me precedieron durante el día no me echaron la mano y los pusieron en tres pisos diferentes. En la medida de lo posible, y sobre todo cuando alguien se da cuenta de una solicitud especial de parte de un cliente, se trata de dejar a las familias lo más cerca posible, por cuestiones prácticas y de comodidad, o de comodidad a través de las resolución de la parte práctica. Para mi fortuna, el cliente no pidió expresamente que se le dieran cuartos contiguos o cercanos. Aceptó mi respuesta pero se quejó de cualquier manera, por puro gusto y porque estaba enfadado.

De las siete personas que estaban frente al mostrador, ninguna abrió la boca durante todo el registro. Parecían tenerle miedo. Cuando les entregué las llaves, aproveché para informarles que el elevador no servía, que se había atascado durante la tarde y que lo repararían al día siguiente. Antes de acabar mis frases, supe que sólo había una posibilidad ante tal situación: cargar yo mismo las maletas al primer, al segundo y al cuarto piso.

Para mi fortuna, Lire la suite

El hotel no está lleno, ¡perfecto!

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Nighthawks, Edward Hopper, 1942

Más de uno ha llegado a una ciudad a una hora tardía, después de un largo viaje por cualquier vía, y sin hotel. Más de uno habrá sentido el alivio de saber que no habrá que volver a atravezar el umbral y que se podrá destripar la valija y tomar una ducha. De vacaciones o por el trabajo, siempre es un gusto encontrar una cama.

La diferencia entre todas esas personas y el señor Fourmond, es que él era de la empresa, y debería alegrarse de lo contrario, pero ciertas circunstancias lo hacen celebrar con una ligera sonrisa retenida, al tiempo que pide su llave de aquel hotel parisino tres estrellas, cerca de la Opera Garnier y del boulevard de las Galeries Laffayette. Los japoneses adoran ir a gastar sumas astronómicas por el barrio y alojarse con nosotros, como El señor Fourmond.

Además de ser empleado directivo es también amigo de la directora general, con quien concluyó un acuerdo que lo autoriza a alojarse gratuitamente cuando el hotel no está lleno, y a pagar ciento cincuenta y nuevo euros cuando lo está, cualquiera que sea la categoría de habitación disponible al momento de su reserva.

Mi colega del turno vespertino, Nicole, tiene una cierta aversión por él. Es justo esa sonrisa lo que la perturba. Lire la suite

Hotel Aladino: Shiva contra Rey migrante

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Cuando llegué al hotel, entré. Me sentía un tanto inseguro e incómodo porque hacía un año que no debía buscar trabajo y porque creía que ya no tendría que hacerlo más. Además era uno de esos empleos en los que sabes que tendrás que mentir, pero esperaba que no fuera tanto. No porque no sepa hacerlo, sino porque ese día el llevar un traje ya era la cantidad suficiente de mentira a la cual estaba acostumbrado. Pero ahí estaba. Llegué y la fachada era igual a la que vi por street view, despintada, acorde con las dos estrellas que en el anuncio de la bolsa de trabajo se describían y que no habían sido descritas con estrellas, sino con asteriscos. Era por lo tanto un hotel de dos asteriscos llamado “Aladino”.

Llegué temprano, lo cual no me pasa muy seguido. Pensé que quedaría bien y entré. También fue porque cerca de ahí no había ninguna banca. No había nadie en la recepción, pero sí tres personas en la pieza que era a la vez recepción, sala y zona de restauración. El color del interior era el mismo en diversos puntos de la decoración, de un verde como el del logotipo de la RATP. Todo parecía viejo, pero no del tipo burgués a la antigua, sino un intento malogrado de eso. Las tres personas voltearon a verme. Sólo una de ellas llevaba traje, era un chico en sobrio traje negro con camisa blanca. La corbata era también para un funeral. Eso aconsejan los sitios de internet para tener éxito en una entrevista de trabajo. No osar colores, ser sobrio.

Yo iba con el mismo traje con el que salí de la preparatoria diez años antes, los zapatos eran igual de viejos, y la camisa, me la regalaron para mi graduación de la universidad, con el mismo traje, claro. Quién iba a pensar que acabaría en París, para ayudarme en la búsqueda de empleo. A medias, hay que reconocerlo, porque el corte era bastante anacrónico. Se veía a leguas que venía de otro tiempo. Los otros dos hombres iban vestidos con pantalones de mezclilla. Uno de ellos llevaba una playera, era el más joven. El otro llevaba una camisa de manga corta con rayas mostaza y un chaleco verde con azul. Era el más viejo y le pidió al chico de traje que se sentara en una de las sillas que estaba frente a una pequeña mesa, a tres metros de mí. El chico dejó de verme y el señor que parecía ser el Monsieur Samir ante quién debía presentarme.

  • Buenos días, tengo cita para una entrevista de trabajo con Monsieur Samir, soy Monsieur García.

  • Ha llegado un poco temprano, ahora estoy ocupado con otra entrevista, vuelva en veinte minutos, por favor.

Tuve que estudiar mi currículum antes de ir a la entrevista. Tengo una decena de modelos según el tipo de trabajo, uno para los hoteles y servicios, otro para el medio del a educación, otro para los puestos de asistente social. También están los de “empleo estudiante” que se puede enviar a cualquier cosa que pague el salario mínimo y que sólo te piden que sepas leer y escribir y estar inscrito a una institución educativa. Lire la suite