Besos de cocodrilo en una nube de humo de tabaco

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Blublu, Lisboa, hace poco en ésta década

En esta puta ciudad todo se incendia y se va,
matan a pobres corazones,
matan a pobres corazones.
En esta sucia ciudad no hay que seguir ni parar,
ciudad de locos corazones,
ciudad de locos corazones

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Fito Paez, Ciudad de pobre corazones, 1987

Aquella noche Sani no tenía hambre. La gula no sería un pecado que pudieran reprocharle en ninguno de los paraísos hacia donde van los que logran salir de la Cour des miracles. Si yo fuera uno de esos dioses monoteístas con el infierno en los labios o la Tierra prometida al cabo del dedo índice, diría que aquellos que sobreviven al infierno de los hombres deberían tener un pase especial. Esto para poder saltar algunos turnos en la fila hacia la prometida eternidad, al menos, después de tanto sufrimiento, evitarles el cuello de botella que constituye cualquier trámite, aunque sea para el último.

Por eso no comió, aunque no engullera bocado todos los días, y rechazó mi invitación. En aquella ocasión, estábamos enfrente de la iglesia Saint Yves, en la Courneuve. Un señor cingalés escuchaba nuestra conversación de reoído y nos escrutaba de reojo. Después se acercó hacia nosotros y le ofreció a Sani agarrar algo de la despensa que acababa de procurarse y que se encontraba en el carrito que sujetaba por el mango. Lo primero que se saltaba a la vista, era un racimo de plátanos.

Sani lo rechazó con el mismo argumento con el que había declinado mi invitación: “no, thanks; I ate already, sir”.

El benévolo hablaba tan bien inglés como Sani, con el bello acento con sus erres breves que tanto abundan en sus regiones. Entre Sani y yo, era la lengua que nos permitía comunicar más claramente. Pero él, en general, tenía tendencia a responder en francés, como primera reacción, agotaba su vocabulario y sólo entonces pasaba al inglés.

Hablamos brevemente de lo que cada cual hacía en aquel lugar del planeta en ese momento preciso en que convergíamos. Primero él, luego yo y así llegamos a Sani. Habiendo comprendido con mayor detalle su situación, insistió nuevamente en dejarle comida, pero no había nada que hacer, pues ya había comido: Al escuchar su argumento, cualquiera diría que los excesos no eran lo que lo había llevado a quedarse ciego y a vivir en la calle.

Pero sí, Lire la suite

Soy ilegal y ya estuvo, ciao

Francisco José de Goya (1746-1828), Modo de volar plancha No. 13 de Los Disparates, 1815-1824

Hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera por ellas la fobia del vulgo. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia.

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Samuel Beckett, Relatos, El final, 1945

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Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera;

y las fronteras se mueven, como las banderas

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Jorge Drexler, Frontera, 1999

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Cuando cruzamos la puerta de la Office Français de l’Immigration et de l’Intégration, dos rostros arquearon las cejas, interrogándonos. Eran el guardia y la secretaria. Pero más que ellos, fueron ciertos detalles del lugar lo que llamaba la atención. Los asientos eran demasiado turquesas, un poco pastel, y la escalera de caracol con su barandal rojo carmín y sus peldaños blancos y su silencio incómodo. Saludamos. El guardia verificó el contenido de mi bolsa mientras Saad hablaba con la secretaria y Sani esperaba sin decir nada. Saad es pakistaní, y Sani es hindú, pero hablan la misma lengua, el punyabí.

Nos recibieron diciéndonos que sin cita no se podía ver a nadie. Saad preguntó por una persona en particular. La secretaria rubia de unos cincuenta años respondió de entrada que estaba ocupado. Saad insistió. Ella llamó mientras repetía que estaba ocupado. Confirmó que estaba ocupado y colgó. Saad le dio otro nombre. Ella lo miró por un segundo y después marcó la extensión. La persona respondió, su asentimiento lo probaba. Nos pidió que esperáramos. Fue entonces cuando descubrimos los asientos demasiado turquesas. Estaban demasiado limpios. Ninguno de los tres tuvo el reflejo de sentarse. Sólo Saad y yo lo vimos, en realidad, pero Sani también lo sintió, al menos por el brillo. Todo lo demás era blanco o gris en aquel espacio.

Lo hicimos de cualquier manera, nos sentamos en silencio. El guardia miraba por la venta mientras jugaba con su corbata y con la identificación que llevaba alrededor del cuello. Afuera el sol estba en su cara más bella, bañando la primavera, como pocos avriles. A Hopper le hubiera gustado la manera en que el guardia contemplaba a los transeúntes. La secretaria encadenaba llamadas. El guardia, después de cinco minutos se sentó en su silla anaranjada. Había pocos objetos de colores, pero los que había parecían ocupar todo el espacio del pasillo que llevaba hacia la escalera donde, supuse, sí habría funcionarios y clientes. Por una vez, el guardia no era negro ni árabe. Era un hombre blanco y robusto que parecía más bien hecho para trabajar con su cuerpo que para estar parado todo el día revisando bolsos y mochilas.

Esperamos en silencio. Se escuchaban algunas voces que bajaban por la escalera de caracol. Unos pasos que pensé que acabarían bajando, pero que siguieron de largo.

No sabía a quién esperábamos, así que cualquier persona hubiera dado igual. Otros pasos se acercaron a la escalera, pero nadie bajó. Una empleada entró, quejándose de algo a lo que los otros no respondieron, se quitó el abrigo mientras subía por la escalera de caracol. Subía con pena, pero fue una escena bella, no sé por qué, tenía el gesto de las vírgenes, entre dolor, lejanía y una mirada materna.

Otra persona atravesó la puerta. Tenía una cita. Dos más salieron. Afuera los turistas paseaban, cerca de la plaza de la Bastilla. Todos hubiéramos preferido estar afuera, pero estábamos ahí. Una cuarta persona entró por la puerta principal y saludó de inmediato a Saad. Era un hombre de porte medio y de una cuadratura digna de la lucha libre y una panza cervecera, con un tono de voz sobrio, pero con detalles en su forma de hablar para romper la tensión del momento, después de todo, Sani estaba ahí para declararse inmigrante ilegal en Francia. Lire la suite

pasatiempo, pasavida

Lo fácil cae ligero,

lo duro pesa mucho,

el tiempo va volando

ya que puede,

tiene que volar.

Cada uno en su lugar,
todo está muy claro
tu origen te marca,

tú eliges la charca
donde quieres remar.
Por lo pronto respira hondo

La Mala Rodriguez, Alevosía, 2003

Salí lejos de casa,

para limpiar las heridas

que me dejó el ganarme la vida.

No tengo que olvidar lo que gané en éste viaje,

porque no se compra con dinero,

y debe bastarme para volver a ganarme la vida,

por dinero,

vendiendo pedazos de esta,

mientras resuelvo cómo quitarme

la discapacidad de ser migrante,

para poder vivir tranquilo

y poder hacer mejor mi trabajo,

sin tener que perder mi vida

en laberintos legales y administrativos.

Para poder hacer el bien sin amarguras,

que es más difícil,

pero igual es la única forma de ser a la que pretendo,

sin religión de por medio,

ni doctrina,

ni banderas,

para el que lo entienda y quiera pasar un rato

con alguien que, por las buenas, a donde quieras…

pero tampoco pongo la otra mejilla,

si me insultan me voy y olvido,

como si no los hubiera conocido,

yo no toco a lo que está podrido,

es sabido que se atrapan enfermedades.

No queda más que ser paciente o irse.

Una biblioteca no se empaca en un dos por tres,

y ya no estoy para huidas

aunque aún no tenga canas,

hacer una vez más de tripas corazón,

esperar lo mejor

dejarse llevar.

La deriva de hoy es menos violenta

que la del año pasado,

algo habré hecho bien,

lo demás, por ahora,

no depende de mí.

Flotar,

flotar en el presente sin dejarse llevar

por la angustia,

sólo flotar,

con el pecho lleno de aire

o en la ingravidez,

para que la ansiedad inmediata

no se coma el tiempo que sí nos pertenece,

para comérselo uno mismo,

el manjar de ser,

nadie me lo va a arrebatar.

La fila de la oficina de migración o cagarse de frío para quedarse en un país

Lately, did you ever feel the pain,

in the morning rain,

as it soaks you to the bones ?

Oasis, Live forever, Definitly Maybe, 1994

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Era una mañana especialmente fría, pero no me di cuenta de ello hasta que ya estaba en aquella fila. No era la primera vez que me encontraba en ese mismo lugar. Aunque no podría decir que fuera la misma fila la que estaba haciendo, era otra, distinta de las demás. Las personas también. Así que estaba haciendo una nueva fila para hacer un trámite que tampoco era el mismo, pero que se parecía a otros ya vividos. El frío tampoco era el mismo y me pareció inadecuado. Hubiera querido reclamarle a alguien por aquel frío que no había tenido tiempo de prever. La lluvia tampoco había podido preverla, a pesar de la facilidad que ofrecen los satélites y el internet, porque salí de prisa.

Justo cuando iba llegando a la fila, pude percibir el paso agitado y nervioso de tres hombres que convergían hacia el mismo punto. La hilera que ya media treinta metros a las siete de la mañana,

La explanada al centro de un conjunto de edificios administrativos era digna de un arquitecto soviético que hubiera debido construir aquel kafkiano asentamiento.

El cielo no ayudaba a dar un poco de brillo a la estampa. Pero el cielo no es culpa de nadie, quizás apenas causa de algo, pero en todo caso, amoral.

Me convencí de que una o dos personas antes que yo, no pesarían sustancialmente la espera que había experimentado en un tiempo relativamente reciente. Así que no apresuré el paso hacia el final de la fila.

Al instante, la memoria me envió hacia el recuerdo de otras esperas en el mismo lugar, los números desfilando con la velocidad propia al crecimiento de las estalactitas. Al menos así apareció en el recuerdo y me hizo mantener el mismo paso. Los otros dos corrieron y me di cuenta de que yo también habría podido correr. Subió como un eructo entonces la certidumbre de una posibilidad no elegida por convicción, donde las otras piezas del ajedrez ponen en escena una vista externa, en la cual se podría haber participado. Lire la suite