Flores en el mar

Bansky, 2010

En el borde de tus aguas
hay un murmullo de sal,
son aladas tus espumas,
es salado tu cantar.
Hay flores en el mar.

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Jorge Drexler, Flores en el mar, 1998

Vale
una vida lo que un sol
una vida lo que un sol,
vale.
Se aprende en la escuela,
se olvida en la guerra,
un hijo te vuelve a enseñar.
Está en el espejo,
está en las trincheras,

parece que nadie parece notar
Toda victoria es nada
Toda vida es sagrada

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Jorge Drexler, Polvo de estrellas, 2004

A Sani, dondequiera que esté

Bellezas perdidas,

a la deriva de una vida anterior,

lamiéndose ahora las heridas,

último brillo antes de ahogarse

en la marea de aquel sueño,

no de Midas,

sino de comida

que alguna vez imaginaron mejor,

antes de exiliarse

a dónde sólo perdieron la orilla

en un abrir y cerrar de ojos.

Todo volviéndose pesadilla,

en un aterrizaje, despojos

en un desembarco,

miles de cerrojos. Lire la suite

Botellita al mar

Bottle, Kristen Lepore, 2010

En el borde de tus aguas
hay un murmullo de sal,
son aladas tus espumas,
es salado tu cantar.
Hay flores en el mar.

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Jorge Drexler, Flores en el mar en Llueve, 1998

Una botellita al mar,

momento de billar cósmico

aparente caos estelar

que fue punto,

y va lejos hacia donde no sabemos

y que flota en su vacío

sobre algo que ignoramos.

La botellita también flota,

botellita con una flor,

no te pudras antes de llegar a puerto

o navega como las de Iemanjá.

Botellita seca,

Una uva pasa, un cascabel, Lire la suite

Soy ilegal y ya estuvo, ciao

Francisco José de Goya (1746-1828), Modo de volar plancha No. 13 de Los Disparates, 1815-1824

Hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera por ellas la fobia del vulgo. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia.

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Samuel Beckett, Relatos, El final, 1945

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Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera;

y las fronteras se mueven, como las banderas

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Jorge Drexler, Frontera, 1999

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Cuando cruzamos la puerta de la Office Français de l’Immigration et de l’Intégration, dos rostros arquearon las cejas, interrogándonos. Eran el guardia y la secretaria. Pero más que ellos, fueron ciertos detalles del lugar lo que llamaba la atención. Los asientos eran demasiado turquesas, un poco pastel, y la escalera de caracol con su barandal rojo carmín y sus peldaños blancos y su silencio incómodo. Saludamos. El guardia verificó el contenido de mi bolsa mientras Saad hablaba con la secretaria y Sani esperaba sin decir nada. Saad es pakistaní, y Sani es hindú, pero hablan la misma lengua, el punyabí.

Nos recibieron diciéndonos que sin cita no se podía ver a nadie. Saad preguntó por una persona en particular. La secretaria rubia de unos cincuenta años respondió de entrada que estaba ocupado. Saad insistió. Ella llamó mientras repetía que estaba ocupado. Confirmó que estaba ocupado y colgó. Saad le dio otro nombre. Ella lo miró por un segundo y después marcó la extensión. La persona respondió, su asentimiento lo probaba. Nos pidió que esperáramos. Fue entonces cuando descubrimos los asientos demasiado turquesas. Estaban demasiado limpios. Ninguno de los tres tuvo el reflejo de sentarse. Sólo Saad y yo lo vimos, en realidad, pero Sani también lo sintió, al menos por el brillo. Todo lo demás era blanco o gris en aquel espacio.

Lo hicimos de cualquier manera, nos sentamos en silencio. El guardia miraba por la venta mientras jugaba con su corbata y con la identificación que llevaba alrededor del cuello. Afuera el sol estba en su cara más bella, bañando la primavera, como pocos avriles. A Hopper le hubiera gustado la manera en que el guardia contemplaba a los transeúntes. La secretaria encadenaba llamadas. El guardia, después de cinco minutos se sentó en su silla anaranjada. Había pocos objetos de colores, pero los que había parecían ocupar todo el espacio del pasillo que llevaba hacia la escalera donde, supuse, sí habría funcionarios y clientes. Por una vez, el guardia no era negro ni árabe. Era un hombre blanco y robusto que parecía más bien hecho para trabajar con su cuerpo que para estar parado todo el día revisando bolsos y mochilas.

Esperamos en silencio. Se escuchaban algunas voces que bajaban por la escalera de caracol. Unos pasos que pensé que acabarían bajando, pero que siguieron de largo.

No sabía a quién esperábamos, así que cualquier persona hubiera dado igual. Otros pasos se acercaron a la escalera, pero nadie bajó. Una empleada entró, quejándose de algo a lo que los otros no respondieron, se quitó el abrigo mientras subía por la escalera de caracol. Subía con pena, pero fue una escena bella, no sé por qué, tenía el gesto de las vírgenes, entre dolor, lejanía y una mirada materna.

Otra persona atravesó la puerta. Tenía una cita. Dos más salieron. Afuera los turistas paseaban, cerca de la plaza de la Bastilla. Todos hubiéramos preferido estar afuera, pero estábamos ahí. Una cuarta persona entró por la puerta principal y saludó de inmediato a Saad. Era un hombre de porte medio y de una cuadratura digna de la lucha libre y una panza cervecera, con un tono de voz sobrio, pero con detalles en su forma de hablar para romper la tensión del momento, después de todo, Sani estaba ahí para declararse inmigrante ilegal en Francia. Lire la suite

Azul Kamikaze

Tullio Crali, Before the Parachute Opens (Prima che si apra il paracadute), 1939 (detail)

Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro.
He de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar.
_
Si quiero, me toco el alma
pues mi carne ya no es nada.
He de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar.
_
Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez….

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Luis Alberto Spinetta, Barro tal vez, Kamikaze, 1982

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« Amar la trama más que le desenlace »
Jorge Drexler, Amar la trama, 2010

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Azul para mis adentros,

azul a través de esos ojos morenos,

azul en un silencio,

donde cualquier conversación,

por más importante que parezca,

puede caer a pique como cualquier Kamikaze,

japonés o de Spinetta

Y se trata entonces de impedirlo

a punta de anécdotas sagaces

de las mejores frases,

de desenlaces

fugaces

sin necesidad de

mañanas

la felicidad bruta,

el primer respiro del día,

el primer sorbo de vida, Lire la suite

Ave de la espranza y el alquiler

Tú que creaste la prensa basura,
Señor, bendice a este teleobjetivo
Concédeme el olfato, la caradura y la santa paciencia
De las que vivo.
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Jorge Drexler, plegaria de los paparazziBailar en la cueva, 2014

Si todo el amor y la energía que he recibido en estos días, y que ha fluido a través de mí, fuera dinero, seguro que no trabajaría durante mucho tiempo. Y no es un pensamiento de acumulación, ni deseo de lujos sin razón, sino que:

¡Ave de la esperanza, Ave María, o como quiera que te llames, mientras vueles, dame si quieres un poquito menos de tiempo, pero un poco más de dinero, porque, al casero, que es un culero, no me me va a agarrar un abrazo, aunque sea sincero, en lugar del alquiler!