¿Un pollo?

52606-graffiti-maquisart-comTodavía no estaba curado, pero las cosas iban mejor. Hacía un año y medio que era soltero en París y que las cicatrices comenzaban a ser un recuerdo. En vez de pensar en el pasado, no sabía dónde iba a pasar al día siguiente, pero no me daba miedo. Una cosa a la vez. Algo iba mejor. Miraba donde ponía los pies, pero no los veía, así que cualquier paso me daba igual, era bienvenido, mientras fuera movimiento. Y algunas veces pasaban cosas que no había pensado, como la chica que te quiere hablar y que piensas que está esperando a tu amigo. Así nos conocimos, un poco tímidamente, en la calle de Rivoli, en el 59. Pensando que no llegaríamos a conocernos, y sin embargo, tres años pasaron.

Una de las primeras veces que vino a mi casa, donde vivía desde hacía cinco años, el carnicero que me veía pasar todos los días y a quien le compraba de vez en cuando, para evitar cocinar algún domingo de cruda, me detuvo mientras regresaba del metro, después de acompañarla y me dijo :

– Toma, – al mismo tiempo que me daba un pollo envuelto en una bolsa de papel blanco con un pollo marcado encima, para los tontos, al cual se sumaba la bolsa rosa de plástico con los detalles de su empresa, como los que le había comprado en algunas ocasiones- y le puse unas papitas. Lire la suite

El loco en la calecita de la Courneuve

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Cyriac, cirrus, 2013

Un romance de estación

le hizo perder la cabeza

[…] Nunca tuvo un buen hogar,

no fue padre ni fue hijo.

[…] Dios es una máquina de humo

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Juan Carlos Baglietto, un loco en la calecita, 1983

La Courneuve no tiene puerto, pero muchos barcos llegan y hay un sinnúmero de naufragios. El loco en la calecita es negro, pero podría haber sido de cualquier parte del planeta, dado el barrio en el que vive. No se sabe si llegó o si nació aquí. Habla poco y el acento es lo único que traiciona a los habitantes de la Seine Saint Denis, por lo demás, trabajan tanto y más que un francés y no se quedarían entre ellos si los demás no les cerraran las puertas con discursos bobo sobre la diversidad cosmopolita y después se juntan entre ellos. Pero él no, no se sabe.

Su carrusel, su calecita, es la ciudad y es su cabeza.

A veces se le puede ver en el metro, se reconoce su surco cuando va por los andamios del metro. Discute con un enemigo, lo insulta, lo agrede. El problema es que está en ahí arriba y que el enemigo puede ser cualquier persona. Es mejor no cruzarlo cuando la calecita arrancó. El mareo es contagioso y su ira interminable, calecita-torbellino.

En una reciente ocasión se le vio en el supermercado, al incio del ciclo cotidiano, sin calecita, por las nueve, cuando acababan de abrir, saludando a todos con un bonjour tan breve que nadie sabe de dónde viene, y menos hacia dónde va, pero sí lo que quiere. Lo vieron tomándole la temperatura a las latas de cerveza con el dorso de la mano para ver cuál estaba más fresca Lire la suite

Volado de vagón

Regresaba del trabajo un lunes, como siempre de norte a sur y de sur a norte. Entre las estaciones Fort d’Aubervilliers y La Courneuve, en el suburbio norte, la lectura fue inevitablemente atraída por una moneda que rodaba en dirección opuesta a la del metro. Se ven muchas cosas en el metro, pero monedas paseándose solas, no lo creo, y menos rodando; Iba de espaldas al sentido de la marcha, así que la vi en el sentido en el que avanzaba hasta que acabó por estrellarse contra el zapato de una mujer vestida de negro, unos sesenta años, cabello negro azabache, quizás de orígen magrebí o de otra zona de la costa mediterránea, que es vasta. Me miró directamente y después crucé la mirada del hombre que iba al lado de ella, medio adormilado, arqueó incluso las cejas y me sonrió. Volví a ver a la señora. Un tesoro apareció en una ciudad que generalmente te arranca pedazos, sobre todo si vienes de otra parte. Nos hicimos gestos para preguntarnos sobre el origen de la moneda de cincuenta centavos, con una sonrisa, pero si ella no había visto de dónde había venido, yo menos, puesto que estaba de frente a ella.

Volteamos a ver a su vecino de asiento Lire la suite

¿Dónde putas he andado? II: La cajuela

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Aquella tarde de viernes había terminado la chamba en la escuela de Ivry, un suburbio al sur de París al lado opuesto de la Courneuve, donde vivo. Como cada día, para hacer más digerible el trayecto de una hora y media, lo hacía por etapas. Esa tarde iba a pasar a visitar a Pierre Luc, el primo de Kenji, cerca de la Bastilla para echar una chela y aprender, más que hablar, sobre el rap actual al cual es adepto. Al llegar, me abrió la puerta uno de sus amigos, lo saludé y me presenté, su respuesta fue la siguiente:

– Si quieres, pero ya nos conocemos.

Mis ojos se entre cerraron instintivamente, mirando esta vez con atención su rostro para tratar de conjugarlo con algún recuerdo, sin suerte. Supongo que se dio cuenta puesto que retomó la palabra:

– Pues yo sí me acuerdo de ti, cuando te subiste a la cajuela de mi coche.

– ¿Perdón?

– Lo que te digo, insististe en subirte a la cajuela.

Seguía tratando de encontrar algún recuerdo pero nada parecía querer subir a la superficie de la consciencia.

– ¿ Y había alguna razón para que quisiera hacer eso? ¿Estaba borracho? Lire la suite

¿Y el ratón?

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Hacía un tiempo que sentía por Neko, el gato de la casa, una mezcla entre amor y odio. No era su culpa, pero las pulgas se le pegaban más a él, y los siguientes éramos nosotros. Y tampoco era su círculo de amigos del barrio los que se las pegaron, sino los dos inquilinos gatunos que pasaron el verano en la casa, que a su vez tenían pulgas porque su dueño era un irresponsable, y a todos nos salpicaron sus pulgas, hay gente así, que es mejor tener a distancia.

Aquel inquilino se fue, pero las pulgas se quedaron a pesar de las tres veces que habíamos tratado a Neko y a las desinfecciones locales en ciertos puntos de la casa. Teníamos que fumigar toda la casa, pero para eso había que encontrarle casa a Neko por uno o dos días. Y eso de pedir que te cuiden a un gato pulgoso, como que no se hace. Así que esperamos, rascándonos, unas semanas más antes de liberar el gaz de una botella metálica que de acuerdo al de la veterinaria y después de leer la etiqueta, prometía ser un Nagasaki para las pulgas.

Lo acaribiábamos menos y parecía no estar de acuerdo. Supongo que se dio cuenta que era hora de bajar un poco del pedestal de rey de la casa, para recordar por qué estaba ahí. Así que un día me dejó un cadáver de ratón al pie de la ventana. Él sabe que cuando hay ratón, le toca atún. Es el acuerdo desde que vive con nosotros. Y supongo que se quedó con ganas de atún y otro ratón que pasaba por la terraza fue su presa. Lo acorraló cerca de mi puerta, jugueteando con él, dándole pequeños golpes maliciosos, entre garra y cojinete, para aturdirlo. Pensé en agarrar la escoba y acabar de tajo con el asunto, pero me dije « es su chamba » y decidí dejarlo con sus métodos milenarios.

Lo fue llevando hacia la sala de baño, sólo era cuestión de tiempo para que le diera la mordida definitiva, pero parecía disfrutar del juego. Entraron a la sala de baño y cerré la puerta Lire la suite