El loco en la calecita de la Courneuve

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Cyriac, cirrus, 2013

Un romance de estación

le hizo perder la cabeza

[…] Nunca tuvo un buen hogar,

no fue padre ni fue hijo.

[…] Dios es una máquina de humo

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Juan Carlos Baglietto, un loco en la calecita, 1983

La Courneuve no tiene puerto, pero muchos barcos llegan y hay un sinnúmero de naufragios. El loco en la calecita es negro, pero podría haber sido de cualquier parte del planeta, dado el barrio en el que vive. No se sabe si llegó o si nació aquí. Habla poco y el acento es lo único que traiciona a los habitantes de la Seine Saint Denis, por lo demás, trabajan tanto y más que un francés y no se quedarían entre ellos si los demás no les cerraran las puertas con discursos bobo sobre la diversidad cosmopolita y después se juntan entre ellos. Pero él no, no se sabe.

Su carrusel, su calecita, es la ciudad y es su cabeza.

A veces se le puede ver en el metro, se reconoce su surco cuando va por los andamios del metro. Discute con un enemigo, lo insulta, lo agrede. El problema es que está en ahí arriba y que el enemigo puede ser cualquier persona. Es mejor no cruzarlo cuando la calecita arrancó. El mareo es contagioso y su ira interminable, calecita-torbellino.

En una reciente ocasión se le vio en el supermercado, al incio del ciclo cotidiano, sin calecita, por las nueve, cuando acababan de abrir, saludando a todos con un bonjour tan breve que nadie sabe de dónde viene, y menos hacia dónde va, pero sí lo que quiere. Lo vieron tomándole la temperatura a las latas de cerveza con el dorso de la mano para ver cuál estaba más fresca Lire la suite

Volado de vagón

Regresaba del trabajo un lunes, como siempre de norte a sur y de sur a norte. Entre las estaciones Fort d’Aubervilliers y La Courneuve, en el suburbio norte, la lectura fue inevitablemente atraída por una moneda que rodaba en dirección opuesta a la del metro. Se ven muchas cosas en el metro, pero monedas paseándose solas, no lo creo, y menos rodando; Iba de espaldas al sentido de la marcha, así que la vi en el sentido en el que avanzaba hasta que acabó por estrellarse contra el zapato de una mujer vestida de negro, unos sesenta años, cabello negro azabache, quizás de orígen magrebí o de otra zona de la costa mediterránea, que es vasta. Me miró directamente y después crucé la mirada del hombre que iba al lado de ella, medio adormilado, arqueó incluso las cejas y me sonrió. Volví a ver a la señora. Un tesoro apareció en una ciudad que generalmente te arranca pedazos, sobre todo si vienes de otra parte. Nos hicimos gestos para preguntarnos sobre el origen de la moneda de cincuenta centavos, con una sonrisa, pero si ella no había visto de dónde había venido, yo menos, puesto que estaba de frente a ella.

Volteamos a ver a su vecino de asiento Lire la suite

¿Dónde putas he andado? II: La cajuela

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Aquella tarde de viernes había terminado la chamba en la escuela de Ivry, un suburbio al sur de París al lado opuesto de la Courneuve, donde vivo. Como cada día, para hacer más digerible el trayecto de una hora y media, lo hacía por etapas. Esa tarde iba a pasar a visitar a Pierre Luc, el primo de Kenji, cerca de la Bastilla para echar una chela y aprender, más que hablar, sobre el rap actual al cual es adepto. Al llegar, me abrió la puerta uno de sus amigos, lo saludé y me presenté, su respuesta fue la siguiente:

– Si quieres, pero ya nos conocemos.

Mis ojos se entre cerraron instintivamente, mirando esta vez con atención su rostro para tratar de conjugarlo con algún recuerdo, sin suerte. Supongo que se dio cuenta puesto que retomó la palabra:

– Pues yo sí me acuerdo de ti, cuando te subiste a la cajuela de mi coche.

– ¿Perdón?

– Lo que te digo, insististe en subirte a la cajuela.

Seguía tratando de encontrar algún recuerdo pero nada parecía querer subir a la superficie de la consciencia.

– ¿ Y había alguna razón para que quisiera hacer eso? ¿Estaba borracho? Lire la suite

¿Y el ratón?

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Hacía un tiempo que sentía por Neko, el gato de la casa, una mezcla entre amor y odio. No era su culpa, pero las pulgas se le pegaban más a él, y los siguientes éramos nosotros. Y tampoco era su círculo de amigos del barrio los que se las pegaron, sino los dos inquilinos gatunos que pasaron el verano en la casa, que a su vez tenían pulgas porque su dueño era un irresponsable, y a todos nos salpicaron sus pulgas, hay gente así, que es mejor tener a distancia.

Aquel inquilino se fue, pero las pulgas se quedaron a pesar de las tres veces que habíamos tratado a Neko y a las desinfecciones locales en ciertos puntos de la casa. Teníamos que fumigar toda la casa, pero para eso había que encontrarle casa a Neko por uno o dos días. Y eso de pedir que te cuiden a un gato pulgoso, como que no se hace. Así que esperamos, rascándonos, unas semanas más antes de liberar el gaz de una botella metálica que de acuerdo al de la veterinaria y después de leer la etiqueta, prometía ser un Nagasaki para las pulgas.

Lo acaribiábamos menos y parecía no estar de acuerdo. Supongo que se dio cuenta que era hora de bajar un poco del pedestal de rey de la casa, para recordar por qué estaba ahí. Así que un día me dejó un cadáver de ratón al pie de la ventana. Él sabe que cuando hay ratón, le toca atún. Es el acuerdo desde que vive con nosotros. Y supongo que se quedó con ganas de atún y otro ratón que pasaba por la terraza fue su presa. Lo acorraló cerca de mi puerta, jugueteando con él, dándole pequeños golpes maliciosos, entre garra y cojinete, para aturdirlo. Pensé en agarrar la escoba y acabar de tajo con el asunto, pero me dije « es su chamba » y decidí dejarlo con sus métodos milenarios.

Lo fue llevando hacia la sala de baño, sólo era cuestión de tiempo para que le diera la mordida definitiva, pero parecía disfrutar del juego. Entraron a la sala de baño y cerré la puerta Lire la suite

La casa al revés y un instrumento mudo

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Érase una vez una casa que empezaba al revés. Sobre todo en Europa, donde las casas suelen tener graneros, y que han guardado hasta el nombre desde entonces. Donde yo nací, los tejados casi no existen y son sólo planos, y algunas personas ponen a sus perros en la azotea, para que les cuiden la casa desde lo alto. Se han hecho asociaciones contra esta última práctica, pero, igual que con la corrupción, todavía no lo logramos. Entonces se trata de una casa que comienza por lo que se guarda normalmente en el granero, para que los habitantes y las visitas no se tengan que enfrentar a su pasado y a su desorden todos los días al salir o entrar de la morada. Porque así era. El granero estaba justo al frente de la puerta. Apenas abría uno la cerradura y estaba ahí, todo lo que no se usa o que se ha dejado de lado, como diciendo : « No me olvides ». No sólo estaba en la entrada, sino también abajo, porque el granero está al cabo de las escaleras que llevan al primer piso, donde está el departamento que parece una casa visto de fuera y cuya primera planta son las oficinas y depósito del dueño.

En realidad nadie nos dijo que aquel sitio era un depósito, pero dado que al verdadero granero no tienen acceso más que las palomas y los gatos, nos pareció lo más lógico. Más de veinte personas habían vivido en esta casa en diez años y cada una había dejado un par de cosas. Las mudanzas son así. Se puede preparar todo con detalle, según su propia personalidad, pero raros son los casos en que se lleva uno todo, lo que se dice todo o que no se rompe en el camino entre los puntos a y b del trayecto.

Este año pasamos por primera vez de cuatro, cinco o seis habitantes a tres. Durante el proceso de sustracción del último habitante que partió, que era Maeva, sus cosas las almacenamos en el granero, o lo que hace las veces de granero, lo cual multiplicó por tres las maletas y cajas habitualmente concentradas en aquel lugar. Para recuperar cualquier objeto era necesario escalar por encima de las cosas, esperando que no hubiera nada frágil y que la maleta, bolsa o caja donde se creía estaba el objeto buscado, la contiviera realmente. El espacio es de unos quince metros cuadrados, con uno o dos metros cuadrados hacia arriba, repleto de cosas que suponíamos tenían un dueño determinado.

Una tarde, nos dimos cuenta que era exactamente como con las toallas de la sala de baño: había una docena y cuando al cabo de los años nos pusimos con detalle a ver de quién era cada una, sobraban dos tercios que nadie había descolgado en años, suponiendo que eran de alguno de los que ahí vivíamos. No íbamos a molestar a nadie por una toalla olvidada, así que acabamos por descolgarlas un domingo soleado, las lavamos y las almacenamos para las visitas. Faltan algunas cosas en esta casa, pero toallas no. Lire la suite