Las plantas no son lo mío

Para algunas cosas soy muy parco. Las plantas no son lo mío. Lo intenté a lo largo de mis estudios de ingeniería, después de todo estaba en una universidad de agronomía, pero sin mucho éxito. Cuando me mudé a mi primer departamento compartido, a los veinte años, lo volví a intentar, tomando el cuidado de escoger algunos cáctus que un viejo vendía afuera de la estación de autobuses de Texcoco, pensando que esta especie sí debería permitir acordarme de regarlos de vez en cuando. En la casa nadie más tenía plantas así que tampoco podía contar con ellos y un día me di cuenta de que ya estaban completamente secos y acabaron en la basura.

Debo decir también que en casa siempre hubo plantas, tanto en la de mi madre, como en la de mi padre y que todos en la familia trabajan en la agricultura de una u otra manera. Todos son agrónomos. Así que no tengo pretexto en ese sentido, sí fui testigo de cómo se cuida una planta y cómo embellece un espacio.

A la primera casa que tuve sólo con mi ex novia, no fueron plantas en maceta, sino pasto lo que quise probar aquella vez. La casa era un solo grupo de cuartos construídos sin arquitecto, pegados en fila al lado derecho del terreno, visto desde la entrada. El resto era tierra aplanada y una barda de dos metros que rodeaba el rectángulo del terreno.

Era bastante feo y fue la primera vez que sentí la verdadera necesidad de que hubiera naturaleza en mi espacio personal. A esto se sumaba el entusiarmo de tener por primera vez desde los dieciseis años, cuando salí de casa, un espacio privado después de la decena de cuartuchos compartidos que había tenido desde entonces y la relación que tenía iba viento en popa.

Al lado de la casa, había sólo un vecino contiguo y algunas hectáreas de maíz a un lado de la calle que no estaba pavimentada, y casas en la parte baja a unos cien metros de nosotros. La casa estaba al inicio de la montaña, pero lo suficientemente en alto como para ver todo el valle de México, cuyos cielos son grandiosos, así como la ciudad de día y de noche, más aún cuando se ven de lejos y no dentro del mostruo.

La construcción dejaba mucho que desear, pero la renta era modesta y teníamos luz verde para arreglar el espacio como quisiéramos. Como locatario, era una experiencia nueva y se sumaba a los proyectos que teníamos en aquel momento de nuestras vidas. Ella estaba haciendo la tesis para titularse en psicología y dando clases en una preparatoria privada. Yo estaba cursando el último año de ingeniería en alimentos, dando clases en una universidad privada y en la Alianza francesa, y comenzando la tesis. Teníamos mucha energía y queríamos un lugar bonito para vivir. Lire la suite

¿Un pollo?

52606-graffiti-maquisart-comTodavía no estaba curado, pero las cosas iban mejor. Hacía un año y medio que era soltero en París y que las cicatrices comenzaban a ser un recuerdo. En vez de pensar en el pasado, no sabía dónde iba a pasar al día siguiente, pero no me daba miedo. Una cosa a la vez. Algo iba mejor. Miraba donde ponía los pies, pero no los veía, así que cualquier paso me daba igual, era bienvenido, mientras fuera movimiento. Y algunas veces pasaban cosas que no había pensado, como la chica que te quiere hablar y que piensas que está esperando a tu amigo. Así nos conocimos, un poco tímidamente, en la calle de Rivoli, en el 59. Pensando que no llegaríamos a conocernos, y sin embargo, tres años pasaron.

Una de las primeras veces que vino a mi casa, donde vivía desde hacía cinco años, el carnicero que me veía pasar todos los días y a quien le compraba de vez en cuando, para evitar cocinar algún domingo de cruda, me detuvo mientras regresaba del metro, después de acompañarla y me dijo :

– Toma, – al mismo tiempo que me daba un pollo envuelto en una bolsa de papel blanco con un pollo marcado encima, para los tontos, al cual se sumaba la bolsa rosa de plástico con los detalles de su empresa, como los que le había comprado en algunas ocasiones- y le puse unas papitas. Lire la suite

El loco en la calecita de la Courneuve

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Cyriac, cirrus, 2013

Un romance de estación

le hizo perder la cabeza

[…] Nunca tuvo un buen hogar,

no fue padre ni fue hijo.

[…] Dios es una máquina de humo

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Juan Carlos Baglietto, un loco en la calecita, 1983

La Courneuve no tiene puerto, pero muchos barcos llegan y hay un sinnúmero de naufragios. El loco en la calecita es negro, pero podría haber sido de cualquier parte del planeta, dado el barrio en el que vive. No se sabe si llegó o si nació aquí. Habla poco y el acento es lo único que traiciona a los habitantes de la Seine Saint Denis, por lo demás, trabajan tanto y más que un francés y no se quedarían entre ellos si los demás no les cerraran las puertas con discursos bobo sobre la diversidad cosmopolita y después se juntan entre ellos. Pero él no, no se sabe.

Su carrusel, su calecita, es la ciudad y es su cabeza.

A veces se le puede ver en el metro, se reconoce su surco cuando va por los andamios del metro. Discute con un enemigo, lo insulta, lo agrede. El problema es que está en ahí arriba y que el enemigo puede ser cualquier persona. Es mejor no cruzarlo cuando la calecita arrancó. El mareo es contagioso y su ira interminable, calecita-torbellino.

En una reciente ocasión se le vio en el supermercado, al incio del ciclo cotidiano, sin calecita, por las nueve, cuando acababan de abrir, saludando a todos con un bonjour tan breve que nadie sabe de dónde viene, y menos hacia dónde va, pero sí lo que quiere. Lo vieron tomándole la temperatura a las latas de cerveza con el dorso de la mano para ver cuál estaba más fresca Lire la suite

Volado de vagón

Regresaba del trabajo un lunes, como siempre de norte a sur y de sur a norte. Entre las estaciones Fort d’Aubervilliers y La Courneuve, en el suburbio norte, la lectura fue inevitablemente atraída por una moneda que rodaba en dirección opuesta a la del metro. Se ven muchas cosas en el metro, pero monedas paseándose solas, no lo creo, y menos rodando; Iba de espaldas al sentido de la marcha, así que la vi en el sentido en el que avanzaba hasta que acabó por estrellarse contra el zapato de una mujer vestida de negro, unos sesenta años, cabello negro azabache, quizás de orígen magrebí o de otra zona de la costa mediterránea, que es vasta. Me miró directamente y después crucé la mirada del hombre que iba al lado de ella, medio adormilado, arqueó incluso las cejas y me sonrió. Volví a ver a la señora. Un tesoro apareció en una ciudad que generalmente te arranca pedazos, sobre todo si vienes de otra parte. Nos hicimos gestos para preguntarnos sobre el origen de la moneda de cincuenta centavos, con una sonrisa, pero si ella no había visto de dónde había venido, yo menos, puesto que estaba de frente a ella.

Volteamos a ver a su vecino de asiento Lire la suite

¿Dónde putas he andado? II: La cajuela

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Aquella tarde de viernes había terminado la chamba en la escuela de Ivry, un suburbio al sur de París al lado opuesto de la Courneuve, donde vivo. Como cada día, para hacer más digerible el trayecto de una hora y media, lo hacía por etapas. Esa tarde iba a pasar a visitar a Pierre Luc, el primo de Kenji, cerca de la Bastilla para echar una chela y aprender, más que hablar, sobre el rap actual al cual es adepto. Al llegar, me abrió la puerta uno de sus amigos, lo saludé y me presenté, su respuesta fue la siguiente:

– Si quieres, pero ya nos conocemos.

Mis ojos se entre cerraron instintivamente, mirando esta vez con atención su rostro para tratar de conjugarlo con algún recuerdo, sin suerte. Supongo que se dio cuenta puesto que retomó la palabra:

– Pues yo sí me acuerdo de ti, cuando te subiste a la cajuela de mi coche.

– ¿Perdón?

– Lo que te digo, insististe en subirte a la cajuela.

Seguía tratando de encontrar algún recuerdo pero nada parecía querer subir a la superficie de la consciencia.

– ¿ Y había alguna razón para que quisiera hacer eso? ¿Estaba borracho? Lire la suite