Se me olvidó que te olvidé, pero a medias

Bebo y Cigala, 2003

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Siempre te llamé mi encanto,
siempre te llamé mi vida,
hoy tu nombre se me olvida.
Se me olvidó que te olvidé
[…] Y la verdad no sé por qué

se me olvidó que te olvidé,

a mí que nada se me olvida

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Lolita de la Colina, Se me olvidó que te olvidé, 1970 y algo

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Que no se te olvide acordarte

que me tienes que olvidar

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Los Tres, Hojas de , La espada y la pared, 1995

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Hace unos días te quise nombrar, pero no pude recordar tu nombre. No sabía que fueras tan importante. Hasta ahora, nunca había olvidado a nadie, ni siquiera a la chica pelirroja que me trajo de arriba para abajo durante la adolescencia. De ella, recuerdo bien el nombre : Brisa. Además de tener el cabello cobrizo, era costeña, de la península de Yucatán. Era una de esas rarezas del fenotipo que llegaron por barco hace varios siglos, se mezclaron, y que aparecen como energúmenos de belleza, descontextualizados y relucientes. Al menos así la veía.

Brisa me tuvo a su lado un par de años y nunca me besó. Me utilizó, yo también, pero era la época de aprender a amar y yo no le hacía el suficiente daño como para que quisiera estar conmigo, y su ideal del amor, no era yo. De ella, aprendí que no me gustan las mujeres que son así, y que la búsqueda del amor depende del momento de vida, del pasado, y no es una forma fija, sino que evoluciona si se tienen los ojos abiertos.

Durante varios años la crucé en pasillos y jardines; bibliotecas y auditorios. Estudiábamos en la misma universidad, pero nuestra historia fue durante el bachillerato. En cada encuentro, no podía evitar sentir un rictus amargo. Tampoco me había interesado intentar crear una amistad, simplemente nos alejamos. Claro que, al final, cuando ya tenía otra vida, ese recuerdo dejó de ser doloroso.

Pero contigo, no sé qué ha pasado. Supongo que eres un nuevo límite personal y es que hice contigo lo que no pude hacer antes, decirle a alguien « Puesto que juegas conmigo, sal de mi vida para siempre y olvida que existo ».

A mí también me pareció desproporcionado cuando te hube pedido que borraras mi número, que no me llamaras más ni me enviaras mensajes, ni correos electrónicos. También borré tu contacto del libro de caras, sin pensar que después regresarías con un seudónimo.

Sin embargo, antes, no hubo marcha atrás. Supongo que lo que siguió después fue una especie de damnatio memoriae. Te fuiste de París, yo me quedé. Más de un año pasó desde la fecha en que te fuiste, aunque sólo es aproximada, porque para entonces ya no sabía nada de ti. Cuando enviaste un mensaje en el libro de caras, con un seudónimo, tuve que preguntarte quién eras. Por alguna razón, nunca me dijiste tu nombre en aquellos mensajes, pero sabía en esencia quién habías sido. Lire la suite