Todo por un dedo o Parado-de-manos y otras calles

break

Un hilo metálico apretaba mi dedo pulgar del pie. Era lo suficientemente  delgado como para cortarlo. Blandía su diámetro discreto en mi carne, comenzaba a doler, supongo que porque podía presagiar el poder de  una minúscula cuchilla cilíndrica.

Mi amigo tiraba del borde que favorecía el cierre del nudo y la entrada del metal en mi piel. Se trataba de un juego infantil, un encuentro de dos pequeños machos que se debaten, cual leones neófitos que quieren probar quién es el cachorro más fuerte y acaban por calentarse y morderse de verdad.

Gritaba: « ¡No, ya, suelta el cable! ». Eso pedí, puse un  acento un tanto aterrado en la voz, acompañado de un gesto duro: el ceño fruncido. Alcé la voz porque, era claro, si seguía tirando del cable, mi amigo acabaría por cortarme el pulgar. Y la cuestión es que yo sabía que él era mi amigo, pero sabía también que si seguía jalando así, con esa fuerza que sentía cada vez más dentro de mi carne, a pesar de ser mi amigo me amputaría el dedo.

¿Qué hacer? ¿Negociar o atacar? Es decir, ¿defenderme o atacar? Porque, después de todo, era un amigo ; pero también sentía como si una boca lisa se aferrara a mi dedo, fría, con fuerza, poco a poco, mientras negociaba una vez más:  » ¡Ya, no mames, suelta el cable o te rompo la nariz ! ».

Sujetaba su nariz con fuerza, por si acaso . Con disgusto y miedo. Disgusto, porque era mi amigo y eso no debía estar pasando; y miedo, porque si terminaba por hacer rodar mi dedo por el suelo, no sabría qué hacer.

Un nuevo tirón llegó hasta el hueso y no tuve opción. La sangre brotaba de mi dedo y comenzaba a hacer un pequeño charco alimentado por las gotas del pie suspendido antigravitaroriamente, que era como estaba, con la pierna levantada en ángulo agudo, tratando de disminuir la tensión.

No tuve opción y sumí la mano hacia su cara. Su nariz entró en su rostro como la cabeza de una tortuga, crujiendo como cuando se rompe el cartílago del esternón de un pollo. En su lugar, quedó un ombligo lleno de la pelusa ambiental de mi cuarto, en el centro del triángulo de los ojos y la boca, como es habitual en esos casos. Lire la suite

Soy ilegal y ya estuvo, ciao

Francisco José de Goya (1746-1828), Modo de volar plancha No. 13 de Los Disparates, 1815-1824

Hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera por ellas la fobia del vulgo. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia.

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Samuel Beckett, Relatos, El final, 1945

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Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera;

y las fronteras se mueven, como las banderas

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Jorge Drexler, Frontera, 1999

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Cuando cruzamos la puerta de la Office Français de l’Immigration et de l’Intégration, dos rostros arquearon las cejas, interrogándonos. Eran el guardia y la secretaria. Pero más que ellos, fueron ciertos detalles del lugar lo que llamaba la atención. Los asientos eran demasiado turquesas, un poco pastel, y la escalera de caracol con su barandal rojo carmín y sus peldaños blancos y su silencio incómodo. Saludamos. El guardia verificó el contenido de mi bolsa mientras Saad hablaba con la secretaria y Sani esperaba sin decir nada. Saad es pakistaní, y Sani es hindú, pero hablan la misma lengua, el punyabí.

Nos recibieron diciéndonos que sin cita no se podía ver a nadie. Saad preguntó por una persona en particular. La secretaria rubia de unos cincuenta años respondió de entrada que estaba ocupado. Saad insistió. Ella llamó mientras repetía que estaba ocupado. Confirmó que estaba ocupado y colgó. Saad le dio otro nombre. Ella lo miró por un segundo y después marcó la extensión. La persona respondió, su asentimiento lo probaba. Nos pidió que esperáramos. Fue entonces cuando descubrimos los asientos demasiado turquesas. Estaban demasiado limpios. Ninguno de los tres tuvo el reflejo de sentarse. Sólo Saad y yo lo vimos, en realidad, pero Sani también lo sintió, al menos por el brillo. Todo lo demás era blanco o gris en aquel espacio.

Lo hicimos de cualquier manera, nos sentamos en silencio. El guardia miraba por la venta mientras jugaba con su corbata y con la identificación que llevaba alrededor del cuello. Afuera el sol estba en su cara más bella, bañando la primavera, como pocos avriles. A Hopper le hubiera gustado la manera en que el guardia contemplaba a los transeúntes. La secretaria encadenaba llamadas. El guardia, después de cinco minutos se sentó en su silla anaranjada. Había pocos objetos de colores, pero los que había parecían ocupar todo el espacio del pasillo que llevaba hacia la escalera donde, supuse, sí habría funcionarios y clientes. Por una vez, el guardia no era negro ni árabe. Era un hombre blanco y robusto que parecía más bien hecho para trabajar con su cuerpo que para estar parado todo el día revisando bolsos y mochilas.

Esperamos en silencio. Se escuchaban algunas voces que bajaban por la escalera de caracol. Unos pasos que pensé que acabarían bajando, pero que siguieron de largo.

No sabía a quién esperábamos, así que cualquier persona hubiera dado igual. Otros pasos se acercaron a la escalera, pero nadie bajó. Una empleada entró, quejándose de algo a lo que los otros no respondieron, se quitó el abrigo mientras subía por la escalera de caracol. Subía con pena, pero fue una escena bella, no sé por qué, tenía el gesto de las vírgenes, entre dolor, lejanía y una mirada materna.

Otra persona atravesó la puerta. Tenía una cita. Dos más salieron. Afuera los turistas paseaban, cerca de la plaza de la Bastilla. Todos hubiéramos preferido estar afuera, pero estábamos ahí. Una cuarta persona entró por la puerta principal y saludó de inmediato a Saad. Era un hombre de porte medio y de una cuadratura digna de la lucha libre y una panza cervecera, con un tono de voz sobrio, pero con detalles en su forma de hablar para romper la tensión del momento, después de todo, Sani estaba ahí para declararse inmigrante ilegal en Francia. Lire la suite

Viajando

Por José Narváez

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yendo;

de paso o

de vida en vida

pasando

se puede ir reconociendo antiguas huellas

canciones, cuentos, leyendas

trabajos, amistades, aventuras

creencias

y otras realidades

se suman a los ojos

dondequiera que uno vaya

encuentra lo que trae consigo acumulado

eso que late hacia los otros

atravesando fronteras

cada sitio cada pie puesto en cada suelo nuevo

establece sus códigos en ti

te hablan desde el centro de la Tierra Lire la suite

La fila de la oficina de migración o cagarse de frío para quedarse en un país

Lately, did you ever feel the pain,

in the morning rain,

as it soaks you to the bones ?

Oasis, Live forever, Definitly Maybe, 1994

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Era una mañana especialmente fría, pero no me di cuenta de ello hasta que ya estaba en aquella fila. No era la primera vez que me encontraba en ese mismo lugar. Aunque no podría decir que fuera la misma fila la que estaba haciendo, era otra, distinta de las demás. Las personas también. Así que estaba haciendo una nueva fila para hacer un trámite que tampoco era el mismo, pero que se parecía a otros ya vividos. El frío tampoco era el mismo y me pareció inadecuado. Hubiera querido reclamarle a alguien por aquel frío que no había tenido tiempo de prever. La lluvia tampoco había podido preverla, a pesar de la facilidad que ofrecen los satélites y el internet, porque salí de prisa.

Justo cuando iba llegando a la fila, pude percibir el paso agitado y nervioso de tres hombres que convergían hacia el mismo punto. La hilera que ya media treinta metros a las siete de la mañana,

La explanada al centro de un conjunto de edificios administrativos era digna de un arquitecto soviético que hubiera debido construir aquel kafkiano asentamiento.

El cielo no ayudaba a dar un poco de brillo a la estampa. Pero el cielo no es culpa de nadie, quizás apenas causa de algo, pero en todo caso, amoral.

Me convencí de que una o dos personas antes que yo, no pesarían sustancialmente la espera que había experimentado en un tiempo relativamente reciente. Así que no apresuré el paso hacia el final de la fila.

Al instante, la memoria me envió hacia el recuerdo de otras esperas en el mismo lugar, los números desfilando con la velocidad propia al crecimiento de las estalactitas. Al menos así apareció en el recuerdo y me hizo mantener el mismo paso. Los otros dos corrieron y me di cuenta de que yo también habría podido correr. Subió como un eructo entonces la certidumbre de una posibilidad no elegida por convicción, donde las otras piezas del ajedrez ponen en escena una vista externa, en la cual se podría haber participado. Lire la suite

No me vaya a magullar los aguacates

I rebel music,
I rebel music.
Why can’t we roam this open country?
Oh, why can’t we be what we wanna be?
We want to be free.

Bob Marley and the Wailers, Rebel music, 1986

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La obtención del boleto no había seguido el procedimiento común. Es decir, común para estos días. No lo compré en internet. Demasiado caro. Además necesitaba poder pagar en líquido porque había efectuado el último retiro al que tendría derecho hasta recibir mi paga. Busqué otra vía, también por internet, para encontrar un boleto que alguien revendiera para el día en que quería partir. Lo encontré, a mitad de precio. Me quedé de ver con el vendedor en la estación del Este. Era un señor visiblemente nervioso, lo que me hizo pensar en una estafa, pero su voz me convenció de que el temblor de manos tenía otro origen.

Con ese boleto me iba a Aviñón, aunque tenía que salir del Aeropuerto Charles de Gaulle. Eso implicaba pagar un boleto al aeropuerto que cuesta siete euros con cuarenta centavos. Demasiado dinero para un trayecto tan corto. Además prefería guardar ese dinero para un café, comida o una cerveza. Así que me subí sin boleto, por enésima vez. Hasta entonces había tenido suerte, pero ese día traía las antenas bajas, había dormido poco. Me senté en el vagón anterior a la cola del tren. Había una rubia que pretendía parecer más joven de lo que era, lo cual la volvía grotesca, mirando su reflejo durante los túneles que alternaban con partes a ras de suelo y luz natural, donde el espejo se volvía ventana. A través de la ventana de la puerta que separaba mi vagón del vagón siguiente, con forma de circo máximo miniatura, pude ver que unos controladores de boletos venían oscilando de izquierda a derecha entre los pasajeros. Sujeté mis cosas y me fui a la parte más lejana del vagón. Un negro corrió conmigo y me puso más nervioso porque decía “¡Puta madre, ¿por qué hoy, que no tengo dinero?”. La estación parecía no querer aparecer, fue larga, pero acabó por mostrarse. Bajé al muelle, pensando en agarrar el próximo tren, pero los vi bajar, hacer cuentas, hablar riendo un poco. No estaban en su punto más paranoico y volví a subir.

Al llegar a la estación desplegué las antenas, tenía una paranoia residual. Lo he hecho otras veces, el entrar a la estación. Hay que pasar pegado a alguien que haya introducido su boleto, ser su caparazón. Pero primero hay que ver que no haya controladores. Salí, tranquilo y compré un café. Mi tren tenía retraso. Me di cuenta sólo entonces de que la arquitectura de la estación era impresionante, con luz por todos lados, incrustada sobre una estructura de metal pintado de blanco, alto, imponente como los invernaderos de Napoleón. En los lugares públicos no se puede fumar, pero todos lo hacen. Aún así pretendí transgredir la regla en un lugar tranquilo. Bajé la escalera eléctrica que me llevaba de la terraza hasta el muelle desde donde debía salir. Las sillas eran de metal, lisas, higiénicas y brillantes como una mesa de operaciones. Había dormido poco, por eso me temblaba el pulso. Por eso y porque había habido algo de fiesta la noche anterior. En concreto, me temblaba la mano. Nunca he tenido buen pulso.

Acomodé mis cosas en dos asientos. Llevaba una mochila con mi computadora y toda mi ropa para una semana, así como el saco de dormir que pertenecía al Alejandro, el amigo al que iba a ver, amarrado al frente. Además de eso llevaba una guitarra y otra mochila que habría de proveernos carbohidratos, proteínas, agua y algunos minerales. Vi bajar a una pareja sin equipaje. Barrieron el muelle con la mirada y se detuvieron en mí. Supe de inmediato que eran policías. Se acercaron y me aplicaron el charolazo.