Punica granatum

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¿Qué culpa tiene la granada de las miserias que los hombres nos inventamos? Ella tan turgente y estival y nosotros tan humanos. Vi una flor en el piso, desbordando por encima de la reja de una casa, un poco roja, un poco naranja, un poco sangre. Como cuando ves tu ser fluir por un catéter y que el suero va en sentido contrario, cuando no tienes suerte.

Montpellier, el verano. De niño, mi prima me enseñó que si se jala el pedúnculo, el estilo de desliza hasta el receptáculo y cuelga. Unos aretes maravillosos que nos poníamos antes de que lo que es ser mujer y hombre nos contaminaran y no lo pudiéramos hacer sin que los otros nos dijeran algo. Lo permitido y lo prohibido, las personas y lo que nos enseñaron sin que pudiéramos evitar sus palabras.

Recojo dos flores de la calle y odio hasta el tuétano a la persona que comparó al fruto con un arma. ¿Qué parte? La granada no pidió nada. Estaba ahí antes de que surgiéramos. ¿Es su forma redonda? ¿O sus granos que alguien pensó en cambiar por metal para matar? ¿O su color lleno de vida, agua, fibra y azúcar, que abre su piel para que los pájaros se la coman y se la lleven de viaje? Y ahí llegamos, recogiendo frutos, hambrientos, pero nuestra versión no tiene vuelo, no va a ninguna parte cuanto la encuentras, pero sí es roja. Es sabido, donde hay flor, hay fruto. Y donde estamos nosotros ¿qué hay? ¿Qué pensarán los pájaros de nosotros?

¿Qué culpa tiene la granada? Ves la planta y el fruto parece demasiado pesado para su tamaño y sin embargo, ahí está, a punto de estallar antes de que te la comas, colgando de su rama aparentemente frágil pero que la sostiene. Hay comparaciones que no deberían hacerse. ¿No es el lenguaje algo humano e infinito según nosotros mismos? Entonces ¿Por qué nos quedamos sin palabras y nombramos a la naturaleza para llamar a la muerte? No sé los demás, pero desde hoy la llamaré bomba, a nuestra cosa, me comeré el fruto y me pondré unos aretes, y que los Homo sapiens se hagan bolas. Yo me voy a Andalucía y ahí los dejo con su desmadre.

Un cowboy mexicain à Montpellier

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Photography by Ashlee Nobel and Janet Warlic

Comme beaucoup d’étudiants et de touristes de cette ville, le cowboy rocker mexicain finissait sa soirée quelque peu bourré au crépuscule, au moment imprécis où ce n’est ni tôt ni tard ou, plutôt quand c’est tôt pour ceux qui se lèvent et tard pour ceux qui ne se sont pas encore couché.

Pour beaucoup de latinos comme lui, il était en dessous de la moyenne française de taille, ce qui lui valait parfois d’être décrit par ses amis comme étant « petit et très beau », pour qu’on le reconnaissent. Sa tête de diable se voyait à des lieues. À cette description s’ajoutaient le détail des cheveux longs et lisses, de la tenue rock et des santiags facilement repérables, ainsi que les boucles d’oreille à plumes, les chaînes argentées et discrètes, et les tatouages.

Il aurait certes pu être aisément reconnu aux santiags. Cependant il ne les portait que pour les grandes occasions, comme ce soir.

Avec cette dégaine et qu’une grande envie de continuer la virée nocturne, il a décidé de faire comme il faisait déjà à Mexico, parler aux gens qui lui semblaient avoir la même vibration, et voir ce qu’ils proposaient, ou les prendre dans l’équipe ; à la recherche d’encore plus de nuit, même si le jour menaçait depuis l’horizon, déjà tangent.

Il s’est adossé à un mur à l’angle d’une rue, la bière à la main et une réserve de rhum dépassant de la poche de la veste en cuir, au cas où quelqu’un de sympa aurait encore soif.

C’est alors qu’une voiture s’est approché de lui. Deux jeunes en survet’ que la plupart de gens auraient fui, surtout par leurs voix ivres, lui on demandé s’il voulait aller quelque part. Il habitait deux rues plus loin.

– Je ne fais pas du stop, leur a-t-il précisé, j’ai juste envie de tiser avec des potes. Vous avez soif ?

– Toujours, vas-y, monte. On va chez nous. Lire la suite

Por amable

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La jaula robada, Hallé, 1753

Dejar París había sido especialmente difícil aquel verano. Las ciudades pueden ser un vortex que te traga cuando estás de espaldas, si le pierdes el paso. Los años anteriores desde mi llegada también París sólo me había permitido salir por intervalos cortos durante la época estival. Tener tres cuatro o cinco trabajos, más los estudios universitarios, sin cuya validación me corrían de este país, implicaba trabajar todo el año. En 2015 me había propuesto darme unas verdaderas vacaciones. La cuestión del dinero era menos clara, pero la idea estaba ya ahí. Por algo se tienía que comenzar.

La mejor solución era subarrendar mi cuarto. Pensé que sería fácil, pero me tomó casi un mes entre las visitas infructuosas y las personas que mis compañeros de casa no avalaban. Yo sólo me quería ir. Sin embargo, sin el dinero de la renta no podría pagar el cuarto que me esperaba en Montpellier, gracias a Octavio, mi amigo mexicano. Además ya me había comprometido con él. Fue más exasperante que difícil, pero al final logré encontrar inquilinos para todo el verano, para mí y para Maeva, mi colega belga, antes de que mi ansiedad me tragara, justo antes. Ahí empezaron las actividades en el medio inmobiliario.

Entre mis cálculos alegres estaba gastar lo mismo en comida, que es lo único que llevaba en la cartera, así como un par de cheques de los primeros locatarios. Cabe decir que sin la ayuda de mis camaradas de casa con quienes vivo desde hace años, no hubiera podido tener vacaciones. Eso de dejarle tu cuarto con todas tus cosas a completos desconocidos, que tienen acceso a toda la casa, a nadie le gusta que yo sepa. Me echaron la mano y agarré el primer tren que pude pagar hacia el sur. Lire la suite