Botellita al mar

Bottle, Kristen Lepore, 2010

En el borde de tus aguas
hay un murmullo de sal,
son aladas tus espumas,
es salado tu cantar.
Hay flores en el mar.

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Jorge Drexler, Flores en el mar en Llueve, 1998

Una botellita al mar,

momento de billar cósmico

aparente caos estelar

que fue punto,

y va lejos hacia donde no sabemos

y que flota en su vacío

sobre algo que ignoramos.

La botellita también flota,

botellita con una flor,

no te pudras antes de llegar a puerto

o navega como las de Iemanjá.

Botellita seca,

Una uva pasa, un cascabel, Lire la suite

Soy ilegal y ya estuvo, ciao

Francisco José de Goya (1746-1828), Modo de volar plancha No. 13 de Los Disparates, 1815-1824

Hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera por ellas la fobia del vulgo. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia.

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Samuel Beckett, Relatos, El final, 1945

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Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera;

y las fronteras se mueven, como las banderas

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Jorge Drexler, Frontera, 1999

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Cuando cruzamos la puerta de la Office Français de l’Immigration et de l’Intégration, dos rostros arquearon las cejas, interrogándonos. Eran el guardia y la secretaria. Pero más que ellos, fueron ciertos detalles del lugar lo que llamaba la atención. Los asientos eran demasiado turquesas, un poco pastel, y la escalera de caracol con su barandal rojo carmín y sus peldaños blancos y su silencio incómodo. Saludamos. El guardia verificó el contenido de mi bolsa mientras Saad hablaba con la secretaria y Sani esperaba sin decir nada. Saad es pakistaní, y Sani es hindú, pero hablan la misma lengua, el punyabí.

Nos recibieron diciéndonos que sin cita no se podía ver a nadie. Saad preguntó por una persona en particular. La secretaria rubia de unos cincuenta años respondió de entrada que estaba ocupado. Saad insistió. Ella llamó mientras repetía que estaba ocupado. Confirmó que estaba ocupado y colgó. Saad le dio otro nombre. Ella lo miró por un segundo y después marcó la extensión. La persona respondió, su asentimiento lo probaba. Nos pidió que esperáramos. Fue entonces cuando descubrimos los asientos demasiado turquesas. Estaban demasiado limpios. Ninguno de los tres tuvo el reflejo de sentarse. Sólo Saad y yo lo vimos, en realidad, pero Sani también lo sintió, al menos por el brillo. Todo lo demás era blanco o gris en aquel espacio.

Lo hicimos de cualquier manera, nos sentamos en silencio. El guardia miraba por la venta mientras jugaba con su corbata y con la identificación que llevaba alrededor del cuello. Afuera el sol estba en su cara más bella, bañando la primavera, como pocos avriles. A Hopper le hubiera gustado la manera en que el guardia contemplaba a los transeúntes. La secretaria encadenaba llamadas. El guardia, después de cinco minutos se sentó en su silla anaranjada. Había pocos objetos de colores, pero los que había parecían ocupar todo el espacio del pasillo que llevaba hacia la escalera donde, supuse, sí habría funcionarios y clientes. Por una vez, el guardia no era negro ni árabe. Era un hombre blanco y robusto que parecía más bien hecho para trabajar con su cuerpo que para estar parado todo el día revisando bolsos y mochilas.

Esperamos en silencio. Se escuchaban algunas voces que bajaban por la escalera de caracol. Unos pasos que pensé que acabarían bajando, pero que siguieron de largo.

No sabía a quién esperábamos, así que cualquier persona hubiera dado igual. Otros pasos se acercaron a la escalera, pero nadie bajó. Una empleada entró, quejándose de algo a lo que los otros no respondieron, se quitó el abrigo mientras subía por la escalera de caracol. Subía con pena, pero fue una escena bella, no sé por qué, tenía el gesto de las vírgenes, entre dolor, lejanía y una mirada materna.

Otra persona atravesó la puerta. Tenía una cita. Dos más salieron. Afuera los turistas paseaban, cerca de la plaza de la Bastilla. Todos hubiéramos preferido estar afuera, pero estábamos ahí. Una cuarta persona entró por la puerta principal y saludó de inmediato a Saad. Era un hombre de porte medio y de una cuadratura digna de la lucha libre y una panza cervecera, con un tono de voz sobrio, pero con detalles en su forma de hablar para romper la tensión del momento, después de todo, Sani estaba ahí para declararse inmigrante ilegal en Francia. Lire la suite

No me pidas que no sea un inconsciente (que hay demasiado motivo)

Por Oliverio Rozado

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No me pidas que no sea un inconsciente

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(en pdf para respetar el orden que le dio el escritor a sus palabras)

y el video más fresquito del autor con la banda Muerte Chiquita, donde habla de nos narra de dónde salió el Kukulkán Blues Lire la suite

Viajando

Por José Narváez

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yendo;

de paso o

de vida en vida

pasando

se puede ir reconociendo antiguas huellas

canciones, cuentos, leyendas

trabajos, amistades, aventuras

creencias

y otras realidades

se suman a los ojos

dondequiera que uno vaya

encuentra lo que trae consigo acumulado

eso que late hacia los otros

atravesando fronteras

cada sitio cada pie puesto en cada suelo nuevo

establece sus códigos en ti

te hablan desde el centro de la Tierra Lire la suite

Se me olvidó que te olvidé, pero a medias

Bebo y Cigala, 2003

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Siempre te llamé mi encanto,
siempre te llamé mi vida,
hoy tu nombre se me olvida.
Se me olvidó que te olvidé
[…] Y la verdad no sé por qué

se me olvidó que te olvidé,

a mí que nada se me olvida

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Lolita de la Colina, Se me olvidó que te olvidé, 1970 y algo

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Que no se te olvide acordarte

que me tienes que olvidar

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Los Tres, Hojas de , La espada y la pared, 1995

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Hace unos días te quise nombrar, pero no pude recordar tu nombre. No sabía que fueras tan importante. Hasta ahora, nunca había olvidado a nadie, ni siquiera a la chica pelirroja que me trajo de arriba para abajo durante la adolescencia. De ella, recuerdo bien el nombre : Brisa. Además de tener el cabello cobrizo, era costeña, de la península de Yucatán. Era una de esas rarezas del fenotipo que llegaron por barco hace varios siglos, se mezclaron, y que aparecen como energúmenos de belleza, descontextualizados y relucientes. Al menos así la veía.

Brisa me tuvo a su lado un par de años y nunca me besó. Me utilizó, yo también, pero era la época de aprender a amar y yo no le hacía el suficiente daño como para que quisiera estar conmigo, y su ideal del amor, no era yo. De ella, aprendí que no me gustan las mujeres que son así, y que la búsqueda del amor depende del momento de vida, del pasado, y no es una forma fija, sino que evoluciona si se tienen los ojos abiertos.

Durante varios años la crucé en pasillos y jardines; bibliotecas y auditorios. Estudiábamos en la misma universidad, pero nuestra historia fue durante el bachillerato. En cada encuentro, no podía evitar sentir un rictus amargo. Tampoco me había interesado intentar crear una amistad, simplemente nos alejamos. Claro que, al final, cuando ya tenía otra vida, ese recuerdo dejó de ser doloroso.

Pero contigo, no sé qué ha pasado. Supongo que eres un nuevo límite personal y es que hice contigo lo que no pude hacer antes, decirle a alguien « Puesto que juegas conmigo, sal de mi vida para siempre y olvida que existo ».

A mí también me pareció desproporcionado cuando te hube pedido que borraras mi número, que no me llamaras más ni me enviaras mensajes, ni correos electrónicos. También borré tu contacto del libro de caras, sin pensar que después regresarías con un seudónimo.

Sin embargo, antes, no hubo marcha atrás. Supongo que lo que siguió después fue una especie de damnatio memoriae. Te fuiste de París, yo me quedé. Más de un año pasó desde la fecha en que te fuiste, aunque sólo es aproximada, porque para entonces ya no sabía nada de ti. Cuando enviaste un mensaje en el libro de caras, con un seudónimo, tuve que preguntarte quién eras. Por alguna razón, nunca me dijiste tu nombre en aquellos mensajes, pero sabía en esencia quién habías sido. Lire la suite