Mi querida peluquera

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Tardé seis años en encontrarla, pero lo logré. antes me cortaba el pelo solo y, claro, siempre me quedaba mal, pero veinte euros me parecía mucho dinero sólo para que te quitaran cabello de encima.

Intenté primero, por cuestiones económicas, con los árabes, los tamiles y al final los chinos, de a cinco euros el corte. El problema es que sólo saben hacer uno, el del barrio, que es lo más cercano a un corte militar que no me queda nada bien.

Me encanta mi peluquera, es muy independiente, tanto que creo que sólo una vez salí con el corte que imaginaba en mi cabeza en los cinco años que llevo yendo con ella. No es que no me deje hablar y me ponga un trapo en la boca. Simplemente me escucha, pero parece olvidar  los detalles mientras me lo va cortando en silencio.

Le digo « no muy alto » y le sube; « más largo » y casi no le corta nada. Pareciera que estuviera pensando en un amor perdido, de esos que te embarcan y dejas de hacer lo que tienes que hacer, para añorar o sólo es distraída, sólo ella lo sabe.

No es por estas cualidades por las que la elegí, Lire la suite

El bidet y el baño turco

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La palabra « bidet », fue Charly García quien me la enseñó, pero me tardé mucho en comprender lo que era, su frase diciéndo « por favor no hagas promesas sobre el bidet », más todo lo que seguía en la canción me bastaron por varios años para recordar que había una separación, un amor truncado, una nostalgia.

Fue hasta que llegué a Francia por segunda vez que un día me levanté de alguna cena o fiesta en la que estaba para ir al baño. Pasé del minúsculo sanitario a la sala de baño para lavarme las manos y ahí estaba, junto al lavabo, una pequeña taza como para un niño, pero con un embudo como el del lavadero y una toma de agua en el borde. Entre taza y lavabo. Salí desconcertado, pensando en las maneras de usarlo o en el tipo de personas que lo usarían, si es que eran humanos. Fue entonces cuando me enteré que aquel era el bidet y que se usaba en otro tiempo, cuando el agua y la calefecacción eran más escasas, para darse un baño de guante de las partes básicas, es decir, genitales, culo y axilas, más una enjuagadita del resto, espero que en el orden inverso.

En mi casa hay uno y no he visto a nadie usarlo en los diez años que llevo aquí más que para enguajarse los pies y lavar los trapos y el trapeador.

Se trata de uno de esos objetos que se han vuelto anacrónicos pero que permanecen en los espacios porque quitarlo implicaría gastos y lo dejan estar hasta que alguien se decida a cambiar radicalmente el espacio y los objetos de otro tiempo que están dentro de él.

Eso le va a pasar al departamento de la Cournevue, que no ha sido renovado desde los años sesenta, según el propietario, quien va a arrasar con todo, dejar los muros de la estructura y dividir la casa en dos departamentos, sin bidet, esta vez.

Algo similar me sucedió con el baño turco, y sin ir a Turquía. Llevaba ya aquí algunos años y había pasado de largo por aquella experiencia de abrir la puerta del baño de un pequeño bar en Montmartre, con prisa y encontrar, no una taza, no un mingitorio, sino una estructura de losa, como lo son las sanitarias, pero con un hoyo en medio y dos superficies antiderrapantes y un poco en altura, para los pies. Había visto letrinas, por lo cual lo del hoyo no era un problema, el principio era el mismo en todos, pero nunca había enfrentado tanto minimalismo, es todo, me agarró desprovisto. Me dio casi la impresión de estar en la calle. Al jalar la palanca el agua inunda la base y las plataformas elevadas te mantienen al margen de la suciedad. La reserva de agua y la limpieza son las mismas, en una caja, en alto. Ahora ya los conozco, pero nunca he acabado de acostumbrarme, lo que sí es cierto es que así no hay diferencia entre baño de hombres y de mujeres y es más higiénico. Minimalismo sanitario demócrático, no se puede negar, pero sigue siendo raro encerrarse en el trono, sin trono.

Et quoi encore?

Arrêter de penser que le bonheur est ailleurs,

À l’heure qu’il est, alors que certains sont partis,

de ceux qu’on aimait,

tracer ses bases à la craie et ensuite au marteau piqueur,

prendre son tempo, tâter le terrain, éviter la moiteur,

les moisissures, et l’horreur d’un lundi sans cœur,

encore accroché aux liqueurs,

sauveteurs de la mélancolie du monde,

et de cette indélébile trace vagabonde

plein au milieu du dos, là où ça fait un mal immonde.

Quoi que je réponde, mes paroles sont faussées,

je les ai usées, lessivées,

maintes fois retournées et recolorées.

Rien à faire dans cette affaire infernale

où t’as tort d’emblée et commence alors la cavale

sous la chaleur estivale,

ou sous la chute des pétales

d’hiver, le livreur de mauvais sorts

te la fera toujours à l’envers. Lire la suite

Pile quand tu voulais arrêter: le père Noël

Père Noël, 2013 photo par cyberdilou

J’avais décidé d’arrêter de fumer, tout. Le tabac et maryjane. Ça marchait plutôt pas mal les premiers jours, mis à part ces moments de solitude où les vices font surface et mettent en évidence les creux de l’existence qu’on remplit avec. Pour ceux qui s’y connaissent, ce n’est pas donné.

Cependant une période de vaches maigres m’avait facilité la tâche, je ne pouvais payer ni l’un ni l’autre. De temps en temps je tournais en rond mais la conviction d’avoir les poches vides ne me laissait pas d’issue.

Un de ces soirs, je regardais les gens passer à travers la fenêtre de la cuisine quand la porte a sonné. C’était notre cher docteur qui livrait à domicile pour un minimum de cinquante euros et qui travaillait tous les jours. À présent disparu de la ville. Il est arrivé en s’excusant pour le retard.

Vu que je n’étais pas le seul à l’appeler dans la maison, j’ai cru que quelqu’un d’autre lui avait donné rendez-vous et qu’il serait en retard. J’ai appelé tout le monde concerné, mais la réponse a été la même : ce n’est pas moi.

Le docteur paraissait un peu contrarié, il a vérifié ses messages reçus, on ne figurait pas sur la liste, tel que je le lui avait dit. Il aimait bien passer à la maison, on lui proposait un café, il restait discuter un peu, puis il partait. Mais de là à passer à l’improviste.

Lui-même ne pouvait pas s’expliquer la volonté qui l’a dirigé vers chez nous, je lui ai fait part de ma détresse financière et du fait que je n’avais pas de tabac non plus, il a alors répondu, un peu gêné pour sa présence dans la maison :

– Bah, écoute, vu que je suis déjà là, je te laisse un cadeau pour le dérangement et puis si tu veux un truc je te fais un crédit pour la prochaine fois, et je te laisse un paquet de clopes et des feuilles.

C’était trop de tentation et de hasard pour ne pas saisir l’occasion, ou plus exactement, je suis trop faible. Si je croyais aux phénomènes mystiques, j’aurais dit que j’ai pensé trop fort. Le résultat était le même : je n’avais aucune volonté encore ou pas assez pour dire non au Père Noël, même si c’était sur mon ardoise.

¿Quiere ganar dinero?

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Amérique : Grand masque Wauja
© Musée du quai Branly. Photo : Patrick Griès

En el año 2015 trabajaba en cuatro escuelas diferentes. Había logrado escapar de los servicios no sin penas, el primer hotel era ya sólo un punto lejano en el horizonte. En una de ellas sólo cuidaba a los chicos, y en las otras tres profesor remplazante en dos preparatorias y una secundaria. Creo. He trabajado en tantas que la cronología comienza a ser confusa. Lo cierto es que era viernes y aquel día me tocaba ir a una preparatoria técnica especializada en el trabajo del vidrio y en la cual había una clase para extranjeros. Y después de ellos, ya estaba en el barrio latino, libre como un viernes o como una bajada en bicicleta sin manos por una cuesta, con la satisfacción de haber dado una buena clase.

Para aquellas alturas del año, lo duro había pasado que era encontrar esos trabajos, y todos me estaban pagando, no me había pasado en varios años.

No iba en bicicleta, pero la sensación era parecida, y aunque a pie, aquel punto entre el metro Luxembourg, Censier y Clunny La Sorbonne, es uno de los más altos del barrio e iba de bajada por la vida. Creo que iba cantando cuando un hombre de unos sesenta años me saludó. Le respondí el saludo con una sonrisa que era el traje que llevaba en aquel instante. Seguí de largo cuando me preguntó:

– Hey, monsieur, ¿por casualidad no es usted sudamericano?

– Heee, sí, ¿por qué?

– Es que viví muchos años en su continente y sé reconocer a los suyos.

Mi primer pensamiento es que sería un viejito como hay tantos en ese barrio de ricos, que acaban solos en sus departamentos llenos de recuerdos y objetos ostentosos, y sin nadie con quién hablar. Lire la suite