Pelando cable

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El sol anunciando la primavera,
las aves libres,
Ivry, al sur de París,
brilla sacudiéndose el invierno,
y él pelando cable,
ahí, en un minipuerto abandonado,
donde el Sena y el Marne
mezclan sus aguas,
donde una pagoda gigante,
para los sueños chinos
de la gente
se erige victoriosa,
como si siempre hubiera estado ahí.
No es por la vista majestuosa
que ha elegido el puesto,
sino porque hay tantas cosas en esa ciudad
que sólo cambia de nombre
pero no de piel,
desde Mantes la Jolie
hasta Melun,
pero ninguna le pertenece,
además de su mochila, su tienda
y su oruga para dormir.
Su orilla es un no lugar,
al lado de un puente sin peatones
y coches eventuales,
en una calle con una estrecha banqueta
que siempre está en obras
pero que nunca arreglan completamente.
Ahí,

pelando cable
al lado de una alcantarilla,
donde no hay ratas,
pelando cable donde no le digan que estorba
o que es una mancha.
No le gusta vender torrecitas
o cualquier tontería,
ni jugar al gato y al ratón
con la policía.
Menos sin papeles
y sin hablar francés.
Pelando cable para sacar el cobre,
para llevárselo al gitano,
que conoció en un lote baldío,
buscando lo mismo que él.
Pelando cable,
a punta de cuchillo, Lire la suite

Mi querida peluquera

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Tardé seis años en encontrarla, pero lo logré. antes me cortaba el pelo solo y, claro, siempre me quedaba mal, pero veinte euros me parecía mucho dinero sólo para que te quitaran cabello de encima.

Intenté primero, por cuestiones económicas, con los árabes, los tamiles y al final los chinos, de a cinco euros el corte. El problema es que sólo saben hacer uno, el del barrio, que es lo más cercano a un corte militar que no me queda nada bien.

Me encanta mi peluquera, es muy independiente, tanto que creo que sólo una vez salí con el corte que imaginaba en mi cabeza en los cinco años que llevo yendo con ella. No es que no me deje hablar y me ponga un trapo en la boca. Simplemente me escucha, pero parece olvidar  los detalles mientras me lo va cortando en silencio.

Le digo « no muy alto » y le sube; « más largo » y casi no le corta nada. Pareciera que estuviera pensando en un amor perdido, de esos que te embarcan y dejas de hacer lo que tienes que hacer, para añorar o sólo es distraída, sólo ella lo sabe.

No es por estas cualidades por las que la elegí, Lire la suite

El bidet y el baño turco

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La palabra « bidet », fue Charly García quien me la enseñó, pero me tardé mucho en comprender lo que era, su frase diciéndo « por favor no hagas promesas sobre el bidet », más todo lo que seguía en la canción me bastaron por varios años para recordar que había una separación, un amor truncado, una nostalgia.

Fue hasta que llegué a Francia por segunda vez que un día me levanté de alguna cena o fiesta en la que estaba para ir al baño. Pasé del minúsculo sanitario a la sala de baño para lavarme las manos y ahí estaba, junto al lavabo, una pequeña taza como para un niño, pero con un embudo como el del lavadero y una toma de agua en el borde. Entre taza y lavabo. Salí desconcertado, pensando en las maneras de usarlo o en el tipo de personas que lo usarían, si es que eran humanos. Fue entonces cuando me enteré que aquel era el bidet y que se usaba en otro tiempo, cuando el agua y la calefecacción eran más escasas, para darse un baño de guante de las partes básicas, es decir, genitales, culo y axilas, más una enjuagadita del resto, espero que en el orden inverso.

En mi casa hay uno y no he visto a nadie usarlo en los diez años que llevo aquí más que para enguajarse los pies y lavar los trapos y el trapeador.

Se trata de uno de esos objetos que se han vuelto anacrónicos pero que permanecen en los espacios porque quitarlo implicaría gastos y lo dejan estar hasta que alguien se decida a cambiar radicalmente el espacio y los objetos de otro tiempo que están dentro de él.

Eso le va a pasar al departamento de la Cournevue, que no ha sido renovado desde los años sesenta, según el propietario, quien va a arrasar con todo, dejar los muros de la estructura y dividir la casa en dos departamentos, sin bidet, esta vez.

Algo similar me sucedió con el baño turco, y sin ir a Turquía. Llevaba ya aquí algunos años y había pasado de largo por aquella experiencia de abrir la puerta del baño de un pequeño bar en Montmartre, con prisa y encontrar, no una taza, no un mingitorio, sino una estructura de losa, como lo son las sanitarias, pero con un hoyo en medio y dos superficies antiderrapantes y un poco en altura, para los pies. Había visto letrinas, por lo cual lo del hoyo no era un problema, el principio era el mismo en todos, pero nunca había enfrentado tanto minimalismo, es todo, me agarró desprovisto. Me dio casi la impresión de estar en la calle. Al jalar la palanca el agua inunda la base y las plataformas elevadas te mantienen al margen de la suciedad. La reserva de agua y la limpieza son las mismas, en una caja, en alto. Ahora ya los conozco, pero nunca he acabado de acostumbrarme, lo que sí es cierto es que así no hay diferencia entre baño de hombres y de mujeres y es más higiénico. Minimalismo sanitario demócrático, no se puede negar, pero sigue siendo raro encerrarse en el trono, sin trono.

Et quoi encore?

Arrêter de penser que le bonheur est ailleurs,

À l’heure qu’il est, alors que certains sont partis,

de ceux qu’on aimait,

tracer ses bases à la craie et ensuite au marteau piqueur,

prendre son tempo, tâter le terrain, éviter la moiteur,

les moisissures, et l’horreur d’un lundi sans cœur,

encore accroché aux liqueurs,

sauveteurs de la mélancolie du monde,

et de cette indélébile trace vagabonde

plein au milieu du dos, là où ça fait un mal immonde.

Quoi que je réponde, mes paroles sont faussées,

je les ai usées, lessivées,

maintes fois retournées et recolorées.

Rien à faire dans cette affaire infernale

où t’as tort d’emblée et commence alors la cavale

sous la chaleur estivale,

ou sous la chute des pétales

d’hiver, le livreur de mauvais sorts

te la fera toujours à l’envers. Lire la suite

¿Quiere ganar dinero?

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Amérique : Grand masque Wauja
© Musée du quai Branly. Photo : Patrick Griès

En el año 2015 trabajaba en cuatro escuelas diferentes. Había logrado escapar de los servicios no sin penas, el primer hotel era ya sólo un punto lejano en el horizonte. En una de ellas sólo cuidaba a los chicos, y en las otras tres profesor remplazante en dos preparatorias y una secundaria. Creo. He trabajado en tantas que la cronología comienza a ser confusa. Lo cierto es que era viernes y aquel día me tocaba ir a una preparatoria técnica especializada en el trabajo del vidrio y en la cual había una clase para extranjeros. Y después de ellos, ya estaba en el barrio latino, libre como un viernes o como una bajada en bicicleta sin manos por una cuesta, con la satisfacción de haber dado una buena clase.

Para aquellas alturas del año, lo duro había pasado que era encontrar esos trabajos, y todos me estaban pagando, no me había pasado en varios años.

No iba en bicicleta, pero la sensación era parecida, y aunque a pie, aquel punto entre el metro Luxembourg, Censier y Clunny La Sorbonne, es uno de los más altos del barrio e iba de bajada por la vida. Creo que iba cantando cuando un hombre de unos sesenta años me saludó. Le respondí el saludo con una sonrisa que era el traje que llevaba en aquel instante. Seguí de largo cuando me preguntó:

– Hey, monsieur, ¿por casualidad no es usted sudamericano?

– Heee, sí, ¿por qué?

– Es que viví muchos años en su continente y sé reconocer a los suyos.

Mi primer pensamiento es que sería un viejito como hay tantos en ese barrio de ricos, que acaban solos en sus departamentos llenos de recuerdos y objetos ostentosos, y sin nadie con quién hablar. Lire la suite