Todo por un dedo o Parado-de-manos y otras calles

break

Un hilo metálico apretaba mi dedo pulgar del pie. Era lo suficientemente  delgado como para cortarlo. Blandía su diámetro discreto en mi carne, comenzaba a doler, supongo que porque podía presagiar el poder de  una minúscula cuchilla cilíndrica.

Mi amigo tiraba del borde que favorecía el cierre del nudo y la entrada del metal en mi piel. Se trataba de un juego infantil, un encuentro de dos pequeños machos que se debaten, cual leones neófitos que quieren probar quién es el cachorro más fuerte y acaban por calentarse y morderse de verdad.

Gritaba: « ¡No, ya, suelta el cable! ». Eso pedí, puse un  acento un tanto aterrado en la voz, acompañado de un gesto duro: el ceño fruncido. Alcé la voz porque, era claro, si seguía tirando del cable, mi amigo acabaría por cortarme el pulgar. Y la cuestión es que yo sabía que él era mi amigo, pero sabía también que si seguía jalando así, con esa fuerza que sentía cada vez más dentro de mi carne, a pesar de ser mi amigo me amputaría el dedo.

¿Qué hacer? ¿Negociar o atacar? Es decir, ¿defenderme o atacar? Porque, después de todo, era un amigo ; pero también sentía como si una boca lisa se aferrara a mi dedo, fría, con fuerza, poco a poco, mientras negociaba una vez más:  » ¡Ya, no mames, suelta el cable o te rompo la nariz ! ».

Sujetaba su nariz con fuerza, por si acaso . Con disgusto y miedo. Disgusto, porque era mi amigo y eso no debía estar pasando; y miedo, porque si terminaba por hacer rodar mi dedo por el suelo, no sabría qué hacer.

Un nuevo tirón llegó hasta el hueso y no tuve opción. La sangre brotaba de mi dedo y comenzaba a hacer un pequeño charco alimentado por las gotas del pie suspendido antigravitaroriamente, que era como estaba, con la pierna levantada en ángulo agudo, tratando de disminuir la tensión.

No tuve opción y sumí la mano hacia su cara. Su nariz entró en su rostro como la cabeza de una tortuga, crujiendo como cuando se rompe el cartílago del esternón de un pollo. En su lugar, quedó un ombligo lleno de la pelusa ambiental de mi cuarto, en el centro del triángulo de los ojos y la boca, como es habitual en esos casos. Lire la suite

Besos de cocodrilo en una nube de humo de tabaco

crocodile-street-art-in-lisbon-portugal-660x435

Blublu, Lisboa, hace poco en ésta década

En esta puta ciudad todo se incendia y se va,
matan a pobres corazones,
matan a pobres corazones.
En esta sucia ciudad no hay que seguir ni parar,
ciudad de locos corazones,
ciudad de locos corazones

_________________________________________

Fito Paez, Ciudad de pobre corazones, 1987

Aquella noche Sani no tenía hambre. La gula no sería un pecado que pudieran reprocharle en ninguno de los paraísos hacia donde van los que logran salir de la Cour des miracles. Si yo fuera uno de esos dioses monoteístas con el infierno en los labios o la Tierra prometida al cabo del dedo índice, diría que aquellos que sobreviven al infierno de los hombres deberían tener un pase especial. Esto para poder saltar algunos turnos en la fila hacia la prometida eternidad, al menos, después de tanto sufrimiento, evitarles el cuello de botella que constituye cualquier trámite, aunque sea para el último.

Por eso no comió, aunque no engullera bocado todos los días, y rechazó mi invitación. En aquella ocasión, estábamos enfrente de la iglesia Saint Yves, en la Courneuve. Un señor cingalés escuchaba nuestra conversación de reoído y nos escrutaba de reojo. Después se acercó hacia nosotros y le ofreció a Sani agarrar algo de la despensa que acababa de procurarse y que se encontraba en el carrito que sujetaba por el mango. Lo primero que se saltaba a la vista, era un racimo de plátanos.

Sani lo rechazó con el mismo argumento con el que había declinado mi invitación: “no, thanks; I ate already, sir”.

El benévolo hablaba tan bien inglés como Sani, con el bello acento con sus erres breves que tanto abundan en sus regiones. Entre Sani y yo, era la lengua que nos permitía comunicar más claramente. Pero él, en general, tenía tendencia a responder en francés, como primera reacción, agotaba su vocabulario y sólo entonces pasaba al inglés.

Hablamos brevemente de lo que cada cual hacía en aquel lugar del planeta en ese momento preciso en que convergíamos. Primero él, luego yo y así llegamos a Sani. Habiendo comprendido con mayor detalle su situación, insistió nuevamente en dejarle comida, pero no había nada que hacer, pues ya había comido: Al escuchar su argumento, cualquiera diría que los excesos no eran lo que lo había llevado a quedarse ciego y a vivir en la calle.

Pero sí, Lire la suite