Las ventanas que ya no esperaba

690038Un día, a las seis de la tarde, siete años y medio después de haber firmado el contrato de arrendamiento en dos mil ocho, cuando nos prometió cambiar las ventanas, el propietario me llamó para decirme :  Mañana pasan mis trabajadores entre las ocho y las nueve para cambiar las puertas y ventanas exteriores de toda la casa ; por favor, liberen las zonas cercanas .

En el momento, me tomó tan de improvisto que lo más lógico me pareció decirle que sí, después de todo, esas ventanas, sobre todo en invierno, las deseamos muchas veces. ¿Qué había de diferencia entre las nuestras y las de los demás ? Con respecto a las de mi país natal y las de la mayor parte del continente americano, nada. Con respecto al noventa y nueve por ciento de las casas del siglo veintiuno en Francia, las nuestras eran de las pocas que no habían seguido el desarrollo tecnológico en la materia de su época y se habían quedado en el estado primitivo de rectángulos de un sólo vidrio común.

La casa era fría, especialmente mi cuarto, lo cual era el precio por pagar por un espacio muy por encima de la media parisina. Cierto, no estaba dentro de París, pero al menos tenía el metro cerca y, sobre todo, pagaba la mitad del precio promedio por una superficie más pequeña y, en muchos casos, en condiciones bastante más deplorables que las mías. Conclusión: no era el mejor casero, no era para nada accesible y siempre había tardado con todas las reparaciones, como la de la bañera, cuyo hoyo tuvimos que cubrir con papel aluminio y evitar enviar cualquier gota por el agujero tapado con cinta adhesiva, pero nos dejaba barato el lugar. No había habido cambio de decoración ni de mobiliario desde los setenta. Eso explicaba el azulejo rosa pastel en la pared de la cocina, y los muebles café claro, más los infinitos cuadrados blancos, negros y rojos del piso. Además del azulejo de alberca de los baños.

Supongo que varios de los padres y madres de las cinco personas que vivíamos en aquel tiempo en la casa, habrían hecho gestiones con el propietario que habrían acelerado el proceso del cambio prometido de ventanas. Pero ninguno de nosotros era ellos y por aquella peculiar relación con el propietario que manteníamos, tuvimos un hoyo en la bañera durante cuatro o cinco meses, ninguno lo recuerda con precisión por alguna extraña razón. Lire la suite

Puertas

Puertas. En mi casa siempre se azotan la puertas. Misósofos cierra la suya con llave. Le gusta. Su padre era cerrajero y otras cosas más. Mateo duerme con la puerta abierta. Yo no puedo. Kenji lo hace cuando llega muy borracho, pero apenas la deja entreabierta. En verano, las puertas de la terraza están siempre abiertas. En invierno, sólo la del baño. Por eso se azotan: basta con que alguien abra una ventana para que se haga una corriente de aire.

En casa de mi padre, la primera que construyó, no había puertas en el interior, sólo umbrales. A mi padre le gusta construir casas y cosas. Pero siempre tarda con las puertas. En la primera casa ni siquiera recuerdo cuánto tiempo pasó para que hubieran puertas, en su lugar había cortinas en los umbrales, de manera más oriental. Cuando las hubo, las cerraduras tardaron casi tanto como las puertas. Mientras tanto, se atrancaban con un trapo. Seguro que eso no pasaba en casa de Misósofos. Tampoco en la de mi madre.

A mi madre también le gusta construir casas. Pareciera que están compitiendo, pero yo sé que no es así, sólo les gusta construir cosas. Acompañados. Mi padre por Naty, mi madre por Juan. Pero a mi madre sí le gustan las puertas. Con cerradura y todo. Ella antes de mudarse a la casa en la que construyó, puso todas la puertas, ventanas, armarios, y todos acabados. Los detalles que decía que faltaban, yo no los podía percibir la primera vez que llegué de Francia.

Mi padre me llevó a cuidar la casa que tenía ventanas y puertas exteriores pero que estaba vacía por dentro, para cuidarla por la noche, sin electricidad, sin luz, dentro del cascarón, porque habían intentado robar el calentador y otras herramientas. Cavamos la fosa séptica a punta de pico y pala. Es decir, no es por pereza que no puso puertas tampoco en la segunda. Es sólo que las puertas para él no eran imprescindibles. Cuando las hubo, siempre estaban abiertas. Mis hermanos crecieron con las puertas abiertas, todos. A mí, siempre me gustó cerrarla, supongo que porque me gustaba esconder cosas y eso ayudaba. Ahora no escondo nada, pero siempre cierro la puerta, o al menos no escondo lo mismo que antes.

La puerta está siempre cerrada cuando estoy dentro, pero las ventanas están casi siempre abiertas. No me gusta que se acumule el humo y siempre fumo en la habitación. Suelo usar la ventana como puerta para ir hacia la terraza. Lire la suite