Punica granatum

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¿Qué culpa tiene la granada de las miserias que los hombres nos inventamos? Ella tan turgente y estival y nosotros tan humanos. Vi una flor en el piso, desbordando por encima de la reja de una casa, un poco roja, un poco naranja, un poco sangre. Como cuando ves tu ser fluir por un catéter y que el suero va en sentido contrario, cuando no tienes suerte.

Montpellier, el verano. De niño, mi prima me enseñó que si se jala el pedúnculo, el estilo de desliza hasta el receptáculo y cuelga. Unos aretes maravillosos que nos poníamos antes de que lo que es ser mujer y hombre nos contaminaran y no lo pudiéramos hacer sin que los otros nos dijeran algo. Lo permitido y lo prohibido, las personas y lo que nos enseñaron sin que pudiéramos evitar sus palabras.

Recojo dos flores de la calle y odio hasta el tuétano a la persona que comparó al fruto con un arma. ¿Qué parte? La granada no pidió nada. Estaba ahí antes de que surgiéramos. ¿Es su forma redonda? ¿O sus granos que alguien pensó en cambiar por metal para matar? ¿O su color lleno de vida, agua, fibra y azúcar, que abre su piel para que los pájaros se la coman y se la lleven de viaje? Y ahí llegamos, recogiendo frutos, hambrientos, pero nuestra versión no tiene vuelo, no va a ninguna parte cuanto la encuentras, pero sí es roja. Es sabido, donde hay flor, hay fruto. Y donde estamos nosotros ¿qué hay? ¿Qué pensarán los pájaros de nosotros?

¿Qué culpa tiene la granada? Ves la planta y el fruto parece demasiado pesado para su tamaño y sin embargo, ahí está, a punto de estallar antes de que te la comas, colgando de su rama aparentemente frágil pero que la sostiene. Hay comparaciones que no deberían hacerse. ¿No es el lenguaje algo humano e infinito según nosotros mismos? Entonces ¿Por qué nos quedamos sin palabras y nombramos a la naturaleza para llamar a la muerte? No sé los demás, pero desde hoy la llamaré bomba, a nuestra cosa, me comeré el fruto y me pondré unos aretes, y que los Homo sapiens se hagan bolas. Yo me voy a Andalucía y ahí los dejo con su desmadre.

Bailar el candombe de la vida

Blublu, Lisboa 2013El candombe del olvido,

tal vez si yo le pido un recuerdo,

me devuelva lo perdido. […]

El candombe del recuerdo

le pone un ritmo lerdo al destino

y lo convierte en un camino.

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Alfredo Zirarroza, El candombe del olvido, 1968

Pasé tanto tiempo mirando las paredes,

que había olvidado

que mi cuarto tiene también tiene ventana

que lo fácil de dejarse llevar por la vida,

no sin herida,

sino con perdón,

que siempre se está vestido para la ocasión,

después de todo, así llegamos al mundo,

sin canción,

sin caminar,

sin baile,

y ahora cantamos y bailamos ese candombe,

a través de la noche y los edficicios,

a través de nosotros mismos

aunque nos obstinemos en disfrazarnos todos los días

en encontrarnos amos,

siempre estamos listos

si nuestra alma es sana,

a veces, con disgusto

o sin darnos cuenta.

Sólo hay que tender la mano

y disfrutar el manjar

del cenáculo personal,

para sentir el arsenal

de la vida a flor de piel,

ser Pedro o Michel

da igual, Lire la suite